Carmen Martín Gaite o el realismo fantástico

La escritora salmantina Carmen Martín Gaite. / efe
La escritora salmantina Carmen Martín Gaite. / efe

Dieciocho años después de su muerte, Siruela recupera la novela que la escritora salmantina dejó inacabada y que narra la infancia mágica, entre Segovia y Madrid, de su protagonista

IÑAKI EZKERRA

La generación narrativa del 50 fue la primera que rompió en España con la cultura ideológica anterior a la Guerra Civil. Pese a que algunos de sus poetas estaban fuertemente ideologizados, su espíritu contestatario conectaba ya con una nueva mentalidad y era más socio-cultural que político aunque sintonizara con la oposición al régimen. Sus propias escritoras ya eran mujeres modernas, cultas, la mayoría universitarias que no respondían al rol conservador y que tenían compañeros que las trataban como a iguales, con los que compartían el oficio literario o las mismas inquietudes. Quizá por la inseguridad y el vértigo ante esa ruptura con la generación de sus madres y con un contexto franquista que trataba de ignorar tales cambios, se repite en varias de ellas el llamativo contraste entre una literatura realista y un apego a los recuerdos o las fantasías de la infancia, que puede interpretarse como una contradicción e incluso como una regresión.

Sin llegar al infantilismo teatral de Gloria Fuertes, Carmen Laforet y Josefina Aldecoa prestan una gran atención a la niñez en muchas de sus páginas y son casos especialmente representativos de esa pulsión la Ana María Matute de 'Olvidado rey Gudú' o la Carmen Martín Gaite que, tanto para narrar como para reflexionar, vuelve una y otra vez a las referencias de la niñez en 'Caperucita en Manhattan' o en 'El cuento de nunca acabar'. De esas referencias no está, en absoluto, libre 'Los parentescos', la novela que esta última dejó inacabada a su muerte, el 23 de julio de 2000, y que, tras la edición que tuvo al año siguiente, es ahora recuperada por el sello editorial Siruela con un nuevo prólogo del profesor José Teruel, que es quien dirige actualmente la edición de las obras completas de la escritora y ya se ocupó de otras ediciones póstumas de esta, como la de los artículos reunidos en 'Tirando del hilo' (2008) o la del volumen 'Correspondencia' (2011) que recoge las cartas que se intercambió con Juan Benet.

Raya invisible

'Los parentescos' es una novela que responde de manera ortodoxa a esa inclinación regresiva de las autoras de la generación del medio siglo y en la que la infancia va a tener, en efecto, un papel omnisciente no solo porque su héroe sea un niño sino porque a menudo no resulta nada nítida la línea que separa los hechos reales de los que surgen de la calenturienta imaginación de este. Dicha línea alcanza incluso una formulación casi teórica y totalmente explícita en una 'raya invisible' que dicho protagonista tiene prohibido pisar. El nombre de ese niño, que cumple al mismo tiempo la función de narrador en primera persona, es Baltasar (o Balta, o Baltita) y su salida a escena en la primera página es un eficaz gancho narrativo: «Cuando mis padres se casaron, yo tenía ocho años para nueve...».

Baltita vive con tres hijos que su madre tuvo de una relación anterior (Lola, Pedro y Máximo) y a esa frase que abre el libro le sigue la oposición que muestra su hermanastra a la boda que va a celebrarse. El carácter problemático de esos nexos familiares se traduce en una mezcla de curiosidad y desconcierto que el personaje central experimenta en la primera etapa de su vida y en el hecho de que no empieza a hablar hasta la edad de cuatro años. Ese mismo acontecimiento viene marcado por una vivencia directamente relacionada con la fantasía. Uno de sus hermanastros lo lleva a una espectáculo de títeres en el que una libélula benéfica penetra en el interior de un gigante y lo transforma.

El texto está no ya salpicado sino constituido por una larga serie de sucesos mágicos que reemplazan a las experiencias con las que una escritura puramente realista ilustraría el clásico proceso hacia la madurez de una convencional 'novela de formación'. A esa fantástica 'raya invisible', que es impuesta por Olalla -una niña que aparece y desaparece de forma física y que representa para Baltita su primer amor- se añaden unos misteriosos vecinos o la fantasmagoría de las casas grandes que la familia va habitando durante su época en Segovia, que es la que ocupa las 156 páginas de la primera parte del libro y la que da cuerpo a este porque, de la segunda parte, en la que la familia se traslada a Madrid, la autora solo llegó a escribir 42 páginas que se reparten en cinco capítulos. Y a toda esa imaginería lindante con los cuentos de hadas, se suman las historias que le cuenta a Baltasar la criada Fuencisla y que responden a esa tesis conocida de Carmen Martín Gaite según la cual la pasión narrativa nace de la oralidad.

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