'Cristales míos', 83 años después

Una lectora disfruta con los versos de María Cegarra. A la izquierda, un retrato de la poetisa. / m. bueso
Una lectora disfruta con los versos de María Cegarra. A la izquierda, un retrato de la poetisa. / m. bueso

Ediciones Torremozas reedita, al cuidado de Fran Garcerá, el primer poemario de la autora unionense María Cegarra, que incorpora un interesante anexo fotográfico y versos inéditos

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Esto deseaba con ímpetu: «Quiero ser constelación. Asomar mis instantes de / la mano a las balsas del mundo, al puente roto de los / pensamientos, ver en la llama la luz, / negar la gravedad, / y crear para creer». Estos versos de María Cegarra (La Unión, 1899-Murcia, 1992) habitan en 'Cristales míos', su primer poemario, publicado en 1935. Mujer que hizo historia por ser la primera en España en ejercer como perito químico, su universo literario, en el que ciencia y poesía conviven de modo prodigioso, es de una singularidad y sencillez que conmueven. Relegada injustamente al olvido, si bien Pepa Merlo ya la reivindicó con entusiasmo en 'Peces en la tierra. Antología de mujeres poetas en torno a la Generación del 27' (2010), en la que conviven autoras como Concha Méndez, Rosa Chacel, Carmen Conde, Josefina de la Torre o Ernestina de Champourcin, Ediciones Torremozas ha tenido el acierto de reeditar 'Cristales míos', en una completa edición al cuidado de Fran Garcerá, que incluye un interesante anexo fotográfico y la incorporación de poemas inéditos.

A Miguel Hernández, de quien se especula que estuvo enamorada, dedicó un poema en 1979

María Cegarra siempre fue un ser distinto, atípico, misterioso en cuanto a sus anhelos y sentimientos más profundos; una mujer que tuvo que aprender a convivir con la soledad amorosa y que se alimentó durante sus 93 años de existencia del aire de La Unión, añorando con infinito desconsuelo a sus seres queridos y fraguando sin prisa alguna una obra poética extraordinaria. Así la recordaba, en sus años de colegiala -cursó sus primeros estudios en el Colegio-Asilo del Carmen, dirigido por religiosas carmelitas-, su compañera Natividad Paredes: «María era una niña espigada, hasta el punto que sobresalía, en la capilla del colegio, no solo de nosotras -sus compañeras de clase-, sino de las del curso inmediato superior; muy delgada, de ojos grandes y vivos -no vivarachos-, y mayores silencios -en los recreos, siempre estaba por algún rincón, sola o con otra del mismo estilo, o hablando con la monja-; rara vez jugaba con el grupo o en grupo, a lo más se la veía jugando a las tres en raya con otra compañera. En clase, nunca salía voluntaria; y cuando le preguntaban, contestaba bien y en pocas palabras. Nunca llevó 'cuentos' ni chismes de otra compañera. Siempre estaba dispuesta a ayudarte en cualquier duda de ortografía o de algún problema de aritmética».

Vicente Aleixandre le agradeció por carta el envío de un ejemplar de su obra

«Nacida en el seno de una familia cuya economía, como la de la mayoría de habitantes de aquella zona, dependía en gran parte de la complicada situación que atravesaba el sector minero», como recuerda Fran Garcerá en su introducción a esta bienvenida recuperación de 'Cristales míos', «María mostró ya desde sus primeros años un carácter reservado e introvertido, algo que no le impidió implicarse en actividades escolares extras. Así, por ejemplo, durante la fiesta de fin de curso de 1916 fue ella la encargada de pronunciar un discurso en representación de todas sus compañeras».

Siempre fue un ser distinto, misterioso en cuanto a sus anhelos y sentimientos más profundos

