Pregón íntegro de los Moros y Cristianos de Murcia 2019

Antonio Botías, este lunes, durante la lectura del pregón./Vicente Vicéns / AGM
Antonio Botías, este lunes, durante la lectura del pregón. / Vicente Vicéns / AGM

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍAS

Vengo esta noche a contarles una historia. Pero no una cualquiera. Es cierto que las historias abundan en esta antigua tierra. Y es probable que esta no sea la mejor historia jamás contada. Quizá. Tampoco será la historia de nunca acabar pues nos aguarda la inauguración del campamento, que este año, ¡qué les voy a contar!, adquiere una especial significación.

Mi historia comienza así:

Cuatro cosas negras: cabellos, cejas, párpados y la pupila de los ojos; cuatro blancas: cutis, dientes, uñas y córneas de los ojos; cuatro rosas: mejillas, labios, encía y lengua; cuatro grandes: frente, ojos, pecho y caderas; y, por último, cuatro pequeñas: orejas, boca, manos y pies.

Estas son las veinte características que, según algunos autores árabes, debía reunir la mujer para ser bella. Hoy puede parecernos una estupidez, cuando no un alarde, más que de Moros y Cristianos, de machismo. Pero en aquellos siglos remotos los gustos (o el mal o buen gusto) eran otra cosa.

Lo cierto es que de todos estos rasgos hacía gala Zaida, la legendaria princesa que protagoniza la más célebre leyenda de amor que conociera el antiguo Reino de Murcia.

El corazón de la joven, de quien se decía que «si miraba a un hombre enfermo lo sanaba y si estaba sano lo enfermaba», seguía amando a su prometido, un aragonés que terminó siendo capturado por el esposo de su amada. Sucedió en Monteagudo, cuando Monteagudo pertenecía a una de las capitales de lo que hoy llamamos Europa.

El musulmán, enfrascado en el gobierno de su reino, no sospechó que su mujer le era infiel. Hasta que sorprendió a los amantes en su propio castillo. La pataleta fue tal, que el marido despechado sintió ganas de convertir la fortaleza en el amasijo de ruinas que hoy contemplamos.

Quiso el cristiano comprarle a Zaida; pero el esposo burlado no aceptó. En cambio, ordenó que lanzaran al aragonés por el mirador del castillo. Nadie sospechó que Zaida saltaría tras su amado. Ambos fueron enterrados juntos y el alcaide, preso aún de los encantos de la muchacha, perdió su vida luchando contra los cristianos.

Les cuento esta historia como homenaje a las miles y miles de murcianas de todos los tiempos que los siglos enmudecieron, condenándolas al anonimato. Como a Zaida. Justo lo contrario de lo que vosotros, queridos moros y cristianos, lleváis observando desde que recuperasteis esta fiesta.

Fue en 1983. Un 5 de septiembre se celebró el gran desfile. Contaba la prensa, a veces tan exagerada, que miles de personas andaban ataviadas con atuendos de época. Pero lo más importante era que nacía una fiesta con dos particularidades novedosas. Una, su laicidad. Otra, la incorporación de las mujeres en igualdad, hoy tan mencionada pero que entonces apenas existía en todo el Levante.

Pero auténtica igualdad. Aquí, entre nosotros, tenemos a mi querida amiga Pilar de las Heras, la primera mujer que presidió unos Moros y Cristianos en toda España. Y eso ocurrió cuando en la asamblea nacional de Federaciones mandaban a las mujeres a hacer rutas turísticas. Pilar, repito, fue la primera en toda España. ¿Vale eso un aplauso?

Excmo. Señor alcalde de Murcia y pregonero de estas fiestas.

Excmo. Señor delegado del Gobierno.

Excma. señor consejera de Presidencia y Hacienda.

Señor presidente de la Federación de Moros y Cristianos y su junta.

Concejales y miembros de la Corporación.

Infante Alfonso, rey cristiano y su dama.

Aben Hud, rey moro, y su favorita.

Abanderadas, Festero del Año.

Autoridades civiles y militares.

Amigos de la Coral Discantus y de la Banda de Música de Molina de Segura.

Colegas de la prensa Televidentes de la Siete.

