Alfredo, uno de los mejores de los nuestros

Era feliz con sus clases de Química, pero vivía en política y para la política, vivía el PSOE y para el PSOE

Alfredo Pérez Rubalcaba, en una imagen de archivo./EFE
Alfredo Pérez Rubalcaba, en una imagen de archivo. / EFE
Ramón Jáuregui
RAMÓN JÁUREGUI

Pasamos por la vida y dejamos familia, amigos, recuerdos... Sabemos que unos dejan mucho y otros poco, o nada. Alfredo es de los primeros. Deja mucho y bueno. Era grande, géneroso, bueno. Deja un cuerpo social muy grande, dolorido y orgulloso. Dolorido porque sentimos pena enorme de perderlo. Orgulloso porque le recordamos con nuestros mejores elogios y le reivindicamos como uno de los mejores de los nuestros.

De sus contribuciones a la España de hoy podríamos hablar mucho más de lo que cabe en estas líneas. De su paso por los ministerios de Educación de los gobiernos de Felipe, de su capacidad política para hablar, dialogar, trabajar hasta la extenuación, comunicar, dirigir, hacer equipos... solo podemos hablar los que le conocimos bien y, créanme, todas esas virtudes las tenía por arrobas. De su capacidad para gobernar, para gestionar, desde un ministerio de Educación a uno de Interior, a una Vicepresidencia, lo atestiguan sus frutos y sus resultados. De su liderazgo político y de su visión de Estado nos quedan sus tareas más notables, entre las que destacó su contribución fundamental al fin de ETA. Trabajé junto a él en muchas ocasiones. Apreciaba mis criterios y opiniones sobre el País Vasco y vivimos juntos momentos de tragedia y de gozo cuando en aquel octubre inolvidable de 2011 anunciaron el fin de la violencia. Se fue sin contarnos muchas cosas, pero le debemos su contribución impagable a la paz vasca.

Negocie con él el documento de Granada, la propuesta autonómica del PSOE, y nunca olvidaré la fina inteligencia y la habilidad que mostró para poner de acuerdo a todos los barones del partido.

Me encargó hacer y dirigir la conferencia política del PSOE de 2013 para modernizar nuestras propuestas y adaptarlas a un mundo en cambio acelerado y a una sociedad distinta. Fue una experiencia fantástica y fui feliz con él en esa tarea.

Cené con él hace solo unos días y fue, de nuevo, muy grato encontrarnos, hablar, recordar, especular. Era feliz con sus clases de Química, con alguna conferencia que otra por aquí o por allí. Pero vivía en política y para la política. Vivía el partido y para el partido.

Fue grande. ¡Qué pena!