'Cristales míos' está dedicado a su hermano Andrés, «al hermano ausente, en su retiro de eternidad». Un hermano al que le envía a través de este poemario un mensaje estremecedor: «¡Cuánto tiempo que no oigo tu voz! / Por escucharte, canto. Por saber de ti, he inventado /este falso renacer». La propia poeta reconoció, pasados los años, que «después de morir Andrés, inmediatamente empecé yo a escribir. Antes no había hecho nada. Es posible que el haber elegido yo este camino de la literatura haya sido por prolongar la memoria de Andrés». «Está claro», explica Garcerá, «que el centro de su vida familiar durante la primera parte de su existencia giró en torno a la figura de su hermano mayor, quien durante su adolescencia comenzó a padecer una anquilosis degenerativa». «En torno a los veinte años», añade, «el avance de su enfermedad hizo que necesitara la asistencia de su familia en su día a día, sobre todo de sus hermanas Pepita y María». Así lo narraba ella: «Mi hermano estaba enfermo desde los 13 años, con una enfermedad oscura de dolores, que lo fue anquilosando lentamente, de tal forma que cuando llegó a la edad de hombre estaba inmóvil... Escribió varios libros e incluso tuvo una editorial, y luego, cuando quedó imposibilitado de brazos, siguió desarrollando esta labor, nos la dictaba, a mis padres, a mis hermanos, a mí... Y yo era una de sus amanuenses». Sí, a cuya memoria se entregó hasta el último día de su vida, que alcanzó una vejez por la que transitó lúcida y con el corazón herido de ausencias y recuerdos.

'Cristales míos' está dedicado a Andrés, «al hermano ausente, en su retiro de eternidad»

«La enfermedad no solo le impidió la movilidad y el cumplimiento de algunos de sus objetivos laborales -tras sus estudios de Magisterio deseaba estudiar Filología en la Universidad de Murcia-», precisa el estudioso de la obra de María Cegarra, «sino que también le producía fuertes dolores, lo que dejó una profunda huella en la poeta». En una entrevista para 'La Verdad' con el periodista García Martínez, fechada en 1978, mostró su admiración por el hermano cuya enfermedad también condicionó su presente y el modo de concebir su futuro: «Nunca perdió la alegría. A veces estaba muy violento, porque había que moverlo y se quejaba. Si no lo movíamos, no le dolía. Nosotras éramos jóvenes... no sé... Yo trataba de llenarle la vida de alegría, de cosas, de arreglarlo, de besarlo. Jamás le dijo a nadie de esta casa 'qué molesto estoy'. A nosotras nos decía: '¿Para cuándo crees que estaré bueno?'. Y nosotras contestábamos: 'Para el día 20 del mes que viene'. Cuando llegaba esa fecha: '¡Pero, hombre, si estoy igual!'. Y nosotras: 'Pues... para el próximo mes'. Hasta que dejó de preguntarnos». Tiene razón Garcerá: «Ella fue la mano de su hermano cuando las de este no pudieron corresponder a su gran afán cultural y literario. Escritor e intelectual comprometido, la culminación de todas sus inquietudes fue la fundación de la Editorial Levante en 1919, que logró acoger y visibilizar a la juventud creadora de la Región de Murcia».

Tras su muerte en 1928, su hermana «recogió su testigo literario, actividad a que habría de sumar su labor como perito químico». En la casa familiar, en la Calle de Bailén número 10, llegó a tener su propio laboratorio; incluso llegó a patentar un cemento químico al que llamó Konglutina. «La conjunción de la química con la poesía en mi vida es un estado de gracia. La química es la poesía de Dios. El artista es un lujo que otorga Dios», pensaba la poeta. Es un hecho que «gracias a las tertulias literarias que mantuvo Andrés Cegarra en su casa, su hermana María disfrutó de la amistad de algunos de los escritores e intelectuales más destacados de su entorno». «Entre estos», precisa Garcerá, «aquellos que incidirán de una manera más destacada en su devenir literario fueron Carmen Conde, quien pasó a convertirse en su mentora y confidente, y, en menor medida, su marido, Antonio Oliver». A la que años después haría también historia convirtiéndose en académica de la Lengua, enviaba María Cegarra sus primeros escritos. En 1932, ya pueden encontrarse algunos de sus poemas publicados en 'La Verdad' bajo el título genérico de 'Cristales', algunos de los cuales serían incluidos en 'Cristales míos'.