Familia, señoras y señores.

Enumerar los nombres propios femeninos que han contribuido a engrandecer esta fiesta sería una tarea ardua. Sin ir más lejos, Natalia, quien con tanta vehemencia me ha presentado. Gracias querida amiga.

Lo cierto es que en Murcia, desde los mismos inicios de la fiesta, la voz de la mujer no solo fue escuchada. También, por suerte, obedecida. Recordemos al presidente Antonio Reyes, quien ya contaba en su equipo con festeras de la talla de Loli Reyes, Carmen Galián, después presidenta, Maruja Torres y Magdalena Ibáñez. Por aquellos años Belén López Esparza, joven loba hermana de mi querido amigo Pascual, también lobo donde los haya, organizó el primer ballet. Y también a tantas moras y cristianas les debemos que, en los tiempos duros, cuando la fiesta parecía decaer, supieran volver a sostenerla y devolverla al lugar donde merece estar.

De entrada les aseguro que no vengo a pregonar esta noche una fiesta inventada. No vengo a pregonar esta noche una fiesta que tenga que justificarse. No vengo a pregonar esta noche una fiesta que deba pedirle disculpas a nadie por existir. Y no vengo a abrumarles con datos históricos, por todos de sobra conocidos.

Nada le debéis a nadie. Al contrario, es Murcia deudora del reconocimiento y el aplauso. Ahora muchos presumen de la defensa del patrimonio histórico. Pero vosotros lo hacéis desde hace tres décadas largas. Y lo hacéis con rigor y elegancia, con determinación y alegría.

Por eso, ¿quién ha dicho que son elitistas nuestras cabilas y mesnadas? ¿Quién se empeña en sostener ese error infame?

Vosotros les hacéis soñar

¡Mirad a Jaime I! Mirad cómo cada año despiertan en La Arrixaca, en esos pequeños murcianos que la enfermedad atenaza, la dicha de sonreír cuando vuestra visita aguardan. Vosotros les hacéis soñar, vosotros les hacéis sentir que existe una dulce esperanza.

Vosotros sois la sal de esas vidas, sois la alegría encarnada en cada sonrisa de un niño que espera vuestra llegada. ¿Qué vale ver sonreír, a un niño postrado en su cama? ¿Quién podría valorar qué cuesta ver su mirada encendida de ilusión, de algarabía plagada? Nadie podría pagar lo que esta mesnada regala.

Por eso los admiro cuando por la Gran Vía avanzan, caballos que son de fábula, con su maestría y semblanza, huele a pólvora su trote, huele a doma antigua y sabia. Y lo hacéis con la valentía que al cabo Mario engalana, el que fuera bautizado ante la mismísima Arrixaca.

¡Que este año resuene eterna vuestra colla o vuestra banda! ¡Qué retiemble el campamento, las calles engalanadas, cada esquina y cada plaza, cada hueco de mi alma!

¡Y entonces que vengan a decirme que no tenéis importancia! ¡Que vengan a convencerme que no sois caballeros y damas, solidarios donde los haya! Yo les responderé: ¡Callad, callad de una vez, gente vil y malsana!

Muchas gracias presidente, baluarte de esta mesnada, por permitir que mi voz resuene para pregonarla. El nombre de Javier Arenas, siempre dispuesto a ensalzarla, es sinónimo de sensatez, de mano tendida y de plática.

Ocho puntas de cruz

Porque podría apuntar mil razones, argumentos en abundancia. Pero aportaré solo ocho. Ocho puntas de cruz, ocho luceros que adornan una orden centenaria. San Juan de Jerusalén, monjes guerreros, bellas damas. Tres décadas cumplís hogaño y todas de gloria colmadas.

¡Qué elegancia en la filá, cuánta historia condensada en rojo magenta o en negro, con su gran maestre al frente, y la frente siempre alzada. ¿Qué es lo que sientes Antonio al recorrer la Gran Vía? ¿Y tú, cabo José María, qué estremece tu mente al contemplar la mesnada enseñorearse altiva?

