El reinado de Witiza

Jerónimo Tristante muestra al lector la cara oculta de los más poderosos

JOSÉ BELMONTE

He conocido a pocos escritores que lo tengan tan claro como Jerónimo Tristante. A él y a otros cuantos, no muchos, cuyos nombres me reservo por amistad y por respeto. Esta gente, que hace de la libertad creativa su bandera, es, casi siempre, a la que más atacan no lo lectores, ni siquiera la crítica más exigente, sino sus propios compañeros de oficio, que no admiten que uno pueda escribir y pasárselo bien.

'Secretos', la nueva obra de Tristante, que lleva la vitola de haber conseguido la XII edición del Premio Logroño de Narrativa, cuyo jurado estaba compuesto, entre otros, por mis dos excelente amigos Luis Alberto de Cuenca y Ángel Basanta, dos auténticos exquisitos de la literatura y sabios por añadidura, es uno de esos libros en el que se aprecia que su autor se ha divertido de lo lindo. Conviene decir, no obstante, que no por ello baja la guardia, puesto que, a la larga, el libro -este y muchos de los anteriores- termina dejando un poso de inquietud porque buena parte de los hechos que ahí se cuentan podrían ser reales. Tanto es así, que, para evitar malentendidos, pleitos y futuras querellas, el inventor de Víctor Ros recurre a la socorrida leyenda preliminar en la que se advierte por escrito que la novela es solo producto de la imaginación del autor, por lo que cualquier parecido con la realidad, etc.

Tristante no es Malcolm Lowry, ni Thomas Wolfe, ni Milan Kundera, ni Ismail Kadaré, ni Thomas Bernhard. No lo es, cierto. Ni aspira a ello. Tiene sus modelos, que van desde Conan Doyle a Wilkie Collins, pasando por Pérez-Reverte y Vázquez Montalbán, que se perciben con suma facilidad, pero, a la postre, cada línea que escribe, cada historia que inventa, cada personaje al que da vida, es suyo y de ningún otro; lleva el sello inconfundible de su autor. Y eso se agradece en un mundo literario repleto de mixturas, en donde importa más el retrato que el original.

«Como es habitual en él, maneja a la perfección las técnicas del folletín. Para qué más. El efecto es inmediato»

Los ricos, también

'Secretos' goza de una trama vibrante, vertiginosa, desde la primera a la última página. Le puede suceder a cualquiera. No somos conscientes del todo de lo comprometido que puede llegar a ser que se sepa lo que cada uno de nosotros escondemos en el armario. Y quien tiene la información, ya se sabe, tiene el poder. El planteamiento de esta nueva historia de Tristante es relativamente sencillo, sin grandes complejidades estructurales ni lingüísticas. Es decir, una mala muy mala, como tiene que ser, y unos cuantos personajes que dan vueltas a su alrededor y que, al principio, viven como Alicia en el país de las maravillas, ajenos a la realidad, gozosos de su egoísmo, de su hipocresía. Y ahí, precisamente, radica la primera lección de Jerónimo Tristante, como ya sucedió con la novela policiaca durante la transición española: el lector debe estar muy atento porque el argumento, trenzado como una auténtica tela de araña, podría impedirle ver el resto del bosque, y que no es otra cosa que una dura y severa crítica social contra ciertos modos de vida. Los ricos también lloran. Son los que más tienen que perder. Por eso el lector, en ocasiones, se siente solidario con la mala, como si fuera una enviada de dios para darles unos cuantos mandobles a los mercaderes del templo.

La heroína de la novela

La obra, como ya sucedió en uno de sus relatos más memorables, '1969', está ambientada en la Murcia actual, aunque, que uno recuerde, el nombre de la ciudad no aparezca por ninguna parte. Pero ahí está su arteria peatonal más conocida, la Trapería, que es una especie de salón de pasos perdidos, y sus conocidas plazas de Belluga y Santo Domingo. Echar mano de un espacio que nos resulta familiar y en una época como la presente entraña sus peligros. No van a faltar los lectores que quieran ponerle rostro a ese empresario de la novela, Augusto Baños, que, a base de pasta, con sus influencias, es capaz de poner y de quitar presidentes del gobierno en la comunidad. Y muchos pijos y pijas, así como ciertos miembros de la Iglesia, que tienen, a buen seguro, su referente en la realidad, y también sus muchas trampas que les proporcionan buenos réditos y que tratan de ocultar a toda costa. Hasta que aparece Helen, la mujer perversa, la mala, que, como no podía ser de otra manera, tiene un pasado oscuro y tormentoso, como el reinado de Witiza.

En la obra, repleta de personajes de mucha consistencia y enjundia (como el Lolo -¿el mismo Lolo de '1969'?-, chapero y guapo que se trajina a los poderosos que solo piensan con el pito, o Blas López, el cirujano que tiene la mala costumbre de empolvarse la nariz de una sustancia del color de la nieve), despunta Ana Velázquez, que se erige, a su manera, en la detective del caso, la heroína capaz de desentrañar todo el misterio.

'Secretos', que lleva la inequívoca marca de la casa de donde procede, está escrita con el lenguaje adecuado para la ocasión: frases cortas, diálogos muy vivos, sustanciosos y dinámicos, descripciones breves pero certeras... Y por si todo eso fuera poco, Tristante, como es habitual en él, maneja a la perfección las técnicas del folletín. Para qué más. El efecto es inmediato. Parece como si asistiéramos a una sesión de cine en la que película se nos hubiera hecho corta. Y esa circunstancia, en literatura, dejar con hambre al lector, es un mérito al alcance de sólo unos pocos.