Joaquín Araujo: «Sabemos hacerlo todo bien, pero no hay forma de que se generalice»

El naturalista, escritor, realizador y agricultor Joaquín Araujo muestra sus manos encallecidas. / JOSÉ RAMÓN LADRA
El naturalista, escritor, realizador y agricultor Joaquín Araujo muestra sus manos encallecidas. / JOSÉ RAMÓN LADRA

El naturalista urge al cambio de modelo energético e insta a pelear «para que el mar no se ahogue, el aire no se asfixie y la tierra no sea enterrada»

Pepa García
PEPA GARCÍA

«El plástico aplasta», dice Joaquín Araujo (Madrid, 1947) en cuanto tiene oportunidad. Esta Redacción habla con él aprovechando su visita a la Región para celebrar el 15 aniversario del Centro Tecnológico Naval y del Mar. «Y aplasta ni más ni menos que al mar», dice sobre el plástico que, para este naturalista, hiperactivo aún a sus 70 años, «es uno de los cinco grandes jinetes de la apocalipsis que hay demoliendo al mar. Y hay que añadir el calentamiento, la destrucción de los hábitats costeros, el cambio del pH del agua marina y de las corrientes termodinámicas, y el extraordinario socavón de que hay un 50% menos de vida marina que hace 50 años. Esas cinco estremecedoras realidades son la herida del mar, víctima inocente de toda una forma de estar y, sobre todo, de un modelo económico y energético», explica. Y marca el camino a seguir: «Hay dos posibles. Uno, relativamente explorado, son las propuestas de los convenios internacionales, de las directivas europeas, de los defensores de la naturaleza de toda la vida y los ensayos que se han hecho en todos los campos: se puede pescar sin destruir, se puede obtener energía del mar, se puede reducir el consumo de plásticos, sobre todo el doméstico que debería ser una prioridad junto con el cambio del modelo energético. Y, por supuesto, se debe dejar de contaminar en la cuantía espectacular que lo estamos haciendo», explica con un punto de frustración porque «sabemos hacerlo todo bien, pero no hay forma de que se generalice».

-Habla de la abrumadora cantidad de información que hay sobre el daño que hacemos a la naturaleza, ¿ha llegado el momento de plantear propuestas positivas para cambiar la dinámica?

-Sí, sí, lo que pasa es que lo que está fuera de toda duda es que la desproporción es grande. Es verdad que el periodismo ambiental, las ONG y el colectivo concienciado ha intentado atraer la atención con muchos desgarros, con muchos datos estremecedores, inquietantes, pero, sin duda, lo que más nos rescata en estos momentos es que hay también una colección de buenas noticias para exponerlas. Yo, de hecho, el año pasado hice una exposición temática sobre las 70 magníficas noticias que también han ido sucediéndose para el medio ambiente en estos últimos años -'Buenas noticias para el planeta'-: desde el impulso que se le está dando a las energías procedentes del mar con el aprovechamiento de las mareas y las olas; la sustancial ampliación de las zonas marítimo-terrestres protegidas, aunque es muy tacaño el porcentaje de océano protegido como reservas de pesca (está por debajo del 5%, cuando en tierra hemos protegido el 15%); los tratados internacionales que, en teoría, aciertan en la pretensión de una pesca muchísimo más sostenible y de la conservación de la biodiversidad; y el Tratado de París también es una buena noticia, si acaba de cumplirse. También hay muchos ensayos de acuicultura sostenible, transporte y turismo menos impactante,... En fin, en casi todos los aspectos hay acciones que, aunque minoritarias, están ahí para servir de ejemplo.

«El retroceso de democracias liberales a manos de extremistas es casi tan mala noticia como que la temperatura vaya a subir, casi seguro, de 2 a 5 grados»

-La legislación internacional, europea, nacional, autonómica,...

-Sí, si tenemos leyes de sobra.

-Y las leyes no se cumplen ni las cuotas de pesca...

