Los goles, como el comer

Al Real Murcia lo quieren en medio mundo, pero tiene que ganar partidos, joder

García Martínez
GARCÍA MARTÍNEZ

Pues resulta que a mí, como tengo el corazón 'repartío', el empate de mi Jumilla en la Nueva Condomina no me produce ni más frío que calor, ni tampoco más calor que frío. Aunque esto no es del todo verdad, si consideramos que empatar en campo ajeno (y contra la voluntad de su dueño) equivale a ganar siquiera una miajica. Ya sé que eso no se materializa en puntos clasificatorios. Se trata solo de una pequeña ganancia de índole moral, por así decirlo.

Para las cuentas de uno que ha nacido en Jumilla y se ha recriado en Murcia, lo ideal sería que -cuando los dos equipos se enfrentan- se llevaran tres punticos cada uno. Pero sé muy bien que algo así no lo permite el 'VAR' (contracción de 'videoarbitraje').

-Ni la Federación.

Correcto. La Federación no quiere conceder seis puntos por empate. Lo tremendo es que mi Real Murcia lleva ya seis jornadas sin ganar. Y, claro, una persistencia semejante acaba ocasionando tremendos problemas. En esto del fútbol, como en tantos otros menesteres, no hay más cojones que ganar partidos. Dentro, fuera y, si me apuran, también por carola.

-¿Mande?

Carola es cuando la canica se para en el borde del hoyo. De modo que no hay excusa. Te pueden querer en medio mundo (que es como quieren a mi Real Murcia sus accionistas en tantísimos países), pero, si pretendemos volar como el Ave Fénix, habrá que meter más goles que el oponente y «alzarse con el triunfo», que diría un buen cronista deportivo.

(No quisiera escandalizar a nadie pero, desde hace ya tiempo, me perturba la sospecha de que mi Real Murcia es víctima de un contubernio).

-¿Masónico?

Hombre. No diría yo tanto, pero algo de eso tiene que haber.

-Lo que sí digo yo es que, estando tan malo el césped de la Nueva Condomina, el empate de su Jumilla fue más que meritorio.

Pues sí. Pero los blanquiazules se han criado en terrenos mucho peores. El estadio de San Juan (con Franco aún sin inhumar) era de arenisca. Si un jugador se rozaba con aquella costra lijosa, el despelleje era tan dañoso que reclamaba la eficaz cirugía del doctor Ripoll, padre y señor.

 

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