San Javier y Molina de la mano

CÉSAR OLIVA

En 1947, en dos lugares de la vieja Europa, Avignon (Francia) y Edimburgo (Escocia), nacieron los primeros festivales de teatro de nuestra época. Ambos han cumplido este verano los 73 años. Los dos nacieron con clara vocación descentralizadora, creando espacios escénicos muy distintos a los habituales. Avignon, rompiendo el núcleo parisino; Edimburgo, la pujanza del West End londinense. De alguna manera, el teatro inició un cambio definitivo en lo que se refiere a popularizar los clásicos y los menos clásicos.

En 1969 y 1970, en dos lugares de la Región de Murcia separados por poco más de 50 kilómetros, surgieron otros tantos festivales de teatro, asimismo con parecidas circunstancias e intenciones. Dos grupos escénicos pusieron las primeras piedras, invitando a otros colegas a una aventura que llamaron Certamen y Ciclo, con idéntico sesgo de sencillez e improvisación. En San Javier, Paco Rubio, director del entonces grupo Oscar 69, se dejó influir por un párroco rural para montar varias funciones en un salón casi familiar. En Molina, el grupo Atem, encabezado por José Antonio Arnaldos, utilizó también un club parroquial instalado en cine de verano para ofrecer al público una serie de funciones con grupos aficionados. Sin darse cuenta, esos dos pueblos iniciaban un proceso por medio del cual, en cortos años, consiguieron espectadores fieles, que poco a poco fueron conociendo a los mejores grupos del teatro independiente español. Por entonces, los escenarios de Murcia, Cartagena y Lorca ofrecían una programación demasiado tópica, ya que eran administrados por empresas comerciales. Daban revistas con vedettes, comedias convencionales, junto a escasas excepciones de interés. Sin querer casi, San Javier y Molina empezaron a ser oasis en la vida teatral y cultural de la Región. Gracias a ellos, Joglars, Tábano, Goliardos, TEI, Dagoll Dagom, La Cuadra… podían allí verse.

Pero el camino no fue fácil. Las instituciones públicas no apoyaban estos incipientes festivales, entre otras razones, porque no sabían que había que apoyarlos. Por eso cambiaban de espacio cada año, en la búsqueda de un enclave idóneo. En Molina, el Cine Cónsul, lugar de la primera edición, que se llamó Ciclo de Teatro Nuevo, dio paso a la terraza de verano del Cine Victoria, al jardín de la Compañía (donde hoy se ubica su flamante Ayuntamiento), o al patio del instituto de bachillerato. En San Javier, el cambio de ubicación también se producía de continuo, consiguiendo cierta estabilidad en el amplio patio de un colegio nacional, hasta llegar al parque Almansa, con escenarios de quita y pon, primero, para pasar después a la construcción del actual auditorio, con capacidad superior a los mil espectadores. En Molina la pujanza de su festival motivó la edificación de un espléndido teatro, el Villa de Molina, surgido, como su homólogo marmenorense, de la gran proyección alcanzada, cifrada en elevado número de espectadores.

Como vemos, San Javier y Molina han llevado trayectorias más que similares. Ambos partieron del teatro de aficionados, y ambos desembocaron en el teatro y la danza más profesionales posibles. Los dos son festivales eclécticos, basados en la diversidad de géneros y artistas, diferentes a los de temática única, como Almagro o Mérida. El público de San Javier o Molina reclama las grandes novedades del mercado; quiere títulos y nombres que estén en primera línea de la escena nacional e internacional. Y todo ello gracias al actual apoyo institucional, en ambos casos mayoritariamente municipal, con la colaboración tanto del Gobierno regional como de empresas privadas, lo que hace posible que alcancen un alto nivel artístico.

¡Larga vida a nuestros festivales!