-Y algunos sistemas de pesca, como los de fondo y arrastre, deberían estar totalmente prohibidos. Existen artilugios, afortunadamente, para ir capturando los plásticos. Pero, claro, yo he hecho cálculos con este aparato que está funcionando en el Pacífico y tardaría 800 años en retirar la isla de plástico que es del tamaño de Francia y Alemania juntas. Evidentemente, si hubiera voluntad política, a lo mejor se podrían fabricar mil artilugios de esos e ir mil veces más deprisa, pero esta es la realidad. Sabemos hacerlo todo bien, pero no hay forma de conseguir que se generalice.

-¿Qué papel cree que juegan los movimientos ciudadanos en el cambio de rumbo?

-Se están activando, pero los que llevamos muchos años en esto estamos viviendo algo así como un alfa y omega, una delicia y un tormento, todo conjuntamente y entremezclado. Jamás ha habido más conciencia ambiental desde el punto de vista sociológico, jamás ha habido tanto y tan buen periodismo ambiental como el que se está haciendo ahora y en la mayor parte de los países desarrollados; la gente está absolutamente convencida de que el cambio climático está ahí y de que somos responsables... Pero los indicadores básicos, superlamentablemente, no reflejan que haya una disminución de las principales amenazas ambientales, todo lo contrario. España contaminó en 2017 más que en 2016 y así podríamos poner mil ejemplos. E incluso con una situación que es más que preocupante: hay personas en el poder que no es que nieguen el cambio climático, sino que están absolutamente convencidas de que hay que desclasificar parques nacionales, que es una tontería andar con limitaciones en las actividades industriales o extractivas... El retroceso de lo que podríamos llamar democracias liberales a manos de extremistas es casi tan mala noticia como que la temperatura vaya a subir, casi seguro, de 2 a 5 grados.

«La fertilidad de la tierra no la regalan; es escasa»

-¿Hay, en lo que a conservacionismo se refiere, dos humanidades enfrentadas que caminan en direcciones opuestas?

-Pues sí, sí. Aunque la inmensa mayor parte de la humanidad piensa que lo mejor es acumular, amontonarse y segregarse a sí mismos de los procesos esenciales para la vida y su continuidad. Y también hay un puñado de encantadores utópicos que queremos ese cambio básico cultural para el que hay que entender la naturaleza como constitutiva de nuestra realidad y a nosotros como parte de la misma... Y que peleamos, de una forma muy contundente, para que el mar no se ahogue, el aire no se asfixie y la tierra no sea enterrada. Así de claro, los principios básicos de la mayoría de la gente son absolutamente cómodos y acomodaticios.

«Los principios básicos de la mayoría de la gente son cómodos y acomodaticios»

-Y, ¿cree que la sociedad está preparada para ese cambio?

-En principio, hay elementos que están sembrados. Hay una teoría que dice que, a veces, las cosas se están incubando y eclosionan de una forma inesperada. La sociedad está preparada para vivir cosas, pero no para vivir en unas condiciones climáticas diferentes. Ahora, aparte de la prioridad absoluta que debería tener el cambio de modelo energético, es urgente la adaptación a una situación que casi se nos va a venir irreversiblemente encima. Tenemos que pensar que va a hacer más calor, va a llover menos y que deberíamos cambiar el mapa de cultivos para empezar a protegernos de lo que será el clima y el paisaje. O paramos el calentamiento o las condiciones de aridez de Murcia llegarán al norte de Burgos.

«O lo paramos o las condiciones de aridez llegarán al norte de Burgos»

-Pero, paradójicamente, está ocurriendo lo contrario: se están regando secanos, se instalan regadíos intensivos en zonas de secano...

-Esto es el despropósito que nos acompaña. Si tocamos el tema agua, específicamente, es una absoluta locura. Los secanos dan productos absolutamente interesantes para el mercado y para los que hay una serie de especies perfectamente adaptadas. El regar, como ahora, viñas y olivares o ponerse a regar donde hay pocos acuíferos o poco caudal en los ríos es, simplemente, una locura.

«Regar, como se hace ahora, viñas y olivos es una locura»

-Me consta que conoce la Huerta de Murcia...

-Un poquito [dice irónicamente].

-¿Cómo ve este espacio y qué papel debería jugar?

