Pedro Cano, la vida en blanco y negro

Pedro Cano. /Enrique martínez bueso
Pedro Cano. / Enrique martínez bueso

El pintor de Blanca inaugura 'Siete', una exposición a la que lleva años entregado, el próximo viernes en Verónicas

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Imagínese a Pedro Cano (Blanca, 1944), que el próximo viernes inaugura en la sala murciana de Verónicas su exposición 'Siete', junto a usted. Mitad silencio, mitad esa voz suya de entusiasta viajero del arte que te contagia la admiración por la pintura, por la belleza del mundo en volandas, por el misterio esquivo de la vida; esa misma voz que, de pronto, frena en seco y deja paso a un lamento que brota de lo más hondo: el lamento que lleva sobre sus espaldas, o abrazados a él, los dolores y las tragedias que el pintor ha ido también contemplando a lo largo de sus viajes, aventuras y recorrido vital, y que han terminado quedándosele adheridos de algún modo enigmático en el alma. Y ya no le abandonan nunca. Como no le han permitido olvidarse de ellas unas imágenes de carne y hueso que, en el verano de 1991, le impactaron de un modo tal que algo se quebró en su ser más profundo, dejándole abierta una herida que se alimenta con cada una de las injusticias que contempla, con cada atrocidad que le violenta y le interroga, con cada nuevo ahogado, mientras perseguía la ilusión de una vida más digna, en ese cementerio marino en nada parecido al que cantó en sus versos Paul Valéry en que se ha convertido el Mediterráneo. En agosto de ese año, un contigente de diez mil refugiados albaneses, desesperados, arribó al puerto italiano de Bari a bordo de la motonave Vlora. Pedro Cano, sobrecogido por las deplorables condiciones en las que llegaron a una tierra donde no se les esperaba en absoluto con los brazos abiertos, pintó unas escenas terribles en unos papeles, que todavía parecen temblar cuando los admiras entre tus manos, en los que se encuentra el germen de 'Siete'.

Ahora, pasados tantos años, delante de nosotros está el tríptico 'Interior', de un misterio abrumador, bellísimo como lo es un desmayo cuando te libera de un dolor extremo y te salva la vida. Interior con cuerpo desnudo de mujer. Uno y todos los cuerpos de mujer...; ahí están reflejados, admirados, todos los cuerpos que aman y padecen, enloquecen, huyen, abrazan, se odian, se miman, se retan. Mi cuerpo te dejo, mi cuerpo te doy.

El interior de un sueño, de unas ruinas, de una casa que quién sabe las carcajadas que acogió en los días de celebración, o cuántos recién nacidos llenaron de llantos sus estancias... Nuestra memoria está habitada por las brumas. Las brumas no dejan ver la herida. Fuera de ti, fuera de esta calle estrecha, de esta casa deshabitada o apenas habitada por el recuerdo de lo que un día fuiste, la vida prosigue su paseo.

«Yo no sé hacer otra cosa que pintar», dice Cano, que ofrece una exposición que no oculta su vocación de grito mudo, su temblor ante tanta injusticia

Pedro Cano se ha imaginado muchas veces adentrándose, de manera casual o intencionadamente, en una casa deshabitada. Sí, eso es, y así, una vez atravesado el umbral tras el cual un día existían allí la pasión y la furia, «sentir los propios pasos e imaginarte que no son tuyos, que alguien deambula entre el corredor y las ventanas que dan al patio central». Lo escucho contar esta historia, en mitad de una luz apacible que se ha acomodado junto a ambos en esta estancia maravillosa que es su estudio de Blanca. «Una mujer sale de una habitación. Está sola o, al menos, si está acompañada esa compañía forma parte de su vida. Empieza a amanecer...», relata. Y continúa volando su imaginación: «No podemos averiguar en qué estación del año se desarrolla este momento. Aunque haga frío está desnuda, pero no le importa el contacto con el aire que la acaricia». Pero eso no parece importarle a la mujer del cuadro, a la mujer que nos llama desde dentro de esas sombras, y que tan solo está arropada por «la débil luz que entra a través de las hendiduras de las persianas que la protegen». No sabemos de qué se protege, desconocemos sus secretos, pero quisiéramos saber de ella, poder escucharla, preguntarle si necesita algo. Saber que está bien, eso es.

