Los yerros propios del PP

El partido ya la había pifiado por su cuenta en la Región, y mucho antes de que lo hiciera Casado, en lo tocante a los pactos con Vox

López Miras valora con su equipo los resultados en la noche electoral, en el hotel 7 Coronas. Las caras lo dicen todo. /Nacho García / AGM
López Miras valora con su equipo los resultados en la noche electoral, en el hotel 7 Coronas. Las caras lo dicen todo. / Nacho García / AGM
Joaquín García Cruz
JOAQUÍN GARCÍA CRUZ

El presentimiento más atronador, casi una certeza por anticipado, de que el PP se llevaría un batacazo morrocotudo se tuvo el último día de la campaña, 26 de abril, cuando Pablo Casado, acongojado por el vendaval que parecía llegar de Vox, se abrió torpemente a la posibilidad de gobernar con Santiago Abascal. Medio partido se echó las manos a la cabeza, sabedor de lo que pasa con las malas copias, pero el PP regional ya la había pifiado mucho antes por su cuenta en este delicado asunto de los tratos con el diablo. Fue el 3 de abril, al confesar Fernando López Miras en RNE, con la candidez que le caracteriza, su «disposición» a pactar con Vox «para que esta región avance», y que le parecía «muy asumible» (para Murcia) un tripartito como el de Andalucía, palabras que Casado ha dejado luego en evidencia al tachar a Vox de «extrema derecha» en su repentino y forzado viraje al centro.

Este fue el primer error de una campaña desastrosa que deja a los populares de Murcia en el alambre, con solo el 23,44% de los votos (la mitad de su cosecha de 2016), dos de los diez escaños en liza –los mismos que Vox y Ciudadanos– y atemorizado ante el riesgo, muy real, de perder el Gobierno de la Comunidad Autónoma, conquistado en 1995 y sostenido desde entonces con respaldos que llegaron a rebasar el 60% bajo el liderazgo de Valcárcel.

Tras una lectura inicial muy evidente de la razón de la hecatombe popular en España (la fragmentación de la derecha), se pueden apreciar en Murcia otras causas endógenas de la derrota, que nada tiene que ver –no aún– con un cambio de ciclo, si atendemos al dato de que el centro-derecha (PP, Ciudadanos y Vox) suma el 60% de los votos, muy por encima del 35,4% que aglutina el centro-izquierda (PSOE y Unidas Podemos).

He aquí algunos motivos 'caseros' del revolcón de los populares en la Región:

1) El enemigo no era el PSOE. Pese a la constatación de que el electorado murciano sigue siendo mayoritariamente conservador, el PP regional focalizó sus ataques en el PSOE y en el miedo al lobo de Pedro Sánchez, en vez de disputarle la pelota a Ciudadanos y a Vox. Entre tanto, Ciudadanos campaba a sus anchas por el centro, sin que el PP lo incomodara más que para afearle un presunto pacto secreto de Isabel Franco con Diego Conesa, de imposible demostración. Las sospechas de unas primarias anómalas y varias crisis internas no han impedido a Ciudadanos colocarse a menos de 30.000 votos del PP, acorralar algunos de sus feudos municipales y sobrepasarlo en Cartagena.

Mucha gente pensó que se la tomaba por tonta cuando el PP dijo que no haría campaña en Semana Santa para respetar las tradiciones

2) De procesiones, mítines y pregones. Suspender los actos de campaña en Semana Santa, con el pretexto de respetar las tradiciones, devino en fariseísmo, amplificado por la ubicuidad de los dirigentes del partido en las celebraciones que supuestamente pretendían salvar de la vorágine electoral. Fernando López Miras pregonó la Semana Santa de Lorca y Teodoro García (cabeza del cartel) hizo lo propio con la de Murcia, por invitación del Cabildo Superior de Cofradías, cuyo presidente, Ramón Sánchez-Parra, irrumpió después en un puesto de salida –el octavo– en la candidatura a la Asamblea Regional. Teodoro García arropó su pregón en el Romea con los acordes del guitarrista Carlos Piñana, número dos en la lista municipal de Cartagena. Nada que objetar a tan respetables candidatos, salvo que mucha gente pudo preguntarse si los políticos la toman por tonta.

