La Verdad

Pip y el desamor

Charris. Capítulo 11, 2012. Óleo sobre papel. 28 x 65 cm.
Charris. Capítulo 11, 2012. Óleo sobre papel. 28 x 65 cm.

Dicen los Strokes que el amor es como una cuchilla de afeitar, y aciertan, aunque los peores poemas y las peores canciones siempre empezaban: 'El amor es' y 'La vida es'. Hoy comienzan así los peores comentarios en Facebook y Twitter. El lugar común entre los lugares comunes, el amor romántico, el cursi revoloteo de angelitos, los ojos giratorios de los dibujos animados y la galantería de las primeras citas que va remitiendo con el paso de los años, los kilos y el tránsito de gases.

Escribir algo acertado sobre el amor es muy difícil en el mundo del postporno, la posverdad y el postureo. Alguien dirá que ya no hay amores de los de antes, y quien responda que en los amores de hoy seguramente habrá algunos guantazos menos en la cocina, menos esclavas de alcoba y menos hijos tarados por guerras entre padres desquiciados, si bien estas tres cosas no desaparecerán nunca del todo desgraciadamente. El amor comprende todo, y en ese todo entra el dolor. El dolor del desamor no se olvida porque un resorte masoquista lo reactiva cada vez que algo nos lleva a la persona amada y perdida. Como el perro de Paulov salivaba cuando oía la campana que antecedía la comida, nosotros lloramos cuando recordamos la película que vimos con el amante perdido o la mujer que hizo las maletas y se fue de casa mientras trabajábamos, dejando solo un disco roto a martillazos en el suelo con un papelito en el que ponía: 'Siempre odié a los Chichos'. Nos suele faltar generosidad, entender al otro. No siempre sabemos amar, no siempre nos desprendemos de algo para conseguir todo. No siempre somos suficientemente generosos como para tener cierto pase.

Hubo un tiempo en el que hubiésemos muerto por un beso. Los tiempos del amor galante, en esa infancia en la que todo eran puertas que queríamos abrir. Charris ilustró en 2012 'Grandes Esperanzas', de Dickens (2012), el libro de desamor con el que se ha identificado la juventud europea hasta hace unas décadas. Cada capítulo tenía un dibujo en tinta negra. Me dice al pasarme la foto de esta piececita: «Solo en tres capítulos aparece el color y uno de ellos es en el primer beso de Pip, el protagonista, un primer beso y el descubrimiento del amor. Vuelvo a utilizar los muñecos que se besan, pero en esta ocasión en unas porcelanas populares del siglo XIX».

Siempre vivimos en aquel beso. Siempre vivimos en la infancia. Cuando era un crío tuve todos los tomos de 'Joyas literarias juveniles'. Mis favoritos eran los de El Corsario Negro, pero Dickens es a lo que siempre volvía. Me atormentaba que Estella lo rechazase, me identificaba con Pip por sus muchos errores, hubiera querido tener un benefactor misterioso que me sacase del barrio y hubiera querido vivir en El Cairo. No haré 'spoiler', pero el final es muy doloroso.

En todo ese dramón victoriano, hay un momento, una isla de felicidad, de emoción, de ese cosquilleo, de inocencia: el beso de Estella y Pip. El amor infantil que hace que todo haya merecido la pena. Y es verdad. A veces la hemos querido suficiente como para retenerla y ella ha hecho lo mismo, entonces los besos siguen ahí y saben a cacao como aquel agosto del 92. Otras no, y los besos siguen petrificados como las porcelanas de Charris en nuestra memoria.

El amor no pasa nunca.

El desamor tampoco.