Hans Christian Andersen en la Cartagena de 1862

Foto de la década de 1950. La hospedería (situada en la esquina de la calle Cañón con la Plaza del Ayuntamiento) era ya Hotel París.
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Foto de la década de 1950. La hospedería (situada en la esquina de la calle Cañón con la Plaza del Ayuntamiento) era ya Hotel París.

El universal escritor danés se hospedó en la Fonda Francesa, dentro de un viaje por España, y quedó prendado por la ciudad: «En ella soñé que caminaba por las profundidades del mar»

Por la puerta del mar salimos al puerto, que es muy amplio y tiene una profundidad asombrosa; un islote rocoso lo protege del viento... jamás vi un paisaje tan asolado y agreste como aquel; las rocas más cercanas y las que se veían a lo lejos poseían un color amarillo rojizo como polvo de paja. En la montañas hay minas de plata, y en el valle crece el esparto con tal abundancia que dio al pueblo el nombre de Espartaria». Así contempló Andersen a la Cartagena de 1862, en una visita durante su ansiado viaje por España, que pudo realizar por fin a los 58 años y que le permitió recorrer varias regiones de nuestro país y cuyas impresiones quedaron recogidas en el libro 'Un viaje por España'.

Este escritor de cuentos tan universales como 'El patito feo', 'El traje nuevo del emperador', 'La reina de las nieves', 'Las zapatillas rojas', 'El soldadito de plomo', 'El ruiseñor', 'El sastrecillo valiente' y 'La sirenita' forjó esta visita desde su infancia.

El exotismo, las costumbres y las particularidades del carácter español atrajeron a Andersen. Y él las plasmó con su gran plasticidad para las descripciones, la agilidad de su prosa y la gran agudeza para destacar entre la abigarrada realidad el detalle revelador o el tipo característico. En definitiva, entregó un libro de viaje en donde su valioso testimonio se convirtió en un auténtica fotografía de la España decimonónica de aquellos años.

La obsesión por España vino por un recuerdo infantil de Andersen. «Un buen día, me alzó un soldado español en sus brazos y apretó contra mis labios una medalla de plata que llevaba colgando sobre su pecho desnudo». Se trataba de uno de los quince mil españoles desembarcados en Odense (Dinamarca) enviados por el rey Carlos IV a petición de Napoleón, para fortalecer el bloqueo contra los ingleses, en cumplimiento de lo acordado en el Tratado de San Ildefonso en 1796.

Andersen llegó a Cartagena desde Murcia en diligencia, y tras su estancia en la ciudad partió en barco hacia Málaga. «Arribamos a Cartagena a las 4 de la tarde; por calles estrechas y umbrosas alcanzamos la fonda francesa que nos habían encomiado tanto», relata el escritor.

Esta popular fonda se encontraba en la esquina de la calle del Cañón con la actual Plaza del Ayuntamiento, y estaba regentada por un súbdito francés llamado Celestino Nier.

De este establecimiento tenemos una descripción realizada en 1874. Se trata de un documento notarial de reclamación presentado por Nier al término de los sucesos cantonales, para solicitar una indemnización por la incautación y destrucción de sus bienes durante la Sublevación Cantonal.

La Fonda Francesa estaba en un edificio compuesto de cuatro plantas y una torreta, de las que la primera estaba dedicada a salón comedor, con despensa y bodega; las tres restantes y la torreta ofrecían el servicio de 29 habitaciones, lujosamente decoradas y provistas de mobiliario y ropa de cama de la mejor calidad.

La anécdota del soldado

Andersen, junto a su compañero de viaje Jonás Collin, se hospedó en una de estas habitaciones, y disfrutaron de su estancia en Cartagena y de las buenas viandas que se ofrecían en la fonda. Había vinos franceses y españoles y ultramarinos especiales: trufas, ostras, hígado de pato trufado, setas de París, bacalao inglés superior, bizcochos ingleses... Todo ello lo gozó servido con una extraordinaria limpieza, con cubertería de metal plateado, cuchillos con puño de marfil, porcelana de Alemania y cristalería fina para los diversos vinos y licores.

Igualmente, Andersen destacó la calidad de las habitaciones, desde donde se podía ver la mar. La estancia estaba ricamente decorada en su mobiliario y tapizada con alfombras, y tenía cortinas de encaje y cabeceras de hilo.

La Fonda Francesa tuvo un largo recorrido en el tiempo, pues llegó a la década de los 60 del siglo XX, con distintos nombres (Hotel París, Hotel España) y con distintos propietarios (Enrique Richard y Nicola, el Conde de Romanones y los empresarios apellidados Amorós).

Desde allí continuó Hans Christian Andersen su viaje, cumpliendo su sueño. Escribió: «El mapa nos muestra a España como la cabeza de doña Europa; yo vi su preciosa cara y no la olvidaré nunca». Eso sí, no salió de Cartagena sin antes dejar escrito sobre la mesilla de su habitación de la Fonda Francesa unas evocadoras líneas.

Narró este genio universal: «Era la última noche en Cartagena, la ciudad de Asdrúbal. En ella soñé que caminaba por las profundidades del mar, entre extrañas plantas de exuberante fronda como sus palmeras... que se enroscaban en mí. Vi preciosas perlas, más ninguna tenía tanto brillo como el que yo había visto en los ojos españoles. El mar rodaba por encima de mí con la sonoridad de un órgano. Me sentí prisionero del fondo del mar y añoré la vida de arriba, de la superficie y la luz del sol».