'Carga'. Uno de los trípticos más impresionantes pintados por Pedro Cano, un homenaje-denuncia que pone la mirada sobre la terrible situación que golpea a miles de refugiados.

No es cómoda de ver esta exposición de Pedro Cano, 'Siete'. No es amable, no rema a favor de dejarse arrastrar por las obras hacia el territorio del puro placer estético sin más. No, no encierran las obras aquí expuestas, a modo de una sagrada procesión de hombres y mujeres dignísimos, con sus cruces del siglo XXI a cuestas, un bullicio de lavanda recién cortada, ni un desfilar de riachuelos de agua fresca, ni un baile de domingo en el que se aman los jóvenes, y las calles y plazas se llenan de besos, deseo y repicar de campanas en favor del gozo.

Los protagonistas de las obras «solo poseen el deseo de vivir en un mundo mejor del que han dejado atrás»

Estamos ante una exposición que no oculta su vocación de grito mudo, su temblor ante tanta injusticia, su malestar profundo, su denuncia sincera y honesta, las lágrimas reprimidas, la incomprensión...; no es tan raro que el desasosiego también se apodere del espectador, ni que cobre fuerza el anhelo de escapar de la sala, confundirte de nuevo entre la gente, el ajetreo del mercado, los saludos a los conocidos, las pequeñas rutinas cotidianas.

Fíjese, ahí está el tríptico 'Espera'. Infinita, una espera espesa, sin ningún final feliz garantizado. Una espera de sinsabores que se asemeja a una lluvia pertinaz que nos baña la cara sin traernos de paso alguna buena nueva. No estamos sobrados de buenas noticias. Y las que se van conociendo siembran el pánico. No tiene tampoco razón el poeta Dylan Thomas, y bajo las ondulaciones del mar, ateridos de frío, los que yacen tendidos morirán aterrados. Es el pan nuestro de cada día, los ahogados que jamás alcanzarán la gloria de esa nueva vida que perseguían.

Final del viaje

Pedro Cano mira a sus propios personajes, a los que ha dotado de vida y de una realidad que parece moverse inquieta en los cuadros. «Todavía no han podido llegar donde se dirigen, aunque a veces el final del viaje no viene indicado en el billete, porque no llevan billete ni equipaje», explica el pintor refiriéndose a ellos, como si los conociese bien, como si fuesen carne de su carne occidental y privilegiada, como si le doliese su futuro enterrado, la tormenta violenta que se cierne sobre legiones de desplazados, hambrientos, perseguidos, repudiados.... «Solo poseen el deseo de vivir en un mundo mejor del que han dejado atrás», añade. La experiencia es impagable: la pintura hecha carne, convertida en puerta abierta por la que se cuelan la conciencia, la humanidad, la piedad o la sinrazón.

«Porque tengo conciencia de que me queda un tiempo limitado, corto, intento no perderlo»

-«¿Los ve?», me pregunta.

Nuestros prójimos pintados en 'Salto' están dispuestos a asumir riesgos, a jugarse la vida, a dejar de ser. Que el precipicio sea su última morada puede que sea mejor que fallecer día a día. Que quede la nada detrás, el desvarío, que queden detrás las coronas de espinas, las hogueras apagadas, la sequía en los campos y en las palmas de las manos, los fusiles ensangrentados...; y llegan dispuestos a dejarse querer por una nueva oportunidad que les ofrezca la vida, dispuestos a cambiar puñal por flor, amargura por agua de coral.

Saltos a vallas. Cruzar con pánico las fronteras. Golpes. Rechazo. Noche oscura del alma, aterrada. «Lo tienen muy difícil», lamenta Pedro Cano, «pero el riesgo se impone a la miseria dejada atrás».

Hacemos un pausa. Respiramos el aire que baja a saltos desde los cerros y que trae noticias de última hora del fluir del río y de las primeras floraciones. Escuchamos el elegante caminar de los gatos por los tejados. Notas el desfile de la sangre por tus venas. Estás vivo. Hay gente que te quiere. Tienes sueños por cumplir.

