Intolerable para los ricos, llevadera para los pobres

Morgan. 'El ángel de la muerte' (1881)./
Morgan. 'El ángel de la muerte' (1881).

La literatura debe a Gracián su mejor aproximación a la figura de la Muerte, un personaje presente en todas las tradiciones

IÑAKI EZKERRA

«Vendrá la muerte y tendrá tus ojos...». Este inquietante y conocido verso de Cesare Pavese reúne dos rasgos que le ha atribuido tradicionalmente la literatura a lo que podemos llamar el retrato robot de la Parca como personaje de ficción: su carácter inexorable y su capacidad polimórfica. El patetismo de ese «vendrá» parece llevar implícita la fatal imposibilidad de esquivar su llegada, así como el «tendrá tus ojos» alude a su disposición natural para la mutación y la traición.

El mismo texto de Pavese juega a desconcertarnos abundando en ese tanático camaleonismo. En un principio, podría pensarse que se refiere a los propios ojos del poeta, por la intimidad que establece la composición con la vida cotidiana de aquél: «... esta muerte que nos acompaña/ desde el alba a la noche, insomne,/ sorda, como un viejo remordimiento/ o un absurdo defecto. Tus ojos/ serán una palabra inútil,/ un grito callado, un silencio». Pero tal posibilidad queda desmentida a continuación por la apelación al sexo femenino: «Así los ves cada mañana/ cuando sola te inclinas/ ante el espejo».

En ese momento del poema, el lector podría pensar que se refiere a los ojos de la actriz Constance Dowling, que lo rechazó por esa misma época y de la que -hoy se sabe- estaba detrás de esas palabras. Sin embargo, Pavese se dirige, acto seguido, a una destinataria un tanto más abstracta, como es la segunda de las virtudes teologales: «Oh, amada esperanza,/ aquel día sabremos, también,/ que eres la vida y eres la nada.» Gran parte de la dramática magia que tienen esos versos reside precisamente en la ambigüedad y el juego de espejos que sugieren. La muerte, tanto en la poesía como en la prosa, es transformista.

En un cuento del venezolano Quintero muestra sus dones para la ubicuidad y el transformismo

Don camaleónico y don de la sorpresa. Con esos dos letales atributos se presenta la muerte en 'Der Erlkönig', un célebre poema narrativo de Goethe traducido al castellano como 'El rey de los Elfos', que inspiró un lieder de Schubert y que relata el desesperado viaje a caballo de un padre que trata de librar al hijo que lleva en brazos de la muerte, mientras ésta se metamorfosea en una criatura sobrenatural, producto de la afiebrada imaginación del niño: «-Hijo mío, ¿por qué escondes asustado tu cara?/ -¿No ves, padre, al rey de los Elfos?/ ¿El rey de los Elfos con corona y manto?/ -Hijo mío, es la neblina.»

Insistiendo en su naturaleza implacable, Quevedo la evoca en uno de sus sonetos investida de sus cualidades más lúgubres y hostiles: «¿Qué imagen de la muerte rigurosa,/ qué sombra del infierno me maltrata?/ ¿Qué tirano cruel me sigue y mata/ con vengativa mano licenciosa?» Pero esos endecasílabos nacidos de la tenebrosidad barroca encuentran una perfecta antítesis en los alejandrinos románticos del poema 'Las dos buenas hermanas' de 'Las flores del mal', en el que Baudelaire canta el placentero travestismo de la Muerte estableciendo un paralelismo de truculentas dicotomías que van de la homologación de ésta con «la Orgía» como «dos amables chicas» al «burdel y la tumba» o al «féretro y la alcoba».

