Un volcán con muchas vistas

Con solo 113 metros de altura, El Carmolí ofrece una panorámica privilegiada de 360 grados, con el Mar Menor de protagonista

PEPA GARCÍA , FOTOS: GUILLERMO CARRIÓN
Un volcán con muchas vistas

Encontrar un poco de paz para recargar las pilas de cara al inicio del nuevo año es posible con una pequeña pero productiva excursión a las inmediaciones del Mar Menor. El silencio y la calma que bañan la zona permiten disfrutar del momento sin interferencias y, después, si son de los valientes y el tibio sol invernal acompaña, darse un baño en las templadas aguas marmenorenses antes de que 2012 se agote definitivamente.

Para gozar de este momento de intimidad en plena naturaleza solo hay que subir 113 metros sobre el nivel del mar, a la cima del volcán inactivo que es el Monte Carmolí, no sin antes rodearlo para admirar todos los valores geológicos y paisajísticos que atesora.

Hace siete millones de años que entró en erupción y se formó este cabezo, como lo hicieron el rosario de islas marmenorenses que se observan desde su cima: la Perdiguera, la del Barón, la del Ciervo, la Redonda y la del Sujeto; y también la isla Grosa, ya en mar abierto; y justo lanzando la mirada hacia la otra vertiente, el Cabezo Gordo de Torre Pacheco, y hasta El Valle y Carrascoy. Una amplísima panorámica que te emboba, con el Mar Menor convertido en espejo de plata cuando se admira desde el balcón natural que es la cima del cerro del Carmolí .

Este enclave estratégico, que fue usado como polvorín por los militares durante décadas, es una atalaya que ofrece unas inmejorables vistas del maravilloso entorno: los Paisajes Protegidos de los Espacios Abiertos del Mar Menor y la Marina del Carmolí, un gran humedal escasamente alterado gracias a que los terrenos pertenecieron hasta hace unos años al Ministerio de Defensa, y que cuenta con hasta cinco figuras de protección -Lugar de Importancia Comunitaria, Espacio Natural Protegido, Zona de Especial Protección para las Aves, Humedal Ramsar y Zona Especialmente Protegida de Importancia para el Mediterráneo-. En él habitan aves como la calandria, la curruca, el martín pescador, las garcetas o los cormoranes, y su vegetación es la característica de los saladares.

Subiendo por la calle Lago Superior de El Carmolí se llega al punto de inicio de la ruta, marcado por un cartel. El terreno está plagado de azufaifos, ahora todavía en flor, un matorral espinoso catalogado como especie vulnerable en la Región de Murcia, y orovales, y proliferan los bosquetes de palmitos, que crecen en las aparentemente áridas laderas volcánicas, aprovechando las acumulaciones de agua de las vaguadas. También sobreviven, sin haberse librado del ataque de las cochinillas, las paleras con sus higos chumbos ya resecos.

Nada más llegar al pie del cabezo, pese a los millones de años transcurridos desde su formación, se aprecian a simple vista las coladas de lava y piroclastos que emanaron del cráter, hoy desaparecido, con sus porosas y ligeras piedras.

El sendero circunda el cabezo, dejándolo a la derecha, y durante el trayecto se observan enormes piedras lanzadas con violencia por las erupciones que dieron su peculiar forma a este monte ribereño que, en estas fechas, está cubierto por un manto verde de tréboles, tomillos florecidos y una variada colección de flores silvestres que suman encanto al cerro.

Durante el trayecto, señalado con marcas blancas y verdes de sendero local, irán pasando junto a viejas instalaciones militares que dan testimonio de su ocupación: baterías soterradas para vigilar el polvorín, casetas de vigilancia y, cuando hayan completado media vuelta al cabezo, antiguas letrinas o duchas que hoy sirven de refugio al ganado y túneles del arsenal que horadan este monte volcánico. Precisamente estos túneles fueron tapiados cuando los abandonaron los militares para evitar el acceso al personal civil, pero algunos 'okupas' han derribado parte de la tapia y han dejado abierto el acceso a unos largos y anchos pasadizos en los que la negrura es total. No obstante, no es recomendable internarse por ellos, ya que pueden estar en mal estado y causar algún accidente.

Durante el recorrido observarán las cavidades que la erosión ha formado y, en algún tramo, las formaciones columnares a que el lento enfriamiento del material volcánico han dado lugar.

Cuando casi hayan completado la vuelta al Monte Carmolí, al lado del asfalto, encontrarán una senda cómoda para subir a la antecumbre del cabezo. Este sendero lo recorren casi a diario escolares de la zona, que acuden en itinerarios didácticos para comprender con ejemplos prácticos los contenidos de Conocimiento del Medio.

El último repecho, el que le sube hasta el vértice geodésico del Carmolí, es un poco más complicado y exige vigilar dónde se ponen los pies (para no resbalar ni apoyarse sobre alguna piedra que se desmorone) y, en algunos tramos, es preciso agarrarse con las manos. Justo en este trayecto podrán ver ,y palpar, las espectaculares coladas de piroclastos, en las que han anidado comunidades de líquenes que le aportan un aspecto todavía más curioso y que poco a poco van desintegrando la piedra volcánica.

El último esfuerzo merece la pena. Aspire la brisa marina, siéntese y observe pausadamente. Luego, antes de irse, puede acercarse a la marina del Carmolí (no lo haga a media tarde, que le comerán los mosquitos) y bajar hasta la playa para pasear descalzos por la fría arena. Y, sin dar por concluida la jornada, degustar alguno de los exquisitos arroces que dan fama a Ruf-Mari, en Los Urrutias.