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Una experiencia de miedo en El Algar

EL TÍO DEL SACO

Una experiencia de miedo en El Algar

27.04.11 - 01:16 -
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Hace tres años el colegio público San Isidoro de El Algar me invitó a su Semana de las Letras con motivo del Día del Libro, en aquella ocasión dedicada a los cuentos. Fue maravilloso entrar en aquel espacio transformado en un bosque, ámbito mágico de los cuentos infantiles, que contenía incluso la habitación de la abuelita de Caperucita. Me pidieron en aquella ocasión que les relatara a los chavales cuentos de tradición oral del Campo de Cartagena. Quedé encantado a pesar de mis temores iniciales pues estaba acostumbrado a dirigir conferencias a un público adulto.
Este año la V Semana estaba orientada a las narraciones de terror, algo que a todos nos fascina, aunque pasemos miedo. Avanzar por la entrada, pasillos y aulas del cole ha sido nuevamente fascinante al contemplar murciélagos colgados del techo, telarañas en los rincones, una mesa con esqueletos sentados a la misma que degustaban manjares exquisitos como globos oculares, un Frankenstein que se está construyendo, fotografías de los Monsters, lapidas con textos que derrochan humor negro: 'RIP, RIP, Hurra', 'Ya decía yo que este médico no era muy bueno'. La escuela es una auténtica casa de los horrores que puede ser visitada por los padres por las tardes. Algunas actividades desarrolladas merecen ser destacadas por si sirven a otros docentes. Por ejemplo, traer a una abuela a contar cuentos a los niños, guiñol, concurso pasapalabra o dedicar una hora en el patio para que los alumnos mayores relaten a dos compañeros más jóvenes un cuento inventado o bien aprendido para la ocasión. Es interesante comprobar como dramatizaban ayudados por la gestualidad para dar mayor veracidad a lo que se contaba. Las imágenes que dan testimonio de cuanto decimos se pueden encontrar en la web del colegio o en el blog 'El rincón de la maestra', de la profesora Olga Catasús.
A los alumnos les hablé de hechos misteriosos de la comarca como las leyendas de la Inquisición que tienen como marco escénico el cercano monasterio de San Ginés de la Jara, las historias del tío del Saco o tío Saín, o sobre galerías subterráneas. Casi todos los algareños saben de la existencia de galerías en su subsuelo que comunican esta comunidad local con el monasterio abandonado, empleadas como refugio ante las incursiones de los piratas berberiscos que asolaban las costas del Mediterráneo y Mar Menor. Tal fue la magnitud del problema que en junio de 1558 unos 800 turcos, establecidos en Argel, desembarcaron en Cabo de Palos para llegar hasta Alumbres, que fue saqueado, llevándose a toda la población. Pero no quedó ahí la cosa pues en 1561 desembarcan 1.800 otomanos en las Algamecas para apoderarse de la ciudad, operación abortada por las fuerzas militares que llegaron desde Murcia para auxilio de los cartageneros. Datos que debemos al historiador Vicente Montojo. Precisamente las Fiestas Medievales de la Xara, que impulsa la Asociación de Vecinos de El Algar, recuerdan estos episodios del pasado. La transmisión oral nos ha legado que las tres torres vigías de la zona: Torre del Negro, Torre del Rame y Torre del Chichao en La Puebla estaban comunicadas por las míticas galerías, conteniendo un importante tesoro escondido por los moros. En toda España se habla que los musulmanes, antes de dejar estas tierras debido al avance de las tropas cristianas, guardaron a buen recaudo sus monedas de oro y joyas esperando un pronto regreso. La leyenda cuenta que muchos atrevidos que descendían en su búsqueda pudieron comprobar sorprendidos cómo teniendo muy cerca de sus manos el preciado cofre aparecía un negro, de ahí Torre del Negro, que accionaba una palanca para que una compuerta impidiera su obtención definitiva.
En muchos lugares del campo se cuentan cosas similares, así desde el caserío de Las Cuevas en El Jimenado, se iniciaban otros subterráneos, que allí llamaban las cuevas moriscas, hasta la Venta Nueva y de allí hasta la desaparecida torre árabe de El Albujón, topónimo árabe como Algar o Aljorra. Una pena que en los años 70 la pala destructora acabase con esta construcción defensiva. Nuestra tierra no ofrece bosques ni montañas en abundancia donde encontrar refugio ante posibles peligros invasores, por ello en la llanura el mejor escondite es bajo tierra.
Los alumnos han sabido de algunas leyendas acaecidas en cementerios de nuestra tierra. De niño fui monaguillo y los mayores nos contaban que mucho tiempo atrás, cuando los hombres llevaban capa, unos jóvenes del lugar rivalizaban en valor. Para demostrar mayor hombría apostaron una suma de dinero con destino a aquel que fuese capaz de traspasar la puerta del cementerio a medianoche, clavando como prueba un puñal en la gran cruz central del campo santo. El más decidido comentó altanero que sería el primero en aceptar el reto. Llegada la hora convenida se adentró temeroso por entre las tumbas. Frente a la cruz clavó con gran rapidez el puñal pues quería salir pronto del recinto, pero con tan mala fortuna que no se percató que el arma había traspasado la capa que llevaba. Al girar presto para ganar la calle descubrió horrorizado que no podía avanzar. Pensó que los muertos lo habían agarrado. Al día siguiente lo encontraron en el suelo sin vida.
Con el paso de los años descubrí que este mismo relato oral, con variaciones, se contaba en Canteras, El Jimenado, La Puebla y hasta en Sevilla pues Alfonso Guerra, siendo niño, lo escuchó de su propio padre.
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El conferenciante y alumnos en una de las aulas decoradas. :: LV