Los candidatos aceptan un debate de 'La Verdad' sin preguntas ni bloques pactados

Fernando López Miras, Diego Conesa, Óscar Urralburu e Isabel Franco. /
Fernando López Miras, Diego Conesa, Óscar Urralburu e Isabel Franco.

Los 5 partidos con opciones de gobierno en la Comunidad Autónoma asumen el reto de 'La Verdad' para participar en un enfrentamiento a la americana, sin bloques ni preguntas pactadas

Joaquín García Cruz
JOAQUÍN GARCÍA CRUZ

Estos debates tienen que ser vistos porque serán el choque político, personal e intelectual más extremo en la historia de la democracia americana. Hemisferio derecho del cerebro contra hemisferio izquierdo; panza contra cabeza; instinto contra cálculo; yo contra superyó y, obviamente, hombre contra mujer».

De manera tan elocuente definió el periodista de 'The Atlantic' James Fallows el debate presidencial que aquella noche de 2016 iban a disputar Hillary Clinton y Donald Trump en la Hofstra University, de Hempstead (Nueva York). Cien millones de personas lo siguieron por televisión en Estados Unidos, y los politólogos discuten todavía su influencia real en las urnas, dado que Trump recurrió en paralelo al volcado masivo de noticias falsas ('fake news') en las redes sociales, lo que desvirtuó sin duda el resultado.

Los debates entre candidatos a la Casa Blanca tienen una larga tradición. No responden a una obligación legal, pero sería impensable no celebrarlos. Nadie allí lo entendería. El primero de los duelos televisados fue protagonizado en 1960 por John Fitzgerald Kennedy y Richard Nixon, entonces vicepresidente de Eisenhower, que llegó al plató convaleciente de una infección y se pasó todo el rato secándose la frente ante las cámaras. La audiencia radiofónica certificó tablas, pero las encuestas entre quienes habían visto el careo por TV dieron ganador al joven y saludable Kennedy frente a un Nixon de aspecto enfermizo.

Ahora que hasta lo más friqui figura en las estadísticas, está probado que las ventas de kétchup y de palomitas se disparan en Estados Unidos durante los debates televisados. En España no se llega a tanto, pero también registran un tirón considerable. El informe 'Los debates electorales en TV. 1993-2016' contabiliza 13.043.000 espectadores en el cara a cara que Zapatero y Rajoy mantuvieron el 25 de febrero de 2008, con una cuota de pantalla del 59,1% (altísima), y tres veces más de televidentes (esta es una buena referencia comparativa) que la última final de la Supercopa de fútbol (4.590.000 seguidores), que se emitió en abierto. Murcia fue, según ese mismo informe, la quinta comunidad autónoma donde más se vio aquel áspero enfrentamiento entre el presidente del Gobierno y el aspirante de la oposición.

Pero los debates a los que estamos acostumbrados en España son aburridos, fuera de algunas excepciones. Nada que ver con los debates a la americana, en los que no se marcan más reglas que el tiempo dispuesto por igual para cada candidato y en el que las preguntas se plantean por el moderador, generalmente un periodista aceptado por todos los contendientes en liza, que pone sobre la mesa los asuntos que como profesional de la información le parecen de interés general. No hay bloques (agua, por ejemplo, después infraestructuras, luego corrupción, y así), que se pactan previamente con los partidos, encorsetan el careo conforme a un guion preestablecido, arrojan como resultado respuestas previsibles y, en conclusión, convierten un debate apriorísticamente atractivo en un tostón.

Esto sucede por el conservadurismo de los candidatos, temerosos de arriesgar. Desde sus cuarteles generales se recurre a excusas peregrinas para rehuir el reto que se les ofrece, sobre todo por parte del que abre la carrera electoral con ventaja en los sondeos. Quien está en el Gobierno se sabe expuesto a un posible 'todos contra uno', y a un desliz, una pifia, un lapsus que ante los electores pudiera castigarlo más que a sus adversarios. El cansancio, el calor, un enfoque desfavorable de la cámara, cualquier nimiedad cuenta. En 1992, durante un debate de formato distinto, con público, George H. Bush perdió la partida frente a Bill Clinton porque cometió el error de mirar el reloj mientras una mujer le preguntaba cómo el tamaño de la deuda pública afectaba a su riqueza personal. Bush admitió después lo que pasaba por su cabeza al escuchar la pregunta de aquella mujer: «Me quedan aún diez minutos más de estas tonterías». Se le notó en la cara, perdió el debate y perdió las elecciones.

¿Se imaginan que, cuando pasen los comicios legislativos del 28 de abril y nos metamos de lleno en la campaña de mayo, de la que saldrán los 45 alcaldes de la Región y el nuevo Gobierno de la Comunidad, los cinco candidatos a la presidencia autonómica con opciones de ganar se vieran las caras -por primera vez- en un debate a la americana, sin bloques ni cuestiones pactadas, con la única regla del mismo reloj para todos, cámaras enfocando primeros planos, público en las butacas, y sin saber ninguno de ellos si el moderador o alguno de los rivales les preguntará por el precio del pan, la turbidez del Mar Menor, el AVE, aquel tuit impropio, los arruís de Sierra Espuña, los pactos poselectorales, la capital de Burundi o las camas en los pasillos de La Arrixaca?

¿Se imaginan un debate sin condiciones, en el que Fernando López Miras (el más valiente aquí, porque nadie arriesga tanto) defienda su Gobierno y el legado de sus antecesores, Diego Conesa arremeta contra los 25 años del PP, Isabel Franco ataque el bipartidismo, Óscar Urralburu apueste por echar de San Esteban a «los de siempre» y el candidato de Vox (aún no designado por Madrid) clame contra el «infecto pacto» del Estatuto de Autonomía?

Vayan comprando las palomitas. Los cinco candidatos (en el caso de Vox, a través de un portavoz autorizado) se han comprometido ya en firme con 'La Verdad' a participar en este debate a la americana en el que notarán cercana la mirada del 30% de los murcianos que aún no han decidido su voto -según el Barómetro del Cemop-, con la responsabilidad que de tanta volatilidad se deriva para la suerte de sus carreras personales y el futuro de las instituciones que aspiran a gobernar; un debate en el que sentirán el aliento de los otro cuatro oponentes en el cogote, la respiración muy cerca de su respiración; un debate en el que, invocando nuevamente al periodista James Fallows, se producirán choques de panza contra cabeza, de instinto contra cálculo, y que será emocionante moderar sabiendo que pasará a la historia de la política regional porque -lo acreditarán las hemerotecas- todos se jugaban mucho, pero nadie puso condiciones.