3) Vídeos y lugares equivocados. La inclusión en candidaturas de familiares de concejales o de altos cargos de toda la vida induce a error, porque se lanza el mensaje de que no había mejores fichajes posibles fuera de la familia, y eso se llama endogamia, aparte de que atenta contra la renovación generacional que el PP acometió en su congreso de hace dos años.

Otra. Durante la campaña circuló el vídeo de un mitin de López Miras en Lobosillo que rebajaba mucho el nivel del candidato, del partido y de la política. Un mitin que se convierte en meme es un regalo para los adversarios. Una más. El PP se hizo la foto de su lista autonómica en el aeropuerto de Corvera, sin caer en la cuenta de que el aeródromo es para el imaginario común la viva estampa de un despropósito, amén de una instalación de titularidad pública que no debería patrimonializarse. Demasiados yerros seguidos.

4) Más interventores, pero menos entusiasmo. El PP acreditó en las mesas electorales a más interventores y apoderados que en 2016 (4.200 frente a 4.000), señal de que mantiene la fortaleza de su estructura orgánica. Pero no llenó los aforos de sus actos principales, incluidos los de Pablo Casado, y en la noche electoral del 7 Coronas le sobraron bocadillos. Quizá fue el agotamiento después de tantos años. El experto en gobernanza Daniel Kaufmann decía el jueves en Murcia que «la calidad de una democracia baja cuando un partido está en el poder más de diez años» y, si esta docta reflexión se traslada de las instituciones a los partidos, y se aplica al ámbito regional, puede que muchos votantes retirasen su apoyo al PP simplemente porque pensaran que 24 años en el poder son muchos ya. Simplemente por eso.

5) Autocrítica, poca o ninguna. Ha tenido que acontecer la derrota para que se practique algo parecido a la autocrítica en una organización que, tal vez debido a lo que Kaufmann apuntaba, lleva años pecando de altivez. Más allá de la virtud que la humildad supone siempre (también en la política), la inmodestia trae consigo errores. Una semana después de que el PSOE ganara las elecciones, en Murcia como en España, López Miras no ha felicitado aún a Diego Conesa, el secretario general de los socialistas. Se le olvidó hacerlo en la noche del 28-A y también el jueves pasado en Caravaca, cuando ambos se saludaron en los Caballos del Vino.

6) El pinganillo hace sombra a la renovación. A nadie se oculta la influencia que el expresidente Pedro Antonio Sánchez ejerce todavía sobre el partido, como reflejan determinadas incorporaciones a la lista de López Miras (Javier Celdrán, María Dolores Valcárcel, Joaquín Segado y otros), pero López Miras no termina de quitarse de encima, por la razón que sea, el sambenito del pinganillo: error garrafal de comunicación, pues la renovación de personas es un hecho incontestable en el PPde Miras. Para muestra, un botón: 30 de los 45 alcaldables del partido son nuevos en estas lides.

5) Alineaciones mejorables. La candidatura era floja. Teodoro García le daba consistencia por delante, pero cojeaba con Isabel Borrego y Francico Jódar de números dos y tres. Tampoco la de la Asamblea Regional es una alineación estelar, en parte por las llamativas ausencias de Francisco Bernabé, Adela Martínez-Cachá y Víctor Manuel Martínez. El primero de ellos, destinado a encargarse de la portavocía del Grupo Popular en la Asamblea (así llegó a anunciarlo López Miras), se cayó del equipo a última hora a petición de Teodoro García, que lo quiere como portavoz adjunto del PP en el Senado. Dado que Bernabé tampoco entró en las candidaturas del 28-A, su credencial de senador solo se la puede conceder ya la Asamblea Regional, donde los grupos eligen a dos representantes en la Cámara Alta. Pero la fragilidad electoral del PP y la incertidumbre sobre futuras alianzas podrían incluso dejar a los populares sin senadores por designación autonómica (y a Bernabé en el paro), en el caso –posible, aunque improbable– de que se acentuara su caída. Quién lo iba a decir.

Los comicios del 26-M serán otra cosa, ciertamente, y resulta esperable que el PP mejore sus números –valiéndose, por ejemplo, de la veintena de municipios donde la extrema derecha no comparecerá–. Pero, si el partido no aprende la lección del 28-A y no corrige a tiempo sus errores, o si el parte meteorológico atina esta vez con la intensidad del vendaval de Vox, entonces sí habría que hablar de un cambio de ciclo en la región que tantas alegrías le dio.