El desarrollo tecnológico eleva la formación del personal y las relaciones laborales duraderas

Zenón Guillén
ZENÓN GUILLÉN

El artículo 'De lechugas a coches (parte II): la complejidad de los productos exportados influye en la calidad del empleo', de las investigadoras Clàudia Canals y Judit Montoriol, incide en cómo el grado de sofisticación de un producto «aproxima el nivel tecnológico necesario para la producción» del mismo. De modo que «si el capital humano y el capital tecnológico se complementan uno a otro, cabría esperar que los procesos productivos más complejos requieran de un nivel de capital humano superior».

Al respecto, las empresas que producen bienes complejos «deberían incentivar las relaciones laborales duraderas». Además, tendría que ofrecer «contratos indefinidos a los trabajadores con un menor nivel educativo con el fin no solo de darles más alicientes al esfuerzo, sino también para dotarles de experiencia profesional, formación continuada y otros elementos clave en la acumulación de capital humano».

Y para corroborar esta hipótesis, en su estudio amplían el análisis para analizar la interacción entre la complejidad exportadora y el nivel educativo de los trabajadores. Así, se observa que las comunidades con un mayor índice de complejidad de las exportaciones (ICE) «suelen tener una tasa de temporalidad inferior, aunque esta relación negativa es más débil para los trabajadores con un nivel educativo superior».

En otras palabras, «los trabajadores de menor nivel educativo son los que salen más beneficiados, en términos de una menor temporalidad, de trabajar en sectores de actividad que producen bienes más complejos». En la misma línea, «los resultados de la regresión corroboran que, para los individuos con educación primaria o inferior, un aumento de la complejidad exportadora les reduce la probabilidad de temporalidad».