¿Quién no se ha emocionado en las bodas sanjuanistas? ¿Quién no ha rendido su aliento ante tal elegancia, tal saber estar, tal tradición que a los sentidos cautiva? ¡Sanjuanistas adelante! La fiesta os reclama vida. Avance el Infante Alfonso con la mirada encendida y toda Murcia se quede de esta mesnada prendida.

Bautizos para la historia

«Es una tradición nueva», claman los desinformados. Y los escucho sin ganas, pues podría responderles: Santa María de la Arrixaca. El arrabal y su virgen, por el rey Sabio tan cantada. E invitarles a vuestra ofrenda, espléndida donde las haya, cuando ante la antigua patrona rendís con respeto las armas. Y bautizáis a los pequeños, simiente mora y cristiana, para luego, obligado es, brindar con grifo hasta el alba. Con música o sin música, ya veremos lo que pasa.

Pues vuestra insignia, si me lo permitís, es esa bebida mágica. Lágrimas curativas que cada año renuevan la pasión por esta tierra, por su historia legendaria, por la que está en San Andrés y por cuantos sin rezarle, la ensalzan. Esa, La Arrixaca, es vuestro banderín. Esa es también vuestra alma.

Sementera cristiana

Y hablando de banderines, ¿cómo podría olvidarme del que quiebra la brisa septembrina al traspasar la Gran Vía? Estandarte de Fernando III, el mayor de fina estampa, cuajado de pedrería sobre fino terciopelo labrada. ¡Qué arte y que señorío, qué belleza y qué elegancia!

¡Qué huestes más numerosas! ¡Qué futuro os espera! Esos diminutos cabos que maman de vuestra herencia. Serán grandes caballeros, serán damas de potencia. Ni imagináis cuánto bien hacéis, a esta fiesta legendaria.

Esa escuadra que desfila es para todos su sabia. Sabia de la que brotarán grandes cabos, abanderadas, reyes y reinas y príncipes de belleza inigualada. Recordad lo que os digo, como profecía avanzada: en esos pequeños reside nuestro afán, nuestra esperanza, el tronío de esta fiesta que recala las entrañas.

Rosas rojas prendidas

A mí me dicen templarios y al instante, sin aguardar nada, de templario se tiñen mis pupilas enamoradas. Un templario ya remoto acercó a Murcia las entrañas, de aquel rey Sabio que nos legó en sus escritos el alma.

Monjes de rosas rojas prendidas en mi mirada cuando la cabo María Teresa enarbola fiel su espada. O cuando el cabo Félix, mi hermano, marca el paso por Gran Vía con prestancia y elegancia. Yo he vivido con vosotros noches que son legendarias: con Luis Llácer, Pablo Monteagudo, Juan Ortuño y Luis García, viejo templario de estampa, caravaqueño de pro y baluarte en Murcia de esta gran fiesta templaria.

O Arturo Andreu, colega, maestro y grande donde los haya, o mi admirada Carmen de Fandif, esa espléndida templaria que estamos tardando en hacerla Hija Predilecta de una Murcia solidaria.

¿Y qué me dicen de Alvaro Peña, gran pintor donde los haya, cuyos trazos desdibujan sobre el lienzo embajadas? Y el nuevo, Gerónimo Tristante, gloria de las letras bien hiladas. Bienvenido amigo mío, tu presencia es bienaventurada.

¡Cuántos templarios de honor, cuánta gente buena y sabia, que sabe honrar a sus músicos cuando los desfilen acaban, cuántos nombres que ya engrosan la antología mora y cristiana!

Ayer ya disfruté con ellos, en una espléndida mañana, cómo al rey moro rindieron con tanto respeto sus armas, brindando con café alcoyano, que mi buena amiga Ana borda como bordaron la fiesta con su charanga. De almorávides hermanos de sangre y alma cristiana. Templárides dicen llamarse por esa hermandad tan sana.

Alardes santiaguistas

En la fiesta todo es vibrar. Como vibra así mi alma al deleitarme contigo, cabo Alicia, santiaguista hasta las trancas y custodia en los alardes de las esencias murcianas. Quiero brindar contigo en vuestra santa queimada y conjurar este año tanta desventura insana.