-La Huerta de Murcia debería haber sido un patrimonio intangible desde el punto de vista cultural, y un patrimonio defendido, conservado y opuesto a un urbanismo salvaje por todo lo que representa. La fertilidad de la tierra no la regalan y las condiciones excelentes para la práctica de la agricultura son bastante escasas en un país abrupto y montañoso como el nuestro. La Huerta de Murcia es un ejemplo claro de lo que ahora mismo peleamos un grupo de personas [explica refiriéndose a Intervegas]: por una ley que defienda la fertilidad de la tierra, que defienda los paisajes agrarios más productivos e históricamente más activos. El haber permitido el crecimiento de la ciudad a costa de las tierras mejores es otro desvarío de proporciones incalculables.

«La riqueza empobrece al mundo. Pacifismo, justicia social y feminismo son inseparables de la ecología»

-Pero, ¿dónde se quedó el sentido común?, ¿en qué momento se pierde?

-Pues en el momento en que la especulación inmobiliaria multiplica por varios ceros el valor de esa tierra, cuando debería ser al revés. La tierra agraria debería tener un valor cien veces mayor al que tiene en el mercado. Igual que la producción agraria debería tener un rendimiento para el agricultor 100 veces mayor. Cuando resulta que lo que es negocio y llena la cuenta corriente del banco es emparcelarte en el cemento,... así pasa. Las ciudades no pasa nada porque crezcan, pero que lo hagan sobre terrenos de bajísima calidad, más o menos yermos, más o menos en cuesta, ya que hoy día no hay problemas para construir en lugares abruptos. Y con la costa pasa lo mismo. Que tengamos el 47% del Mediterráneo español construido es otra de las locuras absolutas, porque se podría haber construido lo mismo con una planificación territorial mejor y, por supuesto, más alejado de la costa. Son tantos los ejemplos de un proceder que, a la larga, es nefasto para todos, pero que, a la corta, ha hecho ricos a unos pocos...

-¿Qué papel juega en Intervegas?

-Yo, aparte de un entusiasta que apoyo todo, por ser el anciano de la tribu, acabo siendo una especie de embajador de Intervegas. Además, consigo enlaces con las autoridades de mayor rango. Y, como soy agricultor, defiendo, probablemente, lo que más me apasiona, que es el contacto con la naturaleza, pero también con una cultura rural bien entendida.

-¿Cómo va la sexta gran extinción?, ¿podremos pararla?

-Bueno, va a toda mecha. Se calcula que se están extinguiendo especies a una velocidad mil veces mayor que en cualquier otro momento de la historia de la vida del planeta. Ahora se centra mucho la atención en el cambio climático, pero la misma importancia, por su gravedad, tiene la pérdida de biodiversidad. Deberíamos estar hablando casi todos los días de que se nos acaban los otros seres vivos.

-Sin embargo, se han 'indultado' a especies exóticas invasoras.

-Eso es un disparate también. Se hizo en contra de los informes científicos y de la opinión de quienes defendemos la biodiversidad. Una vez más, es cortoplacismo negarse a eliminar esas especies que, evidentemente, producen un pequeño beneficio económico a unos cuantos centenares de familias en España, pero, desde luego, a las exóticas invasoras hay que mantenerlas a raya de forma prioritaria en lo que a la gestión de fauna y flora se refiere.

-¿Puede una sociedad ser sostenible dejando a un 40% de la población vivir en la pobreza?

-Pues no, porque no nos acordamos de una cosa fundamental: la riqueza empobrece al mundo en su conjunto y, sobre todo, a la naturaleza. La pobreza destruye al ser humano; entonces, lo que tenemos que hacer es equilibrar. Yo nunca he podido separar la pelea por unos paisajes más libres, más limpios, más alegres, más vivos,... de la pelea por la igualdad económica. Eso no es compatible con ningún desarrollo sostenible, con ninguna idea de economía circular. Pacifismo, feminismo y justicia social son inseparables de la ecología.

-¿Qué ha aprendido de la naturaleza en todos estos años?

-He aprendido a ver mis sentimientos galopar por los horizontes. Y con eso me quedo.

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