«Los artistas somos desechables»

En construcción. Eduardo Balanza durante el montaje de 'Maestros'./
En construcción. Eduardo Balanza durante el montaje de 'Maestros'.

artista

PEPA PLAZA

Lleva desde mayo «cortando y pegando» para la exposición que inaugurará la semana que viene en Murcia y en la que hace un recorrido por la historia de la música en los últimos cinco siglos. Su trabajo gira, sobre todo, en torno a la cultura de clubs y a la tecnología analógica. Lo mismo reutiliza materiales encontrados en la basura que emplea tecnología punta, aunque siente debilidad por el cartón. Su obra se ha expuesto en algunas de las principales ciudades del mundo. Y tiene una colección de 7.000 vinilos que le gusta tirar por el suelo a la primera de cambio... «No, en realidad los que tiré en el SOS o en La Conservera eran unos de bakalao que compré para eso, ¡los míos ni loco!».

-El añorado Gontzal Díez le llamaba 'empaquetador de ideas', ¿qué idea quiere empaquetar en 'Maestros'?

-La música nos hará libres, parafraseando lo que ponían en los campos de concentración.

-En ella hará un recorrido por cinco siglos de música y, para ello, se vale del piano, ¿por qué se decide por este instrumento?

-Sí, contaré a mi manera cómo ha viajado la música desde el Medievo hasta hoy, desde Bach hasta el tecno de Detroit, de la música sacra al hedonismo de las 'raves'. Y, en esta historia, el piano es un elemento clave por su poder transformador. Además, el piano ha estado en los palacios, pero también en los lugares más sórdidos, donde los pianistas cumplían también una función social, la de musicalizar el infierno.

-También hay una vinculación familiar.

-En mi familia hay pianistas y organistas. Mi tatarabuelo, Julián Calvo, era el organista de la Catedral e hizo el manual de empleo del órgano Merklin. Voy a veces a la Catedral a escuchar tocar ese órgano maravilloso gracias a mi corta e intensa amistad con Alfonso de los Reyes, el organista.

-¿Está construyendo un órgano en cartón?

-Será un guiño a la música electrónica, por eso lo llamo 'Detroit 91'. Una ciudad pequeña, industrial y deprimidísima que ha pasado a la historia de la mano de la Underground Resistance, de los tipos que inventaron la música electrónica. Como el de la Catedral de Murcia, este órgano tiene una parte barroca y otra más gótica, pero se 'controlará' con un órgano Moog, lo que es imposible. Va a ser una especie de híbrido entre órgano y sala de dj. Una cosa muy rara.

-Modifica los instrumentos a su gusto...

-Hago mis propias versiones e interpreto esas máquinas como me parece interesante. Así sitúo en el mismo plano a los ingenieros y a los músicos. Tan creativo es un ingeniero de Sony como un compositor.

-¿Cree que los ingenieros son creativos?

-No es que lo crea, es que es un hecho. En lo analógico, además, hay algo muy hermoso.

-Tanques, discotecas, órganos... Todo realizado en cartón, ¿por qué?

-Comencé a trabajar el cartón, primero porque era gratuito y tiene el don de la ubicuidad. Creo que el cartón se ha puesto de moda sin atender a sus cualidades como material y, una vez más, se ha banalizado, se utiliza para no contar nada. Me gusta reutilizar y mezclar basura con cosas que tienen un coste alto, como el neón o el metacrilato. Creo que la combinación de materiales y de disciplinas expande los recursos conceptuales de un artista.

-Va a poner a convivir en igualdad de condiciones Bach y New Order.

-Es que Bach es casi tecno en algunas de sus composiciones, tiene cosas muy violentas y expansivas. Creo que, al final, la música es más una cinta transportadora de ideas revolucionarias que de tendencias o modas. Me encanta esa frase de 'Vinieron a bailar y terminaron recibiendo una educación'.

-¿Y esa nostalgia por lo analógico?

-No, no es nostalgia, es más una forma de resistencia. Si eres analógico no estás en el radar; si eres digital te controlan, te chequean, te siguen. No entiendo esa obsesión por saber qué consumimos para luego vendernos un champú.

-¿Responde esta resistencia a una actitud política?

-No me interesa el arte político en sí, me parece muy previsible. Creo que si tienes que poner una bandera estás perdido, no puedes tomar al espectador por tonto.

-¿Cómo concibe entonces el arte político?

-Tiene que utilizar las armas de su enemigo, servirse de ese juego de mentiras permanentes de los media. A mí me gustan mucho los medios de comunicación porque me gusta mucho el apropiacionismo y tergiversar. Pero el arte no tiene por qué tener ninguna función social y no creo que deba tenerla. Debe tener una función intelectual o de desarrollo individual, pero un cuadro no vale para planchar una camisa. Una cosa es la educación y otra cosa es el arte. Además, estamos en un momento en que los artistas somos desechables. No sé si la sociedad nos necesita tanto como nosotros a ella.

-Ha recorrido medio mundo y ha vivido en Nueva York, Berlín, La Habana, Kuala Lumpur... ¿Cómo ve Murcia desde allí?

