El humor como exorcismo

Memento mori. Talla en marfil del s. XVI./
Memento mori. Talla en marfil del s. XVI.

Negro, negrísimo, en España está presente en Gila y en películas de Berlanga y Alcoriza

JUAN BAS

Goethe, de quien se decía que era un engreído de trato poco agradable, al parecer tenía la asombrosa esperanza de que la Parca iba a hacer una excepción con alguien de su elevada talla por ser una bendición para la humanidad, a perdonarle por tanto la vida y dejarlo permanecer en el mundo eternamente. ¡Caramba!, hubiera dicho Baroja. En una reciente charla, Fernando Savater contó esta especie de megalomanía de Goethe y añadió, improvisando un buen gag propio de cuento o diálogo de Woody Allen, que no parecía desalentarlo el que hasta ahora las estadísticas con la muerte juegan en nuestra contra.

El miedo a la muerte supera incluso el que le tenemos al fisco. Hacer humor con la muerte y sus alrededores no creo que sirva de consuelo, pues no lo hay; la vida es una película que siempre tiene un desenlace triste: el chico o la chica mueren al final. Es ineludible, como la resaca. Goethe tampoco se salvó. Pero el humor con la muerte trata al menos de exorcizar un poco ese pavor supremo, como ha hecho con frecuencia el antes citado Woody Allen.

El humor sobre ese mal momento que hay que pasar se aborda desde distintas perspectivas. Suele decirse, por ejemplo, que la diferencia entre el humor negro británico y el español es que el primero se ríe de la muerte y el segundo del muerto. Así sucede en 'Los seres queridos', de Evelyn Waugh, o en la novela de Will Self 'Cómo viven los muertos', donde el Más Allá es una ciudad en la que continúas una vida más o menos normal. Humor hispano con los muertos se halla, negrísimo, en el humor gráfico de Gila de la época de 'Hermano Lobo' o en las películas '¡Vivan los novios!', de Berlanga con guion de Azcona, y la corrosiva 'Mecánica nacional', de Luis Alcoriza.

Y también está el humor del propio muerto en la tumba y el involuntario del que va a estarlo de inmediato. El de inscripción en la lápida: «Perdonen que no me levante», o las últimas palabras del poeta Paul Claudel, víctima de una indigestión. «¿Habrá sido por el salchichón?».

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