Mi casa es un búnker

Pilar muestra el espray de gas pimienta que compró en una armería de Murcia tras sufrir un asalto y dos intentos de robo en su vivienda en menos de un mes. / Javier Carrión / AGM
Pilar muestra el espray de gas pimienta que compró en una armería de Murcia tras sufrir un asalto y dos intentos de robo en su vivienda en menos de un mes. / Javier Carrión / AGM

Los robos y asaltos en pedanías de la capital como Sangonera la Verde obligan a muchos vecinos a gastarse un dineral en seguridad privada... y en psicólogos

Daniel Vidal
DANIEL VIDAL

Cada mañana, Pilar Sánchez sale de casa y recorre unos pocos pasos por su parcela de 4.000 metros cuadrados para coger el coche y acudir al trabajo. Pero siempre lo hace «con un espray de pimienta en un bolsillo de la chaqueta y en el otro una navaja». Al menos desde el pasado 18 de enero, cuando unos encapuchados asaltaron su casa, de madrugada, mientras ella y sus dos hijos dormían en el interior de la vivienda. No sufrieron daño físico alguno, por suerte, como sí ha ocurrido en algún asalto reciente a pocos metros del lugar. Los tres miembros de esta familia acabaron «atrincherados en uno de los dormitorios con un cuchillo», muertos de miedo. Cuando llegó la Guardia Civil, cuenta la propia Pilar, uno de los agentes le preguntó si vivía en esa casa «sola». Si no tenía armas con las que defenderse. Si estaba «loca».

La inseguridad que padece una de las zonas más aisladas de la capital se ha agravado en las últimas semanas con una intensa oleada de robos y asaltos como el que sufrió Pilar hace menos de un mes, en el que los ladrones se llevaron pertenencias por valor de 5.000 euros. Sin embargo, esta vecina ya se ha gastado el doble en medidas de seguridad. «Cristales y persianas especiales, alarma doble, cámaras y protección del perímetro», enumera, como si se tratase de un búnker. «Estoy encerrada en mi casa». Todo ello no le ha evitado nuevos sustos, porque después del primer suceso «han intentado entrar en mi casa otras dos veces, una de ellas con mi hija dentro sola», protesta esta vecina, que se ha visto obligada a acudir a un psicólogo junto a su hija para ir superando el trance. Muchas noches duermen juntas. «He pasado de tener pánico a tener rabia», reconoce. «He pasado de llorar de impotencia a levantarme a las seis de la mañana buscando sombras a las que matar. Porque antes de que se lleven a mis hijos por delante, me llevo yo a los ladrones. Y entonces me pondrán a mí las esposas. Pero me da igual. Aquí los espero», relata desafiante Pilar.

A punta de pistola

A Luis, que vive junto a su esposa Marta a unas pocas calles de Pilar, ya en Sangonera la Seca, no le sirvió de mucho la escopeta que «siempre tengo cargada en la habitación». No le dio tiempo a cogerla. «Si echo mano, no salen vivos». Sin embargo, los tres encapuchados que entraron en su casa unos días antes de Navidad interrumpieron el sueño del matrimonio violentamente, a sopapos, poco después de la una de la madrugada, sin dejarles capacidad de reacción. «Nos ataron las manos y nos llevaron al comedor a punta de pistola», relata Marta. «A mi marido no dejaban de darle guantazos mientras preguntaban por el dinero y por la caja fuerte. Nos quitaron todas las joyas, aunque me dejaron la alianza de boda de mi hijo, que había fallecido pocos meses antes en un accidente», relata la mujer entre el consuelo por el recuerdo familiar conservado, la pena infinita clavada en el alma y el «miedo» que aún tiene metido en el cuerpo. Y que no se va. Y es hasta lógico que no se vaya.

«Esa noche le dije a mi marido: 'Nene, ya no vemos la luz del día», recuerda Marta