-Me gusta. A mí España me gusta. Recuerdo esa frase de Eliot, «el puerto del que salí no es el puerto al que regresé». Uno también vuelve porque tiene que hacer cuentas consigo mismo. Pero viajar es la mejor inversión que puedes hacer. Yo he viajado mucho por formación. Este país tiene cosas muy interesantes, pero hay destrezas que tienes que adquirir en otros lugares.

-¿Como cuáles?

-Empecé a explorar el papel cuando viví en Malasia, en Nueva York aprendí a desarrollar 3D en cartón y en La Habana estudié guión cinematográfico. Si te interesa el arte debes intentar estudiar en un sitio como Madrid, Londres o Berlín. También he aprendido que Europa se está transformando en algo más sórdido de lo que nosotros creíamos hace veinte años. De hecho, ya hice una exposición en la que decía que Europa había muerto.

-¿Europa ha muerto?

-Bueno, eso ya lo decían Los Ilegales, pero yo me apropié una vez más de un mensaje de una banda de rock que me gusta.

-¿Y cómo la ve ahora?

-Yo no soy Ortega y Gasset, pero creo que se está gestando algo muy vertiginoso. Este no es un continente divertido, ha sido históricamente un sitio de violencia, de antisemitismo radical. Y estamos dirigidos por gente que cree todavía en lo analógico.

-¿Se ha tenido que morder la lengua en alguna ocasión?

-No. Hay que dialogar y decir la verdad. Aunque en este país no se dialoga mucho por falta de seguridad y miedo a los cambios. Vivimos de un modo parecido a como se vivía en el XIX, si atendemos a nuestra relación con el poder. Servidumbre intelectual. La libertad no es una cosa que se vote cada cuatro años y no creo que morderse la lengua sea muy útil. De momento, nadie va a la cárcel por decir que las cosas se pueden hacerse mejor, por decir: 'nos estamos meando en la paella y esto sabe mal'. El problema es que los cambios no se hacen después... y seguimos comiendo de esa paella.

-Ha colaborado en los presupuestos participativos de la Consejería de Cultura.

-Sí, nos citaron. Como primer paso, me parece que está bastante bien, aunque también falta más diálogo. Vuelvo a lo de antes, la rebeldía por la rebeldía es muy divertida, pero para cambiar las cosas hay que dialogar.

-¿En qué se basa su propuesta?

-En que las becas de investigación deben activarse cuanto antes. Eso debe ser como el río Segura, debe estar por encima del partido que gobierne. Y el importe de esas becas debe igualarse al que se destina a las galerías. Eso daría a los artistas posibilidades de producir, investigar y competir en igualdad de condiciones con otras comunidades. Además, vivimos en un país en el que todo se subvenciona: la pesca, la agricultura, el ejército, la ganadería... ¿Tan desechables son la cultura y el arte?

-¿Qué hacía Heidi en el Rendibú?

-Me dieron total libertad... y yo me la tomé. Heidi es un relato europeo con el que unos tipos hacen una serie para niños en los setenta en Japón. Heidi es una locura, esa cría tiene un problema educativo severo. Imagínatela si hubiese llegado a adulta: una muchacha que vive como los gatos, sin más referencias que Pedro, la cabra y el abuelo. Con ese trastorno límite de la personalidad hubiese desarrollado una psicopatía agresiva, seguro. Es una cosa de locos.

-Su 'performance' también era una locura...

-Sí, porque los papeles se intercambiaban, se travestían todos. Quería hacer una lectura más feminista, reflexionar sobre cómo se empaqueta el perfil femenino en los medios y abordar el tema de la transexualidad. También me interesa mucho la literatura infantil que se hace en Japón, esa forma de contarle a los niños lo que no va a suceder nunca. Creo que se les proyecta unas películas muy complicadas a los niños. Además, se celebraba una especie de boda, los diez años del Rendibú, y por eso utilicé esa especie de tecno vals original de Heidi, que es para volverse completamente loco [risas]. Me escuché varias veces el disco para extraer los cortes que me interesaban y después los desordenamos para recrear la pieza. Los actores aportaron muchísimo y el 'playback' le dio ese aire hipnótico e irreal.

-Eso ya es amor al arte...

-¡Mucho! Y también me leí el cuento original. De hecho, Heidi está muy presente en mi obra, a través de ella hablo de esa perversión de la infancia, llamémoslo por su nombre.

-¿Qué ha aportado el Rendibú a las artes en Murcia?

-En Murcia no hay apoyo privado a las artes, por eso 'La Verdad' ocupa un espacio que no ocupan otras grandes empresas, que no sé cómo no se meten en estas cosas. El Rendibú ha permitido a los creadores divulgar y compartir su trabajo durante los últimos diez años. A mí, en lo personal, me ha permitido experimentar dos capítulos de la serie 'Playback' bajo el encargo del oso. Además, está el equipo humano con el que cuentas, un público que cuida la cita y la divulgación que te da la prensa. Es maravilloso tener una portada en un periódico.