No llueve sobre mojado

PEPA GARCÍA

Acaba ahora un año 'extremadamente cálido'; para más señas, el segundo más cálido desde hace 75 años -el primero fue 2014- y lo hace con el inicio de un invierno abrasador, que no contribuye a aliviar la sensación que nos dejó el año anterior, el más seco de los conocidos -llovió menos de la mitad de lo poco que suele llover en la Región-. Así que, precisamente, no llueve sobre mojado, sino todo lo contrario.

Con esa sequía acumulada, las almendras se han subido por las nubes -la cosecha no ha sido buena-, el litro de aceite de oliva roza la estratosfera -tampoco los olivos han vivido su mejor campaña- y los calores de mayo y julio arruinaron el agosto a los agricultores murcianos, preocupados todavía por garantizarse el agua con la que conseguir su pan. Paradójicamente, este año ha sido la ausencia de lluvias en las tierras húmedas de la cuenca del Tajo la que ha puesto en peligro los trasvases, amenazando al campo murciano y también a los ciudadanos de la Región, que tendremos que asumir restricciones si la famélica cuenca del Júcar no cede caudal a la Mancomunidad del Taibilla.

Los espacios forestales tampoco vivieron su mejor año. Con unos árboles debilitados por la escasez y un sotobosque pidiendo lluvia a gritos, la plaga del perforador del pino se ha ido cobrando la vida de 405.000 pinos y ha dañado 11.816 hectáreas de bosque en la Región, una masa arbórea imprescindible para combatir la contaminación y la desertización. Pero además, aunque este verano no puede calificarse de especialmente catastrófico por el balance de fuegos -aunque ardieron el doble de hectáreas que el año anterior- y nuestro territorio no sufrió ningún gran incendio, el inicio de la temporada de riesgo anunció lo peor con el madrugador y escandaloso incendio del Puerto del Garruchal. Este año que ahora acaba podemos celebrar que las causas de los más graves fuegos fueron naturales y lamentar que ardieron enclaves de especial valor ecológico como el Cañón de Almadenes y las sierras del Almorchón y El Almirez. En total, casi 600 hectáreas perecieron bajo unas llamas que no quemarán el deseo cada día más compartido de cuidar el medio ambiente para garantizar el futuro de la Región.

 

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