Caballeros y damas de Santiago, preparad vuestra embajada, que retiemble el campamento tal que no hubiera un mañana. Sobre mi pecho esa cruz, vuestra enseña a fuego en mi alma, como homenaje a una orden que, ya desde el siglo XIII, creció en esta tierra de fábula, tierra de contar las historias en una revista extraordinaria que mi amigo Juan Castaño borda con maestría literaria.

Un homenaje al Rey Sabio

Y tierra también de homenajes a quienes supieron amarla. Caballeros del Infante Juan Manuel, damas de legendaria estampa que ante el rey Alfonso X rendís cada año las armas. Custodios del ajedrez que a vuestro boato engalana.

Custodios de las esencias, de la pólvora, las fanfarrias, los tocados magistrales, dos leones, dos espadas sujetadas con acierto por dos recias manos aladas. Que este año vuestro ariete, como decisiva arma, derribe en el campamento baluartes y murallas que la sinrazón erigió y el descontento aquilata.

Amigos Moros y Cristianos. No pregonamos esta noche una fiesta nueva e inventada. Anunciamos el evidente éxito de la recuperación de una celebración que siempre, bajo muy diversas formas, existió en nuestra ciudad. Basta leer las Actas Capitulares para demostrarlo. En una de ellas, en marzo de 1426, para honrar al rey Juan II se organizaron pasacalles donde desfilaba «un cuantioso número de juglares, moros y cristianos».

Más que moros, moriscos de Ricote. Y en 1495, tras nombrar a San Patricio patrón de la ciudad, el Concejo organizó un desfile y ordenó «que los muchachos vayan vestidos de moros, como se solía hacer». Es más: en 1586 incluso se convocó, textualmente, una «fiesta de moros y cristianos para el día de Santiago». Y durante los siglos siguientes serían muy habituales los alardes de arcabucería en honor de los patrones de las distintas colaciones murcianas, pongo por caso San Miguel o Santa Olalla.

No menos antigua es la evidente relación con la antigua patrona del Reino, la Virgen de la Arrixaca. Pero no solo con esta advocación. La fundación de la Cofradía de Jesús, la de los Salzillos, fue celebraba, miren ustedes por dónde, con una fiesta de moros y cristianos.

Podríamos invocar no pocos antecedentes de cómo la ciudad siempre respetó esta fiesta. Eso sucedió, por no adentrarme en siglos remotos, en la conmemoración del VII centenario de la reconquista de la urbe, en 1943. Fue un primero de mayo.

Y el Consistorio cerró toda Murcia al tráfico. Sorpréndanse. Al tráfico. ¿A qué hora? A las tres de la tarde de un sábado. Casi nada. Y a las siete, el desfile lo abrieron las huestes cristianas a las que sucedieron los moros e incontables bandas y la Arrixaca y hasta el ministro Ibáñez Martín, que no se perdió la cita.

Deseo, con humildad, alzar esta noche un modesto estandarte para reclamar lo único que le falta a esta fiesta. Porque tenemos un campamento digno de visitar, digno de abrir sus puertas a todos los murcianos, como ya acostumbra, digno de narrar en sus tiendas nuestra gloriosa historia. Pero en un lugar indigno. Y no pido disculpas por emplear este término.

Leed la segunda acepción de la Academia para esta palabra: «Que es inferior a la calidad y mérito de alguien o no corresponde a sus circunstancias». Convendremos todos que el recinto está muy, pero que muy por debajo de la calidad y mérito que atesoran los moros y cristianos murcianos.

Murcia es sufí

Siete lunas, siete verdes en la noche musulmana. Siete lunas como soles que Ibn Arabí engalanan. Siete lunas en los ojos de vuestras bellas sultanas. Y setenta veces siete quiero alabar vuestra cabila.

¡Cuántos nombres en la historia! José Maylín y Mirete, quien a Arabí encarnaba, Esperanza Ruiz, Charo Meseguer, Isabel Hernández, Paula Zapata… Caballistas, grandes collas, inmensas vuestras escuadras, alardes de doma y trotes, míticas abanderadas… ¿Miento o no miento, Ángel Belmonte, si digo que tu mirada, de viejo moro murciano se enciende al soñar la cabila?