Como a Pilar, a Marta y a Luis -que utilizan nombres ficticios precisamente por el «miedo»- les han entrado tantas veces en sus propiedades que ya han perdido la cuenta. «También robaron en el piso que tenemos en Sangonera la Verde. ¿Ves esa nave de ahí? Pues también es mía. Y me han entrado tantas veces que ya lo he dejado por imposible. No hay nada, pero que entren las veces que quieran», se resigna Luis, antiguo empresario de la construcción que ya se ha gastado más de 20.000 euros en arreglar destrozos y en blindar su vivienda. Lo que más lamentan, pese a todo, es la agresión a la intimidad, a la paz de su hogar. «Nos han entrado dos veces en dos años. Solo pedimos un poco de tranquilidad en nuestra propia casa. ¿Es tanto pedir?», exclama Marta, que también acude al psicólogo. A diferencia de su vecina, ella sí plantea abandonar este remanso de (supuesta) paz y sí se atiborra de pastillas para poder conciliar el sueño -sin éxito-. Es tal el desvelo de la mujer que, a pesar de las alarmas, de los cerrojos y de los candados, cuando se encierra en su dormitorio y echa la llave y el pestillo, tiene que atrancar la puerta con una cómoda por dentro. En plan habitación del pánico. «Como si fuera la cárcel», define. Y ni siquiera de esta forma consigue pegar ojo «más de una hora». Aún tiene muy clavada en la memoria aquella noche en la que, como le dijo a su marido, maniatados los dos en la comedor de su casa y con una pistola apuntándoles a la cabeza: «Nene, ya no vemos la luz del día».

Un trabajador refuerza las ventanas de la empresa Suremar, asaltada dos veces en un mes.
Un trabajador refuerza las ventanas de la empresa Suremar, asaltada dos veces en un mes. / Javier Carrión / AGM

Cuenta Marta todo esto mientras se queja también de que su calle, de noche, «es la boca del lobo. No hay ni una luz, no tenemos alumbrado público», protesta. Y, si no hay luz, para qué vamos a pedir presencia policial. «En 14 años que llevamos aquí, yo no he visto una patrulla pasar por este camino en mi vida», protesta ella. «Yo habré visto dos o tres, pero para llevar alguna notificación», corrige él. «Lo que sí vemos muy a menudo son coches desconocidos controlando las casas», advierten. «Nos tienen fichados y vigilados. Pero los ladrones, no la policía», lamentan.

Fina, propietaria del bar Rincón del Bartolo, a pocos metros de la ermita de Sangonera la Seca, es otra de las víctimas de este «pico en la intensidad de los robos», como define el alcalde pedáneo de la localidad, Juan Jiménez. Hace menos de quince días asaltaron su local por la noche y se llevaron unos pocos euros que había en la caja registradora. Nada comparable al estado de nervios con el que vive ahora, aunque se muestre tan optimista como realista. «Yo he tenido suerte, porque solo me han entrado una vez en un año y yo no estaba dentro. No me han llegado a hacer daño como sí le ha pasado a otra gente. Pero me temo que la primera vez que entraron no será la última. Y así no se puede vivir», protesta.

Solo un día antes de que se llevaran su caja registradora y buena parte de su tranquilidad, varias personas pertrechadas con pasamontañas y armas blancas asaltaron una vivienda a poco metros de la suya, y en la que también dormía dentro una familia. La hija, de 24 años, sufrió heridas graves en una mano al tratar de repeler la intrusión. «Yo al final he tenido suerte», reconoce Fina.

«Psicosis»

En esta zona de la capital, a las faldas de la sierra de Carrascoy, las calles lucen muchas más placas de seguridad privada que farolas, y se ven más perros guardianes «y peligrosos», como rezan los carteles, que patrullas de policía. «Si ponen alumbrado público también se lo llevan los ladrones», ironiza José David Jiménez mientras sigue reforzando las puertas y las ventanas de la nave de la empresa de su padre, Suremar Piscinas, que ha sufrido dos asaltos en menos de un mes. El último, esta misma semana. «Resulta indignante que, mientras que yo trabajo día sí y día también, una panda de sinvergüenzas se dediquen a robar y a hacer daño. La escasa presencia policial convierte a Sangonera la Verde en un escenario ideal para los delincuentes. Me gustaría dormir tranquilo, y no pendiente de si recibo una vez más la llamada avisando de que he sido víctima de otro robo», escribía en redes sociales el responsable de la firma, José Jiménez. El empresario pedía también que se pusiera fin a la «oleada de robos que estamos viviendo en nuestro pueblo».

La sensación de inseguridad entre los vecinos de Sangonera la Verde es preocupante. Y así lo reconoce el propio alcalde pedáneo de la localidad, Juan Jiménez. «Se ha generado cierta psicosis en la población como consecuencia de aumento de la frecuencia en los robos», señala Jiménez. Tanto él como la pedánea de Sangonera la Seca, Catalina Carrillo, han pedido en las últimas semanas a la Delegación del Gobierno un refuerzo de la presencia policial, que prácticamente todo el mundo aquí critica por exigua. «Hemos recogido el malestar de los vecinos y lo hemos reflejado a través de un escrito a la Delegación en el que pedimos más vigilancia por parte de la Guardia Civil».

