La mañana más bella

La Santa Cena, durante la procesión de este Viernes Santo. / N. García / AGM

Así son las nueve joyas de Salzillo que convirtieron este Viernes Santo Murcia en un museo al aire libre

LA VERDADMurcia

La mañana más esperada de la Semana Santa murciana convirtió este Viernes Santo la ciudad en un auténtico museo en plena calle, donde miles de personas se deleitaron al paso de sus nueve tronos y las interminables filas de penitentes, carros bocina y tambores destemplados. Y parece que hasta el tiempo está de acuerdo en que resulta indispensable respetar tanta bocanada de arte. Así, las calles de Murcia han vuelto a llenarse desde las 8 horas de arte con letras mayúsculas. Estos son los pasos que procesionaron por el centro de la capital del Segura.

La Santa Cena

E. BOTELLA / I. SÁNCHEZ / V. VICÉNS

El primer paso, la Santa Cena, fue realizado por Salzillo en 1763. El grupo escultórico está compuesto por trece imágenes talladas en madera policromada y de tamaño seminatural. Cada una de ellas muestra una expresión y actitud que manifiesta su carácter. Así, el rostro de admiración de San Andrés observando a Cristo, la emoción de San Judas Tadeo, la reflexión de San Felipe o el asombro de San Simón se suman al desprecio irónico de Judas Iscariote. El trono pesa 1.362 kilos y es portado por 28 nazarenos estantes.

La Oración en el Huerto

V. VICÉNS / J. CARRIÓN

Desfila en segundo lugar la Oración en el Huerto (1754), otra de las obras maestras del imaginero. Una leyenda asegura que el ángel que consuela a Jesús fue esculpido por inspiración divina. Recoge el paso el momento en que Jesús se retira con Pedro, Santiago el Mayor y Juan al huerto de Getsemaní y, puesto en oración, sintiendo angustias de muerte, se le apareció un ángel del cielo. Retirados se encuentran los apóstoles. La tradición asegura que cada uno de ellos simboliza los diferentes estados de la vida: sueño confiado y profundo el del joven San Juan, sosegado el del maduro Santiago, ligero y en vela el del más anciano, San Pedro, que en su mano porta la espada presta a intervenir. La figura de Cristo, imagen de vestir, se representa arrodillada e implorante, como hundido ante el peso del destino que se avecina, con todo el sufrimiento concentrado en un rostro de mirada suplicante, que contrasta con la serena belleza del Ángel, figura que lo conforta, que a su mismo nivel evita que desfallezca, con las alas aún desplegadas, pues acaba de posarse en la tierra.

El Prendimiento

J. CARRIÓN / V. VICÉNS

A continuación desfila El Prendimiento o El Beso (1763), en el que destaca la expresión de Jesús. Y la mano alzada de San Pedro, perfecto estudio anatómico. En esta escena, Cristo llama la atención por su majestuosidad y serenidad, frente al discípulo infiel, con rasgos demoníacos, según era propio de la fisiognomía moralizadora del barroco. Esas dos figuras constituyen el eje central del juego de intencionalidades puesto de relieve por Salzillo. La forma de contrastar la mirada esquiva de un Cristo, de profunda naturaleza ética, se opone a los rasgos faunescos de su discípulo. La mansedumbre de Cristo al aceptar el signo de la traición, contrasta con un violento San Pedro, que ha derribado a un Malco temeroso, caído a los pies del Apóstol, que sigue con el brazo levantado, con sus músculos en tensión.

Los Azotes

V. VICÉNS / J. CARRIÓN

La última obra realizada para la cofradía, el paso de Los Azotes (1778), que figura en cuarto lugar. El escultor pretendía realizar un Cristo de expresión dulce, mirada baja y sumisa y serena anatomía, contrapuesto a la rudeza de los sayones, a sus rostros de gestos tensos llenos de violencia, sus cuerpos en torsión, en un magnífico recurso de expresividad. El centro de la composición está en la columna, eje en torno al cual se dispone el resto de las figuras. El rostro sereno de Cristo centra el interés del paso y decide la forma de distribuir las figuras, sus violentos escorzos, sus tostadas anatomías y los impetuosos giros impuestos para hacer más verosímiles la violencia de su acción. El arte de la persuasión, base de la retórica, encuentra en este paso su traducción plástica y la forma de continuar el discurso barroco.

