Diecisiete poblados escondidos en Murcia

Uno de los hombres que vive en el asentamiento chabolista de La Fica entra en el poblado con enseres en la mano. / Nacho García / AGM
Uno de los hombres que vive en el asentamiento chabolista de La Fica entra en el poblado con enseres en la mano. / Nacho García / AGM

En su mayoría búlgaros y rumanos, los habitantes de estas zonas piden ayuda al Ayuntamiento para encontrar un trabajo y poder pagar un alquiler

Marta Semitiel
MARTA SEMITIEL

Sentadas en lo que se supone que es el porche de su casa, María y su hija de dos años miran con desconfianza cómo se acercan a esa zona, ocultada por los matojos y árboles que crecen tras La Fica, tan escondida y poco transitada por foráneos, los periodistas de 'La Verdad'. Tras las primeras presentaciones, se relaja y empieza a contar, casi risueña, que es rumana, que lleva once años en Murcia, que tiene otro niño de siete que está en el colegio y que su marido se gana la vida en la 'chatara'. «Llevo aquí dos meses. Antes vivía en un piso de La Fama, donde los gitanos. Pero subieron el alquiler y es mucho. Con la 'chatara' no da», dice tal vez con el mejor español que se oye en la zona mientras mueve ávida los dedos índice y corazón contra el pulgar. «Es mucho dinero».

Como ella, decenas de personas, en su mayoría búlgaros y rumanos, se reparten en chabolas que, diseminadas por el término municipal, llegan a conformar hasta 17 de estos poblados, según consta en los últimos registros de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Murcia. Sin embargo, lo que no pueden cuantificar es cuántos son, «porque van y vienen, no siempre viven en el mismo sitio, son familias itinerantes. Entre las chabolas y los que hay en ocupaciones de viviendas abandonadas, serán unas 200 personas» las que viven en esta situación, un número que se mantiene constante con los años, según explica Andrés Duarte, director del área de Servicios Sociales.

La familia de María lleva un par de meses viviendo en La Fica. Unos llegan y otros se van, como sus vecinos de dos chabolas más allá, un matrimonio que apenas habla media palabra en español y que declina la entrevista porque «volvemos a Bulgaria. Aquí, no trabajo, no casa. Allí, sí casa».

Unas 200 personas viven en estos poblados y en casas abandonadas, según el Consistorio

El que también se ha movido es otro vecino de María, Sergio, otro búlgaro que vivió unos tres años en el asentamiento de Patiño y que hace dos que se ha establecido en La Fica. Él muestra con orgullo su chabola de suelo alfombrado. «Esta es la mía», y desde la puerta se vuelve hacia un árbol del que cuelga una rinconera de ducha en la que guarda vasos boca abajo, «y aquí terraza, para beber cerveza con amigos», explica entre risas. Al igual que el marido de María, también Sergio trabaja en la chatarra. Y con ayuda de su vecina explica que «Servicios Sociales, poca cosa. Más trabajo. Queremos trabajo para poder pagar piso».

Para esas 200 personas que se reparten por los 17 asentamientos o en casas abandonadas, el Ayuntamiento dispone de ayudas, que se tramitan si los requisitos de estas coinciden con los perfiles. Además de eso, a través del Semas también se les facilitan mantas, sacos de dormir y se les reubica en época de lluvias, «aunque muchas veces no se quieren ir y no podemos actuar en contra de su voluntad», continúa Duarte. Además de los servicios municipales, también las ONG trabajan con estas personas. En el caso del asentamiento de Patiño, por ejemplo, es Cáritas quien les proporciona alimentos y realiza un seguimiento de la zona.

Los asentamientos chabolistas cuentan con servicios municipales que velan por su seguridad

Krum tiene su chabola en Patiño y, además de comer gracias a Cáritas, también se ducha gracias a Jesús Abandonado. Vive con un amigo, también búlgaro, de sesenta años. Lleva aquí dos años pero penas habla español, y trabaja en la chatarra. A pesar de todo, asegura con una sonrisa que «aquí mucho mejor, Bulgaria mucha crisis, mucha miseria».

Según relata el expedáneo de Patiño, el último desalojo de la zona se produjo hace cuatro meses tras varias denuncias vecinales, «pero en cuanto los echan, vuelven, porque el propietario de la finca la tiene abierta, a pesar de que hay una ordenanza que obliga a vallar los terrenos». La acumulación de basuras y los problemas en el suministro eléctrico de la zona a causa del enganche ilegal que hacen los habitantes de las chabolas son los motivos principales de las quejas vecinales. «A mí no me molesta que estén allí, lo único que me preocupa es que algún día ocurra una desgracia, porque aquello no está en condiciones habitables ni de salubridad».