Marta prefiere mantenerse en el anonimato por «miedo».
Marta prefiere mantenerse en el anonimato por «miedo». / Edu Botella / AGM

Y eso a pesar de que, tal y como admite la propia Carrillo, «Sangonera la Seca es la pedanía más extensa de Murcia, con 74 kilómetros cuadrados, y su configuración es muy propicia para ser un foco de este tipo de delitos. Pedimos más presencia policial, aunque el don de la ubicuidad solo lo tiene Dios», apunta.

A pesar de que la Delegación del Gobierno aún no ha respondido de forma oficial a las quejas de los vecinos, y de que las competencias de seguridad se reparten entre Policía Nacional y Guardia Civil en función de la pedanía, los vecinos de Sangonera la Verde ya han podido mantener algunas reuniones con diferentes responsables del Ayuntamiento y con mandos policiales para buscar una solución de forma conjunta. El miércoles visitó Sangonera la Verde la concejal de Tráfico, Seguridad y Protección Ciudadana, Lola Sánchez, quien quiso tranquilizar a los vecinos en relación a los últimos sucesos. «La primera patrulla que veo en los últimos meses es la de los policías que acompañaban a la concejal», ironiza «con mucha rabia dentro» Pilar Sánchez.

«Sin descanso»

Al día siguiente, Juan Jiménez mantuvo una reunión en la que participaron otros vecinos afectados y oficiales de la Guardia Civil, que se esforzaron por transmitir la importancia de que cualquier víctima de un delito de este tipo «denuncie» para que «nosotros sepamos lo que pasa y poder dar un servicio de calidad al ciudadano; estamos para ayudar a la gente», según fuentes de la Benemérita. «Nos preocupamos por Sangonera la Verde y la conocemos casi mejor que nuestros propios pueblos. Lamentablemente, la seguridad integral no existe», dejaron claro los mandos de la Guardia Civil a los vecinos, que son los primeros que reconocen la «falta de medios que sufre el Cuerpo», que solo cuenta con seis agentes para el cuartel de El Palmar. El clamor por un cuartel en Sangonera la Verde es unánime. «Y así llevamos veinte años», protestan tanto agentes como ciudadanos.

El delegado del Gobierno en la Región de Murcia, Diego Conesa, quiso lanzar un mensaje de «tranquilidad» a los vecinos, a los que pidió «confianza en la Guardia Civil, la Policía Nacional y la Policía Local». Reconoció Conesa la falta de personal en la plantilla de la Guardia Civil de la Región, «aunque nosotros estamos mejor que otras comunidades», y aseguró que el número de delitos «bajó el año pasado en comparación con el anterior, aunque ha subido el número de detenidos. La labor de investigación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado es clave». Conesa, que reconoció que el problema de Sangonera la Verde y Sangonera la Seca lo padecen muchas localidades de la Región, pidió la «colaboración ciudadana» y aseguró que se reforzará la coordinación entre las diferentes policías.

De hecho, y según Juan Jiménez, este fue uno de los principales compromisos que obtuvieron los vecinos de la reunión con los mandos de la Policía Local y la Guardia Civil, en la que también se habló de «reforzar la vigilancia en la zona». Y eso a pesar de que, según las estadísticas oficiales en poder de la Delegación del Gobierno, Sang onera la Verde «no tiene los peores datos de delincuencia del municipio». Que se lo digan a Pilar, que ahora ha conseguido salir a regar las plantas, bajo la atenta mirada de sus hijos y sin soltar la navaja. O a Marta, que ahora odia la noche porque llega «el pánico». Aunque viva en un auténtico búnker.

Más empresas de seguridad privada en Murcia que en Castilla-La Mancha

La Región de Murcia es un terreno abonado para los ladrones y, por ende, para las empresas de seguridad privada, que tienen en esta Comunidad un auténtico caladero de clientes. De hecho, hay más empresas de seguridad privada con sede en la Región de Murcia (59) que en Castilla-La Mancha (56), que tiene una superficie casi ocho veces mayor. Así se refleja en un estudio que maneja la Asociación de Empresas de Seguridad Privada de la Región de Murcia (Aresmur). Su presidenta, Encarna Ortiz, asegura que la zona del Mediterráneo es «muy caliente», muy «susceptible» de sufrir robos en viviendas y asaltos como los que ahora padecen algunas pedanías de la capital. Para Ortiz, el sector está centrándose en «soluciones tecnológicas», como drones o cámaras de detección, para combatir la inseguridad en áreas con problemas de aislamiento.

En este sentido también trabaja la Policía Local de Murcia, que ha puesto en marcha un programa dirigido a las casas de huerta y campo para mejorar la protección de las viviendas ubicadas en áreas diseminadas del municipio y de difícil localización. Más información en el teléfono 968 358 787.

 

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