'Insípido' y 'Desordenado' formaron el lío

Liria da un natural a 'Insípido', uno de los dos toros indultados en la misma tarde en 2006. / J. López
Liria da un natural a 'Insípido', uno de los dos toros indultados en la misma tarde en 2006. / J. López

Enrique Ponce y Pepín Liria indultaron dos toros de Zalduendo en septiembre de 2006, en una tarde histórica: «Todos los días no se ve una corrida como esta»

Juan Ruiz Palacios
JUAN RUIZ PALACIOS

Aún recuerda Juan José Soto, aficionado a los toros desde que era un chiquillo, la tarde del 11 de septiembre de 2006, en la que La Condomina hizo historia y se convirtió en la primera plaza de España en la que se indultaban dos toros. «La corrida era de Zalduendo, y toreaban Ponce, Liria y El Cid. Yo estaba en la fila cinco de sombra, debajo del palco, al lado de las escaleras. Esto me permitía estirar las piernas cada vez que me daba la gana. Lo que no sabía era que me iba a levantar tantas veces por lo que vieron mis ojos». Paloma -anís seco y agua fresca- en mano, este murciano presenció, al igual que las miles de personas que abarrotaron la plaza, dos faenas que quedarán para siempre en el recuerdo.

La corrida fue muy completa. El periodista de 'La Verdad' José María Galiana tituló la crónica del día siguiente 'Indultos a pares'. La tarde comenzó con alegría. Ponce cortó una oreja al primero, Liria consiguió dos trofeos en el segundo de la tarde y El Cid se alzó con un apéndice. El descanso llegó y los asistentes al festejo aprovecharon, como es tradicional, para disfrutar de la merienda. «El cuarto de la tarde, por nombre 'Desordenado', astracanado de morrillo, fue abanto de salida. Husmeó, escarbó y, de improviso, se fue al caballo sin ponerlo en suerte. Pegó un topazo, salió suelto y dio una voltereta. Se dolió en banderillas (...)», recogía la crónica de Galiana. «Ponce lo vio claro, brindó desde el corazón de la plaza y, al caer la montera boca abajo, escuchó una ovación unánime», añadía.

En aquel momento, el diestro valenciano comenzó una faena «con mucha torería y pundonor», recuerda el crítico murciano José Francisco Bayona. «Ponce terminó su faenón, y Liria estaba en el burladero congestionado y cabreado al ver el espectáculo que había formado el diestro de Chiva. Este, cuando llegó al callejón después de dar la vuelta al ruedo, le espetó a Liria: 'Tranquilo, eres capaz de cortar un rabo'».

Sonaron clarines y timbales. Y el torero murciano se fue cabizbajo a la puerta de chiqueros para saludar al quinto de la tarde, de nombre 'Insípido' y con 531 kilos, con una larga cambiada de rodillas, que calentó aún más al público. En el tercio de varas, el astado recibió un puyazo corto, acudiendo de lejos con alegría y encaste. La gente se dio cuenta de que el toro tenía mejores cualidades que el astado de Ponce. «Liria estuvo extraordinario con 'Insípido'. Fue muy generoso con el animal y la afición lo supo ver. Porque aquí en Murcia la gente no tiene complejos a la hora de disfrutar y premia al torero y al toro», cuenta Bayona.

El pintor ceheginero Nicolás de Maya dice que aquella tarde vio «al Pepín más puro, más artístico, que supo sacar lo mejor de sí y transmitió a los tendidos que llevaba por bandera la pasión y la inteligencia. Estuvo enorme». De hecho, el crítico taurino de 'La Verdad', Francisco Ojados, explica que «la gente era consciente de que había visto una tarde histórica. A mí me encantó Liria. 'Insípido fue mucho mejor toro que 'Desordenado'. Embestía más templado y fue increíble. Liria se hinchó a pegar pases».

«Es un tema polémico»

Diego Vera, periodista y aficionado a la tauromaquia, relata que «el tema de los indultos en Murcia siempre ha sido polémico. Los más puristas decían que los toros no habían ido dos veces al caballo, pero se cumplió el reglamento. Lo que no fue normal es que se le perdonara la vida a dos reses en una misma corrida». Añade que «lo bueno es que estuvieron de acuerdo los toreros, el ganadero, el público y el empresario. Se conjugó todo para que se viviera un espectáculo único, difícil de repetir, porque los toros acudían al toque, con fijeza, y se hicieron unas lidias extraordinarias».

Juan José Soto, que no paró de aplaudir y de levantarse de su asiento de la quinta fila de sombra, salió de la plaza emocionado. En la puerta grande se topó con el desaparecido Antonio Guillén Bravo, «un aficionado y amigo de los de verdad». «Nada más verme, me dijo: 'Nene, todos los días no se ve una tarde como esta'. Y llevaba razón», recuerda, emocionado, doce años después.

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