Francisco Mira 'Quitín': «Puedes proteger todo, pero si no lo cuidas luego...»

Francisco Mira 'Quitín' posa con su bici en la pedanía de Mahoya, en la zona del río Chícamo. / JAVIER CARRIÓN / AGM
Francisco Mira 'Quitín' posa con su bici en la pedanía de Mahoya, en la zona del río Chícamo. / JAVIER CARRIÓN / AGM

El montañero alerta de que la degradación del Everest se puede repetir en el K2: «En 2018 ha subido más gente que en 30 años»

Pepa García
PEPA GARCÍA

Francisco Mira 'Quitín' (Murcia, 1965) es un alma inquieta, un aventurero que lo mismo se monta en bici y pedalea por lo más recóndito del planeta, que se enfunda sus botas para ascender a las cumbres de los cinco continentes o se pone los pies de gato y trepa por paredes verticales. De hecho, desde niño «he recorrido las montañas que rodean Santomera, sobre todo la Sierra de Orihuela». Y, la primera vez que escaló, «me metí sin tener ni idea, por mi cuenta y riesgo, y me quedé en mitad de la pared que ni para arriba ni para abajo. Aún me impresiona verla». Ese susto, que salvó por sus medios, le acercó a la Federación de Montañismo de la Región para aprender escalada y le convirtió en un atlético trotamundos; en su tiempo libre, porque en horario laboral lo encontrarán en una oficina bancaria.

-¿Se considera ecologista?

-No. Yo fui socio fundador de Anse en Santomera, pero, a los 4 o 5 años, lo abandoné por divergencias.

«En el McKinley, la montaña más fría de la Tierra, hay que bajarlo todo. Hasta hay sitios señalados para orinar»

-¿Qué divergencias?

-Pedían el cierre de una empresa de la que vivían 35 familias. Yo creía que si se solicitaba el cierre debían darles alternativas a esa gente. Creo que en nombre del ecologismo no vale todo; la gente tiene que vivir y hay que ponerse en la piel del otro.

-Pero, ¿sigue defendiendo los principios del ecologismo?

-Creo que debemos cambiar la forma de relacionarnos con el medio natural, que, en este mundo en que se impone el capitalismo, solo se quiere para explotarlo. Yo fui vegetariano durante 6 años, porque creía que debía ser coherente con lo que defendía [cuenta refiriéndose a su época de ecologista militante y activo].

«En España somos muy sátrapas. Todo el mundo va a su apaño y nadie se preocupa por los demás»

-En su caso, ¿ha hecho el recorrido inverso a la mayoría?

-Sí. Era vegetariano, no bebía alcohol, me hacía los zapatos un señor de Fortuna con suela de neumáticos,... Pero, al final, te revienta. Estaba harto de ir a bodas y solo poder comer ensalada [bromea].

-Es preocupante la situación del Everest: bajo el hielo aflora ahora la basura, ¿no es contradictorio hacer expediciones porque se ama la naturaleza y dejar tus inmundicias en ella?

-Es que, claro, si trasladas la masificación turística a estos espacios... Pero, sobre todo, lo peligroso son los que hacen 'trekking': por cada dos montañeros que subimos, hay 300 que hacen senderismo. Hace unos años ibas al Himalaya y casi tenías que dormir en la casa de la gente. Ahora, quienes se dedicaban a la agricultura y otras cosas viven del turismo. Eso tiene su impacto negativo.

«No todo vale en nombre del ecologismo; la gente tiene que vivir y hay que ponerse en la piel del otro»

-Pero, insisto, ¿no es paradójico?

-El problema es que los montañeros antes iban por sus propios medios. Y, ahora, pagas y, como pagas, das el servicio por hecho: cocina, cuerdas fijas,... Y no te preocupas de limpiar nada. Y ellos, por su propia idiosincrasia, tampoco se molestan. Ahora están empezando a ver que o lo hacen o no hay marcha atrás. El Everest es la prueba más evidente; del campo 4, a 8.000 m., han bajado toneladas de basura en los últimos años. Es verdad que, cuando llegas a esa altura, en lo que menos piensas es en bajar la basura, pero si pagas un permiso de 60.000 dólares, lo normal es que quien lo cobra se encargue de eso. Y lo que hacen en realidad es un hoyo en la nieve y lo esconden. El peligro es que ocurra lo mismo con el K2, la montaña sagrada para los montañeros más experimentados, donde se ha trasladado todo. En 2018 ha subido más gente que en los 30 años anteriores juntos.