La Verónica

V. VICÉNS / J. CARRIÓN / G. CARRIÓN

En quinto lugar procesiona la Santa Mujer Verónica (1755). Destacan las manchas intensas de color, los rosas y azules, que acrecientan el valor plástico de la figura y que reproducen las calidades táctiles de los materiales. Diversos planos dan volumen a la misma. Es magnífica su espalda, con un airoso turbante que estiliza la figura y le da más sensación de movimiento. Su rostro es hermoso, con marcada expresión de tristeza, dirigida su mirada a la impresión del vero icono de Cristo. Artistas murcianos han ido regalando paños a la Verónica a lo largo del tiempo. Uno de los más recientes es el que ha realizado otro gran murciano universal, Pedro Cano.

La Caída

V. VICÉNS / J. CARRIÓN / G. CARRIÓN

A continuación, delante del titular, va La Caída (1752). El grupo está compuesto por Jesús, Simón de Cirene, dos sayones y un romano. Contiene el paso uno de los anacronismos geniales de Salzillo: el soldado viste una armadura de finales del siglo XVI. Impactó por su difícil composición, eje lateral, fuerte expresividad, movimiento y gran calidad de las figuras. Consta de cuatro figuras que se distribuyen en torno a la de Jesús, camino del Calvario, postrado en el suelo. Dos sayones intentan golpearlo, mientras el Cirineo trata de levantar la cruz y un soldado, ligeramente retrasado, contempla la escena. Los brazos de la cruz trazan ejes en forma de aspa. Los dos sayones de los extremos están llenos de odio, tanto el que intenta levantar con gran esfuerzo e inestable equilibrio a Jesús, como el que blande una maza llena de clavos.

Nuestro Padre Jesús Nazareno

G. CARRIÓN / J. CARRIÓN

Nuestro Padre Jesús Nazareno es la única talla que no salió del taller de Salzillo. Es anterior al año 1600. Según la tradición, fue traída de Italia por el padre agustino Butrón y su origen ha estado siempre envuelto de leyenda. Fue la única que se salvó milagrosamente de la riada de 1651. Por ser el titular, por la alta estima que le tenían los cofrades y por su prestigio como insignia fue la única que sobrevivió a la importante renovación del siglo XVIII.

San Juan

J. LEAL / J. CARRIÓN / V. VICÉNS

Cuando San Juan (1756) asoma por el dintel de la puerta de Jesús, el asombro se dispara entre la multitud congregada. Con gesto de andar, con manto recogido por su mano derecha, señala mientras con la otra el camino por donde llevan a crucificar a Cristo. La sustitución del antiguo San Juan supuso un cambio de iconografía puesto que el de vestir representaba al evangelista con la palma mientras esta versión buscó su vinculación pasionaria al cortejo. Salzillo se enfrentaba a una nueva problemática, la de representar una figura aislada. Ha de ir en solitario, avanzando al ritmo de la procesión, en actitud de caminar, en posición de contraposto.

La Dolorosa

E. BOTELLA / I. SÁNCHEZ / J. CARRIÓN

Cerrará el cortejo La Dolorosa (1755). Los blancos y negros hábitos de las Soledades aludían al luto producido por la muerte de Cristo y la desolada imagen materna recogía sus manos y rostro en franca actitud de recogimiento y meditación en torno a un corazón con siete puñales que declaraba los signos proféticos del aquel drama. Debía expresar un profundo dolor, amargura y sumisión ante el destino, como se muestra también en los brazos abiertos, en la mirada desconsolada dirigida hacia el cielo y en el pálido rostro de textura sonrosada con lágrimas de cristal.

Con información del Museo Salzillo.

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