«A veces nos lamentamos por la carga cotidiana que nos da la vida», indica el pintor. «Otras personas cargan con fardos humanos que transportan a lugares supuestamente más seguros», me dice señalando a su tríptico 'Carga'. Una obra demoledora. Ya no se escuchan las pisadas felinas juguetonas, y vuelve tu corazón a encogerse. Sonríe Pedro Cano. Su sonrisa acoge la esperanza en un futuro mejor, pese a todo. Su sonrisa se expande por los huertos a través de las cristaleras y de los espejismos que dibujan los rayos del sol: «Me gusta que exista esa solidaridad y ese heroísmo que día a día se repiten en lugares que hasta hace poco eran escenarios de cotidianidad y equilibrio». La guerra es que lo destroza todo, empezando por la fe en nuestros semejantes.

«La pintura ha hecho que no me sienta desamparado»

Pedro Cano me cuenta una historia. Ahora contemplamos el tríptico 'Trabajo'. Me la cuenta en susurros, como para no molestar al azul del cielo que nos reconforta. «Me dijo un joven santón indio, en la ciudad rosa de Jaipur, que para ser feliz tenía que seguir tres de sus consejos».

-«Me interesa mucho esta historia, ¿qué tres consejos?», le pregunto.

-El último fue trabajar hasta que tu cuerpo lo soporte. Aparentemente, ciertos oficios no conllevan grandes esfuerzos físicos, pero es un gran desafío afrontar día tras día, con ilusión, el pedazo de mundo que tenemos delante y que intentamos remendar o dibujar con nuestras manos.

Pedro Cano ha pintado en blanco y negro una exposición hermosa. Necesaria. Un informativo incendiario. Un golpe fiero a las conciencias. Una muestra donde la palabra 'Juego' cobra nuevos sentidos, y las bicicletas que nos muestra son un himno a la infancia, la vida sencilla, el mejor cine italiano: De Sica, Pasolini, Rossellini... «Sobre todo a la rueda, que tanta importancia ha tenido para la Humanidad, he querido dedicar este tríptico, 'Bicicletas'», precisa el artista.

'Siete' te conmueve. Te hiela. Vemos a nuestros semejantes acorralados como animales salvajes, castigados injustamente por el destino a pagar con su propia vida el hecho de haber nacido en el lugar erróneo. Rodeados de una especie de jaula invisible, de criptas laicas donde esperar el fin...; lanzados como náufragos sobre irrespirables islas desiertas en mitad del bullicio de nuestras sociedades digitalizadas. Los hay que están solos, encerrados en una existencia sin futuro, abandonados, muertos de amor y de miedo, derrotados...; también ha pintado Pedro Cano, con una sencillez magistral, el coraje, la solidaridad, la bendición que supone que te ofrezcan una mano amigable.

Desnuda de boatos

No, no es fácil de ver esta exposición que ha llegado hasta nosotros como un milagro: desnuda de boatos. Verónicas -gestionada por la Consejería de Cultura, que organiza la exposición-, se ha convertido en un altar contemporáneo donde se han ido acumulando los sueños rotos, los desengaños y una poderosa sensación de vértigo. Porque aquí, ahora, lo que nos ofrece Pedro Cano es una historia pintada, una historia sentida, una historia que va calando en el espectador como la arena de un reloj que, al final, te deja desarmado. Es una exposición cruda y poética al mismo tiempo, inagotable, cargada de una humanidad que sobrecoge y te golpea, por igual, estómago y cerebro. Un disparo, una flecha de fuego.

'Interior'. Uno de los trípticos de la exposición 'Siete', que el próximo viernes 17 se inaugura en la sala murciana de 'Verónicas', que gestiona la Consejería de Cultura.