-De los sitios en los que ha estado...

-En muchísimos. Países, he recorrido cantidad; he estado en todos los continentes, menos la Antártida. Incluso he ido al Polo Norte, en 2005 llegué a los 90º Norte, autónomo: esquiando llegué al eje de la Tierra. Y, ¿montañas?, de todos los continentes. Menos en el Everest y el monte Vinson, he estado en las más altas de cada continente.

-Como tiene con qué comparar, ¿cómo cuidamos aquí la naturaleza?

-Es totalmente diferente. Países como Noruega o Nueva Zelanda son otro mundo. Han hecho una prueba piloto de trabajar 4 días y descansar 3, y los neozelandeses han conseguido bajar el nivel de estrés y, al mismo tiempo, aumentar la productividad. Están a años luz de nosotros. Allí reciben a 700.000 turistas al año, mientras que a España vienen 70 millones y, allí, en cualquier pueblo tienes una oficina de turismo con gente que habla varios idiomas. Eso, trasládalo a la gestión de la naturaleza.

-¿Lo hacemos muy mal aquí?

-Tenemos nuestra idiosincrasia [ríe]. Los españoles somos diferentes. Aunque tengo entendido que España es el país con más espacio protegido. Pero luego hay que ver la gestión. Puedes tener muchos espacios protegidos, pero si no los cuidas luego...

-¿En algún sitio lo hacen peor?

-En Suramérica y algunas partes de Asia son más cochinos que nosotros.

-Y, para la bici, ¿cómo está el patio?

-Pillo unos cabreos que son la leche. Anoche me mandó un amigo una foto del carril bici que hay junto a la Autovía del Bancal, que yo uso para ir a La Manga. No lo cuida nadie: está lleno de matas, de pinchas, el cemento abierto, todo destrozado... Lo hicieron para cubrir el expediente. Parece que progresamos, pero después nadie lo cuida. Aparte de que está mal planteado, porque es un rompepiernas.

-¿Por qué cree que en otros países ser ecorresponsable es un valor para la empresa y aquí todo son pegas?

-Porque somos muy sátrapas. Aquí va todo el mundo a su apaño y nadie se preocupa realmente por los demás; todo el mundo se mira su ombligo. De puertas afuera somos muy espléndidos, pero de puertas para dentro, individualistas hasta la médula.

-¿Qué ha visto en otros países que podríamos aplicar aquí?

-Te voy a poner un ejemplo, cuando fuimos al McKinley, en Alaska (la montaña más fría de la Tierra, 6.190 m.), te obligan a bajar todos los residuos, incluso los físicos. Estás 15 días en la montaña y, menos el orín (que hay sitios determinados para hacerlo), tienes que bajarlo todo. Eso es el extremo de cómo cuidar el medio natural. Los 'rangers' son capaces de pegarte un tiro si echas un bote al suelo. Realmente aman su medio natural.

-¿Qué paisaje le ha impresionado?

-Muchos, pero, en especial, la expedición al Polo Norte. Vas esquiando sobre un bloque de hielo que se va flexando (a veces piensas si aguantará) y la sensación es de que estás no ya en la Luna, sino más allá. Te sientes solo en mitad de la nada. Es brutal y mira que he estado en el desierto varias veces.

-Y, ¿qué lugar le ha sorprendido por cómo se ha degradado?

-Los Alpes, los glaciares han retrocedido, en los últimos 25 años, centenares de metros. De hecho, me enamoré de la zona de Grindelwald y hace años le pusieron a un glaciar unas telas para protegerlo del sol. El glaciar más alto de Europa y se está derritiendo. Eso lo dice todo.

El Chícamo, «diferente a todo lo demás»

«Me encanta el río Chícamo. Salía mucho con la bici por la zona y hacia Pinoso, y acabé comprando con mi mujer un pedacico de tierra, nos construimos la casa a un kilómetro escaso del Chícamo y empezamos a descubrirlo. Siempre estamos ahí metidos, sobre todo cuando viene alguien con críos. Los llevamos a este espacio natural que nadie se imagina que está ahí metido en una zona desértica y tan diferente a todo lo demás. Sorprende a quien lo conoce. De hecho, a los extranjeros les llama tanto la atención que, entre Macisvenda y el Hondón de las Nieves, unos 12 km., hay 1.500 o 2.000 ingleses, holandeses, belgas, alemanes...».

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