Orejas, rabos y hasta patas por estatuarios

Manuel Cascales, tras acabar con la vida del toro de su alternativa, en 1954. /ARCHIVO FAMILIA CASCALES
Manuel Cascales, tras acabar con la vida del toro de su alternativa, en 1954. / ARCHIVO FAMILIA CASCALES

Manuel Cascales tomó la alternativa en septiembre de 1954: «No cabía un alfiler en la plaza; vino mucha gente andando desde Orihuela para ver el festejo»

Juan Ruiz Palacios
JUAN RUIZ PALACIOSMurcia

Nadie en la historia, dicen los viejos aficionados, toreaba por estatuarios como lo hacía Manuel Cascales Hilla. «Ni el propio Manolete». En la memoria de muchos murcianos perdurará siempre el día en que el diestro de Alcantarilla tomó la alternativa, de manos de Antonio Bienvenida y con Julio Aparicio como testigo. Y también será recordada la tarde en la que el matador se encerró en solitario con seis toros en La Condomina. El resultado de ambos festejos fue histórico, pues Cascales cortó orejas, rabos y hasta patas, ganando aún más fanáticos y seguidores de los que ya tenía por aquel entonces.

La tarde más emotiva, cuenta el periodista Miguel Massotti, fue el 5 de septiembre de 1954, cuando tomó la alternativa. En su obra 'Estatuario, la vida del torero Manuel Cascales', asegura que «por la mañana hubo una romería en el hotel Victoria porque muchos de sus amigos quisieron acercarse a la habitación para estar con él. Después se quedó solo con sus subalternos y el mozo de espadas. Su capilla era fundamental: la Virgen de la Fuensanta, el Cristo del Rescate y dos lamparillas de aceite que debían permanecer encendidas hasta su regreso». Cuando llegó a la plaza, el torero se percató de que no cabía un alma. «Se superó el aforo en dos mil personas más de las que cabían en el coso», cuenta Massotti. La crónica de la época rezaba: «Cascales saludó con siete verónicas y media templadísimas a 'Velero', negro y marcado con el número 82, de Garcigrande. Los pases provocaron el primer alboroto de la tarde».

Massotti recuerda que, tras brindar al público, «el diestro comenzó una serie de ayudados por alto y una tanda con dieciséis naturales, seguidos de series en redondo. Montó un lío que consiguió cortar las dos orejas y el rabo». Y en el último de la tarde, segundo de su lote, «llegó el delirio, porque repitió con aumento su éxito anterior. De hecho, fue tal el faenón, que cortó hasta la pata del animal. La gente se lanzó al ruedo para llevar al torero a hombros hasta la misma puerta del hotel».

«Fue un 'cascalazo'»

La segunda tarde fue la del 22 de mayo de 1955. «Cascales venía de un bache y se encerró con seis toros en La Condomina. Mi padre me contó que aquella tarde vino gente desde Orihuela andando y que la plaza estaba a rebosar», relata el periodista Alberto Castillo. Su colega Diego Vera cuenta que «yo tenía siete u ocho años. Mi padre era uno de los miles de seguidores que tenía Cascales, y lo defendía siempre a muerte, aunque no hiciera nada. Pero aquella tarde lo bordó. Yo no he visto en mi vida a un torero que cree tanta afición como Cascales». Relata Vera que «mucha gente se quedó fuera del coso, sin entrada. Mi padre me dijo nada más llegar a casa: Hijo, lo de hoy ha sido 'cascalazo'. Se refería siempre con esa expresión a que había toreado como los ángeles».

La crónica de 'La Verdad', titulada 'Cascales, otra vez el ídolo de la afición murciana', rezaba que «le sucedía a Cascales lo peor: que la gente empezaba a desconfiar de él. Y algo mucho peor: como si el torero también dudara de sí mismo (...). Apresurémonos a proclamar que Manolo triunfó plenamente en la corrida, y a los ojos de propios y extraños volvió a ser el que sus comienzos hacían pensar que fuera. El bache, que se da en todas las profesiones, se ha salvado brillantemente».

Las actuaciones de los seis astados no tuvieron desperdicio. En el primero de la tarde recibió una calurosa ovación, en el segundo cortó una oreja, al tercero le hizo un faenón de dos orejas y rabo con petición de una pata... La corrida siguió con un cuarto toro que estuvo a la defensiva. El quinto fue malo, y con el sexto Cascales estuvo apoteósico. «Manolo se fue hacia el toro con ganas de pelea (...). Estatuarios, parones, derechazos, tandas de naturales ligados con el de pecho, abaniqueos, pases citando de lejos, otros haciendo girar al toro en torno a su cuerpo. El público enloqueció (...), y ante el deseo unánime de la concurrencia, se le otorgaron al torero las orejas, el rabo y dos patas de su enemigo», destacaba la crónica de entonces.

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