Desconcertada

Garcerá no duda de que «su relación con Carmen Conde, fundadora junto a su marido de la Universidad Popular de Cartagena, fruto de la eclosión cultural que supuso la llegada de la II República, se convirtió en aquel tiempo en una verdadera amistad personal y literaria, si bien en 1933 aconteció algo que dejó a María Cegarra desconcertada. «Ambas tenían sendos poemarios listos para su publicación», cuenta Garcerá. «Para Conde», prosigue, «sería su segundo libro: 'Júbilos. Poemas de niños, rosas, animales, máquinas y vientos'. En el caso de la unionense se trataba de su primera obra, 'Cristales míos'». «Con motivo de una entrevista de Carmen Conde con la también poeta Gabriela Mistral», prosigue explicando, «que en ese momento se encontraba en Madrid como cónsul de Chile en España, María Cegarra le solicitó a su amiga que intercediera por ella para que la chilena prologase su libro. Incluso, llegó a escribirle una carta a esta anunciándole su deseo y la inminente intercesión de Carmen Conde». La carta la fechó el 1 de septiembre de 1933: «Un saludo de bienvenida con mi admiración de siempre. Y mi deseo de que prologue usted mi primer libro de poemas. Si me autoriza le remitiré el original. Carmen Conde, en su próximo viaje a Madrid, lleva una visita mía; ella le dirá a usted todo cuanto yo silencio. Devotamente, María Cegarra Salcedo». ¿Qué ocurrió entonces? Pues que, «no obstante, tras la reunión con Gabriela Mistral, fue Carmen Conde la que obtuvo el ansiado prólogo para su obra y no María Cegarra, lo que sumió a la unionense en un recogimiento espiritual y cultural producto de su estupefacción».

Otra de las personas a las que conoció María Cegarra en esta época fue al poeta oriholano Miguel Hernández, el autor de 'Menos tu vientre' y otras maravillas. Ambos se vieron por primera vez en Orihula, en el marco de un homenaje a Gabriel Miró que se celebró en octubre de 1932. Tres años después, en verano, el poeta visitó a María Cegarra en La Unión y, apenas transcurridos unos días del encuentro, le mandó la primera de las tres cartas que ella conservó siempre. Las cartas, fechadas entre los primeros días de septiembre y los primeros de noviembre de 1935, son propiedad, junto a otros destacados materiales del archivo de la poeta, de la Diputación Provincial de Alicante.

«De este último encuentro», enumera Garcerá, «él se llevó a Madrid el recuerdo de algunos paseos con la poeta, un nardo en la chaqueta que ella misma le había regalado, dos mendrugos de minerales y, lo más importante, algunos ejemplares de su libro, ya publicado, para repartirlos entre sus amistades de Madrid». Vicente Aleixandre, Premio Nobel de Literatura en 1977, llegó a enviarle una carta a La Unión, el 5 de diciembre de 1935, para agradecerle su ejemplar: «Amiga mía: Miguel Hernández me ha entregado su libro 'Cristales míos' a mi regreso a Madrid. Lo he leído con atención y gusto y quiero escribirle para agradecérselo y enviarle desde aquí y sobre él un saludo amistoso a esa Unión donde vive. La ternura de su libro, como temblor contenido y transparente me llegan enseguida y me hacen participar de su emoción humana, no por recogida menos visible, con una poesía que siendo muy femenina es muy firme, y a veces casi materna. Por todo él le envío mi enhorabuena, las gracias por su dedicatoria, y con todo, el saludo de su nuevo amigo, Vicente Aleixandre».

A nadie escapa que, sobre todo llegada ya a la vejez María Cegarra, se insistió en la idea de que en su día se produjo un enamoramiento entre ella y Miguel Hernández, a quien le dedicó el poema 'Presencia de Miguel' (1979). Un enamoramiento en el que no cree el escritor y ensayista José Luis Ferris: «María no acudió nunca a su llamada ni demostró en aquel momento mayor interés por él, cortando así una relación en la que Hernández había puesto enormes ilusiones. No obstante, si nos ajustamos a los diversos testimonios aportados por María Cegarra poco antes de su fallecimiento en 1993, podremos llegar a la conclusión de que la muchacha, de haber experimentado algo especial por el oriholano, no fue más profundo que lo que sentía por su amiga Carmen Conde, y, desde luego, no alcanzó la entidad suficiente como para vencer los obstáculos que entrañaban sus responsabilidades familiares y su escaso amor por el riesgo». No opina igual que José Luis Ferris, según argumentó en sus tesis doctoral 'La obra literaria de María Cegarra en su entorno vital' (2015), María Rosa Peñalva, para quien «María Cegarra estuvo siempre enamorada» de Miguel Hernández, «aunque fuera de forma platónica si se quiere». Explica Peñalva en su trabajo académico «cómo la autora no es explícita sobre esta relación durante su etapa de juventud y mientras vivió Miguel Hernández. Pero su actitud cambio en su etapa de senectud, ya desinhibida por la edad y también por la larga ausencia y lejanía de la figura del poeta».

