PATRICIO Y LOS SIETE

Un abuelo chileno afincado en Suecia recorre medio mundo para rescatar a sus nietos de los últimos coletazos del Estado Islámico

Fotografía: Pepe H. Tipografía: Nacho Rodríguez /
Fotografía: Pepe H. Tipografía: Nacho Rodríguez
Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Sé que te llamas Patricio Gálvez y que tienes una hija, Amanda. Y también sé que no hace mucho supiste de su muerte. La muerte no aspira a ser justa, ni comprendida, ni perdonada. La muerte te lleva consigo y punto. Estaba muy lejos, tu hija en todos los sentidos estaba muy distante de ti. Vivía en otro mundo, geográfico, mental y en su día a día, muy difícil de imaginar en toda su dureza desde Suecia, el país en el que vives bien y te sientes acogido; eres chileno. En eso has tenido suerte, en lo de ser bien acogido en otro país.

Tu hija se encontraba a miles de kilómetros. No ha tenido una muerte dulce, así es que tampoco su modo de irse para siempre ha sido como a ti te hubiese gustado. Ni ese consuelo te queda. Has perdido a Amanda, a la que en muchas cosas te costaba ya mucho reconocer en los últimos años, pero te gustaba la idea de ser abuelo. Lo eres de uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, ¡siete nietos! La verdad es que no está mal, sobre todo si tenemos en cuenta que en Suecia las familias numerosas son una rareza de lo más raro, como lo es hoy en día que puedas encontrarte de veras, ¿te imaginas?, una perla natural como la que describió John Steinbeck de maravilla. Me encanta Steinbeck, pero ese es otro tema.

Supiste enseguida, desde que tuviste conocimiento del fallecimiento de Amanda, que tenías que hacer todo lo posible, y cuanto antes, por abrazar a esos niños. Desconocías cómo estaban: si desnutridos, si enfermos, si juntos... Menuda angustia. Al dolor que sentías, se unía el temor de que la tragedia se multiplicase. ¿Qué estaría siendo de ellos?

Tú estabas en Suecia, ese país del que nos deslumbran Greta Garbo e Ingmar Bergman, y la información que manejabas era muy confusa. Tu hija y tus nietos habían unido sus vidas y sus destinos al Califato del Estado Islámico (IS), y las noticias que este generaba últimamente te hacían temer lo peor. Su esperado derrumbe. Su crueldad ilimitada. Su sinrazón sangrienta. Tanta locura, crímenes, esa sed de venganza... Es complicado intentar ponerse en la piel y en la sangre fría de quienes defienden y alimentan el IS, incluso a costa de sus propias vidas; lo intentas y casi te estalla la cabeza.

Decidiste ir a por tus nietos, con la esperanza de que hubiesen sobrevivido todos a tanta cólera y combates encarnizados. Sin tener la seguridad de encontrártelos en pie. De tener suerte, sería la primera vez que verías a cuatro de ellos. Emprendiste un viaje muy largo, te admiro y me alegro por los pequeños, que como todos los niños, y como todos los que aquí andamos como podemos, merecemos tener una vida digna.

Le has contado al periodista Francisco Carrión que la buena suerte te reservaba un milagro: los localizastes con vida; estaban enfermos y desnutridos, pero los siete juntos. Te pasaron dos cosas: se te cayó el mundo encima y lloraste de felicidad. Qué curiosa es la existencia, que como le pasa al mundo descrito por Ciro Alegría, también es ancha y ajena.

Fuiste hasta Al Hol, donde se acumulan sobre la miseria más desgarradora las tiendas de campaña que en ese páramo sirio acogen a miles de parientes de militantes del IS que lograron escapar de sus últimos feudos. En Europa estamos informados de que, al menos, 2.500 niños extranjeros malviven allí como almas en pena, con sus países de origen haciéndose los sordos. Cuentas que los niños estaban traumatizados, que sus infancias saltaron por los aires tras contemplar los terribles ataques de que fueron testigos en Baguz, el último bastión del IS conquistado por las Fuerzas Democráticas Sirias.

El mayor de tus nietos tiene 8 años y habla muy poco. A todos parece tenerles robada el alma una tristeza como de siglos; sus miradas te hieren. Estáis ya todos juntos en Suecia, donde Amanda abrazó el islam y se casó con Michael Skramo, el primero de la pareja que se convirtió. Tenían tres hijos cuando en 2014 emprendieron el camino hacia el Califato, que expandió sus tentáculos de espanto y ácido en Siria e Irak. Allí nacieron los cuatro últimos de tus nietos, allí encontró la muerte Amanda. Habías intentado convencerla para que regresase de aquel infierno; con cero éxito. Dices, Patricio, que en todo este tiempo transcurrido, hasta tener a todos tus nietos contigo en Suecia, has sentido la presencia muy fuerte de Amanda junto a ti. Dices que sentías que, de alguna manera, ella te iba guiando hacia sus hijos. Y también has dicho algo que me ha hecho pensar: que nunca caduca la responsabilidad que se tiene como padre y madre frente a los hijos, que nunca se puede bajar la guardia y que «hay que estar muy pendiente de lo que está ocurriendo, aunque los hijos tengan 30 años». Es verdad que todo transcurre muy deprisa, y que si por nosotros fuese lo que la vida haría con nuestros hijos es derramar sobre ellos «todas las flores de abril», como soñó Nicolás Guillén; pero también lo es, sí, que no deberíamos dejar nunca de intentar ser para ellos el mejor de los ejemplos a seguir.