Acúsome, padre, de ser ciberdébil

Que hasta los niños de teta manejan desenvueltos la digitalia

García Martínez
GARCÍA MARTÍNEZ

Opinan unos que el mundo de ahora mismo está cambiando a una velocidad vertiginosa. Y otros responden que no hay que apurarse, pues todo cambia para que nada cambie, asumiendo así el aserto de Lampedusa.

-Será que todo es según el color del cristal con que se mire.

Puede que cada uno de estos pareceres discrepantes contenga, en más o en menos, su miajita de verdad. Que el hoy se parece cada vez menos al ayer, me creo yo que se manifiesta sobre todo en la mecánica cibernética. Lo más llamativo que, en estos peregrinos tiempos, se nos viene a los ojos (en cualquier lugar y a cualquier hora) no es sino la estampa del ser humano de siempre, pero absorbida su atención por un chismecillo plano que no para de toquetear.

Al principio, ese toqueteo no era a pelo (con las puntas de los dedos, me refiero) sino que hacía con un palito. Y era cosa de reírse, pues daba la impresión de que el sujeto pinchaba gustosos berberechos.

-O minchirones, que son más de por aquí.

Es verdad. Si hubiera que hacer un dibujo que fuese representativo de nuestro tiempo, sería el de alguien -mujer, hombre, niña, niño- dándole ensimismada/entusiasmado caña al móvil.

-Desde luego que sí. Hasta el extremo de poner en peligro la vida, cuando cruzas abstraído de una acera a la otra.

Como que no hay trueno que despierte a un ciudadano que va por la calle ensimismado en el iPhone.

Las modernas hornadas de sociólogos distinguen ya entre ciberpoderosos y ciberdébiles. Unos y otros son motivo de seria preocupación. Aquellos, porque andan enviciados con un aparatico tan adictivo; estos, porque se sienten incapaces de manejarlo. Aceptemos sin rubor que son mayoría (de esa que llaman abrumadora) quienes disfrutan como pez en el agua navegando a bordo del móvil. Incluyo en este apartado a muchísima gente que no es del todo alfabeta. Quiero decir que no lee ni un jodido libro y que todo lo aprendió de la tele.

-Y qué me dice de los críos. Acojonantes, oiga, lo mismo mamando en teta que entrando en YouTube.

¡Oh, Dios! ¿Qué va a ser de nosotros, los ciberdébiles? ¿Al fuego eterno?

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