Junto a las minas

Seis años después de que el cantaor Pencho Cros se partiera el alma cantando, en el funeral de su amiga María Cegarra, fallecida en marzo de 1993, los versos «Me moriré en La Unión, junto a las minas, / con un rumor de mar a mi costado», salió a la luz el poemario póstumo de la autora de 'Cristales míos' y otras obras como 'Desvarío y fórmulas', una de las voces poéticas más intensas y atemporales de las letras murcianas. Escrito desde el dolor, en homenaje a su hermana Pepita, que con su fallecimiento la dejó sumida «para siempre» en la soledad, 'Poemas para un silencio' fue publicado, en una tirada de extrema humildad, por la editorial Aguaclara. «Sin que me llames, / respondo. / Sin que me hables, / contesto. / Sin que llegues, / tu presencia siento.../ cercana tú, intensa, palpipante. / Todo es / como andar un camino / sin luz / que en la boca de un pozo /terminara. / Cierro los ojos. / Apago el corazón. / Salta el alma con su verdad gloriosa, /amparándome», dicen los versos del poema titulado 'Encuentro', en los que la autora deja patente el anhelo de la presencia de la hermana muerta. Un anhelo que la conduce a traspasar los límites de lo real para aliviar su dolor desde el estado de quien sueña. Sueño para sobrevivir mientras llega el encuentro eterno con sus familiares.

La autora -a quien se debe también el poemario 'Cada día conmigo', incluido en la 'Poesía Completa' de María Cegarra, que en edición de Santiago Delgado publicó la Editora Regional de Murcia en 1986-, reconoce abiertamente su pesar, próximos ya los días de su propia partida de este mundo, que para ella equivalía prácticamente a La Unión, por el estado de desamparo en que quedó una vez que Pepita partió antes que ella. En 'Insistencia', escribe: «No puedo huir de tu recuerdo. / Tu voz y tu mirada alcanzó. /Palpitan cerca, / me empujan a soñarte». 'Poemas para un silencio', cuya autora no merece la falta de atención ya enquistada que pone en entredicho la sensibilidad de las autoridades culturales de la Región en la que vivió y creó toda su vida, comenzó a circular con cuentagotas y sin publicidad alguna, casi como si de la obra de un poeta incipiente se tratase. Publicado en la editorial alicantina Aguaclara, en la edición de un libro de apenas ochenta páginas tuvieron que colaborar, para que por fin estuviese en la calle, el ayuntamiento de La Unión, el Servicio de Publicaciones de la UMU y la Real Academia Alfonso X el Sabio. La edición estuvo coordinada por Juan Luis López Precioso.

de las esquinas sombrías. (De 'Cristales míos')

En 'Poemas para un silencio', María Cegarra, para quien hablar de sí misma siempre le costó un tremendo trabajo -«¿Qué interés puede tener mi persona?», me dijo tajante y convencida en una de las últimas entrevistas de su vida, que tuvo lugar en su casa/lugar de peregrinación de poetas de La Unión-, dejó muy claro en vida el motivo de inspiración de sus últimos poemas: «Hace ahora cuatro años que murió [su hermana] y no puedo dejar de pensar en ella. Hay días en los que amanezco y me sale el poema enseguida. Puede que algunos de los poemas sean disparatados, no sé; tengo que meditar muchísimo». Su poemario final es fruto de una experiencia crucial en sus últimos años de vida: la soledad. Así se lo escuché decir: «Me dejó ya sola para siempre». A la pregunta de si estos últimos poemas eran los mejores que había escrito, respondió sin vacilar: «Sí son los más sentidos y los más amados». Está clara la entrega poética en versos como los que hacen posible 'Nadie': «Me falta / tu potencia del alma abierta / a todos los vuelos y sosiegos. / Tu humildad, sencillez, / color y confianza. / Esta desolación trae un tiempo que ahoga, / aturde, desconcierta. /Su vacío las ilusiones borra, / sin caminos me deja. /Y he de seguir en compañía de nadie. /¿Nadie es más que nada?». Poemas más allá de la muerte (intensos, vivos).

 

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