Cano consigue con sus palabras que me traslade de inmediato a una isla griega. En ese espacio maravilloso, él pintaba a contraluz en una tarde irrepetible. Acababa de cesar de llover, «goteaba el cielo y daba la impresión de que la montaña se hundía en el mar. Parecía que se había terminado el mundo conocido y que asistía al nacimiento de un mundo nuevo». Lo recuerda feliz por el privilegio de «haber podido estar allí, con mi cuaderno, para traerme conmigo toda aquella belleza». Le pido que me lo muestre cuando regresemos. Seguimos hablando, de cosas de la vida, tan importantes los pequeños detalles como la constatación de que no estaremos aquí para siempre. Los pequeños detalles, eso es. Le recuerdo al pintor su debilidad por el olor a pescado. Qué curioso. Ni a oro, ni a incienso, ni a mirra. ¡A pescado! Eso es lo que hace que Pedro Cano sienta el impulso, cuando camina cerca del mercado murciano de Verónicas, de entrar para disfrutar, entre sus puestos cubiertos de hielo, de uno de los olores que más entrañablemente familiares le resultan -el pescado ha sido para su familia un medio de vida- y que más agrado le provocan. Eso, cuando está cerca de Verónicas, porque lo que no puede dejar de hacer, cuando viaja a Atenas, es acercarse a recorrer por la mañana temprano su monumental mercado central de pescados, «donde parecen estar vivos».

Pedro Cano explica sus obras como si se tratase de partes de su cuerpo, como si por ellas corriese de forma natural su sangre. Está orgulloso de su trayectoria de pintor y no lo oculta: «Doy cada día las gracias por ser pintor. La pintura apareció en mi vida cuando murió mi padre. La pintura también me protege, ha hecho que no me sienta desamparado. Cuando viajas solo, por ejemplo, con la pintura te sientes acompañado. Me he encontrado con personas maravillosas durante mis viajes que se han acercado a mí porque estaba pintando».

Y hoy, precisamente hoy, sigue el pintor creyendo «muy poco en la genialidad y mucho en el trabajo. La genialidad tú no la puedes controlar, pero el trabajo sí». Y continúa aspirando a vivir tranquilo, «sin que me den leña, sin peleas, sin malos rollos con nadie. No quiero enemigos, no quiero rivalidades absurdas, no quiero perder el tiempo con todo eso».

Sus vecinos lo saludan. Con mucho cariño. «No me veo sin pintar, y ahora menos que nunca. ¿Haciendo qué?, ¿dedicándome a la contemplación, a filosofar...? Yo no sé hacer otra cosa que pintar, y espero, incluso, que cuando llegue la muerte me pille con un lápiz o un pincel entre los dedos», dice Cano, que es muy consciente de que el tiempo no se detiene: «Sé muy bien la edad que tengo. No puedo hacer locuras, ¡ya me gustaría! Pero estoy bien, me sigo ilusionando y apasionando con la pintura como si detrás no llevase toda la mili que llevo ya en esto, y todo el mundo que ya he recorrido desde que un día salí de Blanca a la aventura...». «Cada vez que me acuerdo de esa frase de Marguerite Yourcenar, 'el horizonte está más cerca', siento que es verdad de una forma física», dice. Durante unos instantes guarda silencio. «Y, aunque sigo viajando», añade, «sobre todo para exponer y para dar cursos de pintura, se me va pegando cada vez más la tierra de Blanca en los pies. Por eso, porque tengo conciencia de que me queda un tiempo limitado, corto, intento no perderlo».

Hay días que se le han quedado grabados en la memoria, como ese de julio de 2008 en el que, en Florencia, donó uno de sus autorretratos a la mundialmente conocida Galería de los Uffizi, de cuya colección de retratos de artistas forma ya parte. O ese otro día en el que conversó con Juan Pablo II sobre el cuadro titulado 'Abrazo del Papa Juan Pablo II y el cardenal Wyszynski', un óleo sobre lienzo que formó parte de su serie 'Abrazos' y que puede contemplarse en el Museo Vaticano, en Roma, una de sus ciudades amadas.

Cae la noche como un fin del mundo sobre Blanca. Me voy alejando, pero se vienen conmigo, sin dejar de mirarme a lo ojos, todos y cada uno de los cuadros de 'Siete'. Me acuerdo otra vez de Dylan Thomas: «El hombre rompió el sol, abatió el viento». Qué empeño tan estéril en destruir el paraíso que nos fue dado, en sembrar cizaña sobre la misma tierra donde crecen los manzanos y juegan inocentes nuestros hijos.