Ubicuidad y silencio

Si la muerte es atrevida, la poesía no lo es menos. La alcoba reaparece asociada a la mortecina dama en unos versos del poeta mexicano Xavier Villaurrutia, no ya en oposición al sepulcro y al adiós a los placeres carnales, como en los versos de Baudelaire, sino como espacio vital-mortal tomado por ella: «La muerte toma siempre la forma de la alcoba/ que nos contiene./ Es cóncava y oscura y tibia y silenciosa...». Profundizando más aún en esa omnipresencia física, espacial, matérica de la muerte, Neruda se plantea en el 'Libro de las preguntas' si «no será la muerte por fin/ Una cocina interminable?». La metáfora sugiere una suerte de panteísmo del Thánatos que se hace más explícito en su composición 'Solo la muerte' y que va asociado a aquel proverbial sigilo al que alude la copla manriqueña: «Cómo se viene la muerte/ tan callando...»: «A lo sonoro llega la muerte/ como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,/ llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo,/ llega a gritar sin boca». Unos versos más adelante, el poema culmina con la encarnación definitivamente antropomórfica de la muerte «vestida de almirante.»

En 'La muerte viaja a caballo', un breve relato del escritor venezolano Ednodio Quintero, un anciano que no desea morir reconoce desde su mirador al jinete que viene a llevárselo al otro mundo y le dispara con su escopeta. Cuando sus familiares se acercan para averiguar la identidad del cadáver, reconocen «el rostro sereno y sin vida del abuelo». La muerte demuestra en esta breve prosa, además de su naturaleza transformista, un don de la ubicuidad solo comparable al que le atribuye 'El último cuento', un microrrelato del escritor argentino Juan Carlos García Reig, que sería premonitorio de su inesperada despedida de la vida en 1999, con solo 38 años, y en el que la entrevista con un escritor se suspende con la defunción de éste, que a su vez confiesa estar escribiendo un cuento en que el autor dialoga con la Muerte, que lo sorprende en la mitad de una palabra.

«-¿Cuál palabra?/ -No lo sé, pero seguramente le va a faltar la última sílaba y el cuento quedará inconclu».

Siniestra dama

Pero donde el Thánatos aparece de modo más gráfico, como un ser de carne y hueso, sin someterse a ninguna metamorfosis pero mostrando una vertiginosa capacidad para desplazarse, es en el célebre y antiguo apólogo 'El gesto de la muerte' y en el que un sirviente se asusta tanto cuando se topa con la siniestra dama que decide huir a un destino lejano donde esta tenía previsto esperarle de antemano. Este relato de carácter moralizante ha tenido un amplio número de versiones a lo largo del tiempo. La más antigua se remonta a la tradición hebreo-talmúdica del siglo VI, pero ha conocido posteriores variantes en las culturas árabe, islámica, hindú y persa. En unas se trata de un jardinero y un príncipe. En otras, de un criado y un mercader. Jean Cocteau contribuyó a su difusión al recogerla en su novela 'La gran separación', publicada en 1923, y Bernardo Atxaga imitó el ejemplo al incluirla en su libro de cuentos 'Obabakoak', publicado en 1988. La moraleja de esa historia es la misma que la del 'Romance del enamorado y la muerte' de nuestro siglo XVI, en el que el galán se ocasiona la muerte cuando intenta huir de ella.

El mejor retrato

De todos los retratos que se han hecho de la muerte, el más acabado, el más completo, el más potente es, sin duda, el que nos brinda Baltasar Gracián en el penúltimo capítulo de su novela 'El criticón'. En esas páginas logra una deslumbrante síntesis entre la inspiración y el realismo más crudo. El gran acierto de aquel corrosivo jesuita reside en que la doble cara que le pinta a la muerte no es fruto de la fantasía, sino de la subjetividad de la propia condición humana que él conoce a fondo. Al retratar a la muerte con esas dos caras de un 'Jano moral' nos retrata a nosotros: «...era de flores la una mitad y la otra de espinas, la una de carne blanda y la otra de huesos; muy colorada aquélla y fresca, que parecía de cosas entreveradas de jazmines, muy seca y muy marchita ésta; con tal variedad que, al punto que la vieron, dijo Andrenio: -¡Qué cosa tan fea! Y Critilo: -¡Qué cosa tan bella! A los ricos les parece intolerable y a los pobres llevadera...». Y a ese retrato no le falta el humor: «La peor cuñada, la peor madrastra, la suegra de la vida...».

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