De otro murciano universal lleváis el nombre inscrito desde aquella fundación que abrió Murcia al misticismo. Aguardadme, os lo ruego, cuando la procesión se prepara pues no hay mona más sabrosa, ni otra más añorada, ni chocolate más dulce ni hambre más bien curada ni cartel más bien pintado por Sergio Ruiz, de esta cabila.

Son tus trazos magia pura, de tatuajes velada, y la pasión de esta Fiesta sobre el lienzo condensada.

Los moros de la mantica

¿Dónde se puede encontrar nuestra huerta musulmana? ¿Dónde la admiraremos con tan sublimes puntadas? Solo un lugar propongo bajo la noche estrellada: esas capas que son manticas con tanto primor bordadas.

Sois Almorávides de Mursiya, custodios de nuestra raza, y portáis con celo y orgullo toda Murcia en las espaldas. Este año bien podéis afilar las cimitarras pues vuestro rey es rey de la Murcia musulmana y un pilar indispensable de esta Fiesta legendaria.

Auténticos refajos de gloria, de frutos y flores cuajadas, que reverdecen cada año, camino de las embajadas. Desde el cielo, bien lo sé, observa con alma extasiada, el bueno de Juanjo Capel, orgullo de tan grande cabila. Gracias a él revivimos nuestra herencia milenaria.

Y junto a él Maribel, almorávide galana, quien ya anda en el paraíso organizando su escuadra. Todas, todas las arrancás serán en tu memoria, guapa. Porque en realidad no te has ido. La vida es solo una pausa y siempre te recordarán tus fieles hermanos de manta. Tus hijas Ana y María ya tu recuerdo engalanan evidenciando que son discípulas aventajadas.

Igual que a Pepe Viudes, otro festero sin tacha, cuyo nombre hoy invoco como ejemplo de elegancia, de amor por nuestras costumbres y de entrega solidaria. Su herencia es el recuerdo que a su familia engalana.

Con leche de camella

Contaba Abul Abbas, el murciano lo llamaban, que había que verlo todo con los claros ojos del alma, pues los de la cara a menudo a más de uno engañan. Lo dijo mi amigo Alfonso, mi pregonero a la zaga. Pero no encuentro mentira al contemplaros en la Entrada, al ver como vibráis de gozo porque la espera se acaba.

¿Es así Alfonso Gálvez o el pregonero desbarra? ¿Es así familia Roses, estirpe ya legendaria? Si acierto, brindemos juntos. Con leche de camella, bebida legendaria… Si alguno no la prohíbe. ¡Veremos quién tiene agallas!

Las cabezas levantadas

Volvamos a la triunfal Entrada. Miremos a Abenamar, con qué ilusión nos asaltan. Atrás quedan las reuniones, discusiones, añoranzas, sueños, pláticas, disgustos y siempre alguna lágrima por quienes al cielo se fueron, dejando huérfana la cabila.

A vosotros os dedico con emoción mis palabras. No os fuisteis, os llevaron pues en el cielo faltaban moros y cristianos grandes para formar una escuadra. No os fuisteis, os llamaron a una gloriosa Embajada, a celebrar entre nubes tan memorable Entrada. Y allí, desde el paraíso, sé que esta noche derraman sobre nosotros su abrazo, su bendición y su alma.

Y hay que ver cómo disfrutan al paso de la Embajada. El traje casi no pesa cuando arranca la parada, el sudor se torna almíbar, los pies son recios puntales que apuntalan la Gran Vía; los nervios, acero puro de remota cimitarra; el orgullo, la divisa y adelante, con buen paso, las cabezas levantadas y las sonrisas dispuestas mientras la colla acaricia con sus notas los vaivenes de los ballets que cautivan.

¡Adelante Abenamar! ¡Extended la simpatía que Carla y Marta destilan al frente de sus grandes filas! Murcia ante vosotros, queda en la noche rendida. Jaque mate a la tristeza. Jaque mate a la desdicha. Jaque mate beberemos mientras el cuerpo resista.

Cuando Murcia era un imperio

Quiero esta noche soñar una ciudad almenada, jardines de leyenda mora, de amores amurallada, de alcázares que adornan mirtos, de acequias de agua clara, estanques y partidores por donde brincan las ranas, de músicas que mecen lirios entre suaves dulzainas, de ejércitos poderosos, de nobles de estirpe rancia, de castillos escarpados y harenes de antigua fábula. Es la Murcia del Rey Lobo, que esta noche nos reclama.

Y es difícil resumir cuánta tradición entraña tan noble y resuelta cabila. Lobeznos en sus carritos desfilan desde la entrada. Procesión del pan y los higos, fila de murcianas sueltas que con tino ordena Arantxa, muladíes y un ballet que culmina la parada, las lobas de Juani Muñoz y los lobos de Mardenis, que siguen a Rosa Medina. ¡Cuánto podría hablarles de estos moros sin medida!

Podría decirles Pepón, de pasión incontenida, o Juan frente al banderín que mecen sus manos tendidas. Con ellos compartí ayer tan suculenta comida que solo tanta hermandad superó tanta delicia.

O ir más lejos, mi hermano, quien junto con su familia, han sabido transmitirme cómo son sultanes en Murcia. Gracias por aceptarme con humildad en vuestra fila. Gracias por permitirme sentir que la historia vibra a cada paso que demos recorriendo la Gran Vía.

Buñuelos y manos cogidas

Y da igual que digamos mudéjares que proponga Abderramán, que ambas son cabilas nobles, de una elegancia sin par. Buñuelos tan predicados, que pronto se acabarán. O dos lunas y dos cimitarras, ¡Qué forma de desfilar!

Si tuviera que pediros un favor por humildad: sería poder anunciar, cogido a vuestras fieles manos, esta fiesta universal. Dime Óscar Cervantes, de la prensa principal, dime si acaso es mentira que no existe otra medida para la fiesta narrar que describir vuestro alarde y forma de desfilar.

Almohades, en la calle

Y si de la ciudad hablamos hace apenas un instante escuchaba en Trapería un gran estruendo almohade. Heraldos de este pregón habéis llenado las calles del color del estandarte, del tronar de los timbales en tan majestuoso alarde. La fiesta, sin pregón que valga, ya ha tomado nuestras calles. ¿Qué más podría añadir? ¿Quién describiros lograra? ¿Qué poesía estamparía tanta pasión concentrada en cualquier bordado moro, en cualquier tizona galana, en el tronar que estremece de una potente espingarda? No será este pregonero, quien ya su voz rendida acalla.

Este pregonero ya acalla su voz. Mi último deseo es que permitáis que disfrute y vibre con vosotros en el Desfile de la Entrada, que saboree nuestra historia en la fundación de Mursiya y que me sienta orgulloso de mi murcianía al contemplar la llegada del infante Alfonso de Castilla y la posterior Entrega de llaves de la ciudad. Y, por último, que una vez más compruebe cómo Murcia sí es tierra de solidaridad y tolerancia, algo de lo que España anda un tanto desposeída en estos tiempos.

Y como escribí en alguna ocasión, solo resta anunciar:

Que la ciudad se engalane

De flores y luminarias

¡Abrid las puertas remotas!

Engalanad la muralla

Con arcos de hierbabuena,

De palmas, azahar, alábega

Ramitas de jazmín y flores

Se cuelguen de las ventanas

Por doquier resuenen laúdes

Panderos, flautas, guitarras

Y tapices de esa seda

Que en Murcia se cultivaba

Narren la historia triunfal

Que evocan las embajadas

¡Ordenad que los portones se levanten sin demora,

que rebose el Arenal de jaimas y telas preciosas,

que palidezca de orgullo tierra tan cristiana y mora

que sabe narrar su historia al son que marcan las collas!

Sea el sonido cascabeles y taconazos de gloria

Sea el olfato pólvora y azahares a deshora

Sea el gusto brebajes y pócimas sanadoras

Sea la vista colores y el relumbrar de las joyas

Y sea, por acabar pronto, esta fiesta redentora la que anuncie al universo que Murcia es cristiana y mora.

¡Vivan Moros y Cristianos!

¡Viva Murcia!

Antonio Botías Saus,

En el Teatro Romea, a 9 de septiembre de 2019.