No hay otras sardinas

José Vivancos, mostrando orgulloso las sardinas que se sirven en su popular establecimiento. / vicente vicÉns / agm
José Vivancos, mostrando orgulloso las sardinas que se sirven en su popular establecimiento. / vicente vicÉns / agm

Tras la puerta de madera y cristal se cumplen 60 años del Café Bar Vivancos en el Puerto de Mazarrón. «Los fines de semana hay hora punta con tres filas en la barra», cuenta José a pie de barra

ALEXIA SALAS

Aveces dan ganas de mandar parar el alma, como quería Pessoa. Para qué correr tanto y habernos perdido aquellas calles sin asfaltar que llevaban al mar en Mazarrón, antes de que hubiera puerto, ni terrazas con guiris, ni desasosiego. Los años no acechaban como las acosadoras gaviotas mazarroneras. Los pescadores ponían el pie en tierra y le llevaban el pescado, aún luchando a coletazo limpio por la vida, para que la señora Paca se lo friera por una peseta, más el vino, en el Café Bar Vivancos. Quién pudiera mandar el alma a hacer codo un rato en la barra de Vivancos durante una de aquellas tertulias, para que luego vuelva a contarte qué les atormenta, qué han pescado esta mañana, y de qué se ríen los pescadores en una mañana cualquiera de hace 60 años.

En el verano de 1959 ya había abierto su puerta de madera y cristal el local de José Vivancos 'El Campanero', procedente de El Mingrano, una zona árida de montaña entre Mazarrón y Fuente Álamo. Las minas abandonadas y la fundición recién cerrada daban un aire fantasmal al paisaje. Empezaban a circular el primer autobús en el pueblo y se dejaban caer los primeros turistas. En las caballerizas de la casa de un señorito, el Campanero y su mujer abrieron una frutería, al principio con capazos de sandías en la puerta.

Visita recomendada
Café Bar Vivancos (Puerto de Mazarrón).
Qué hacer
Sentarse en una mesa, almorzar unas sardinas asadas, unas croquetas variadas y magra con tomate. Dejar hueco para comer un asado de cordero, gallo pedro o carrillera con buen vino. Y escuchar la tertulia de los parroquianos.
Los guías ideales
José y María Vivancos, propietarios, encargado de la barra y cocinera, respectivamente.

«Como ya venían veraneantes de Madrid, mi madre empezó a hacer paellas, luego empezó a hacer sardinas, y desde entonces no ha parado de venir gente», cuenta Pepe Vivancos, 35 años a pie de barra. Y eso que no quería. Vamos, que pensaba que el bar no era lo suyo. Ahora manda en esa esquina de madera como Lagartijo en la plaza de Úbeda. Lancea en el mostrador cuando hay hora punta: «Los sábados y domingos se forman tres filas en la barra. Tenemos la cerveza más fría del Puerto», dibuja un pase Vivancos. Templa la mesa de la tertulia: «Junto a la cocina se sientan los de siempre, unos de Vox, otros del PSOE, unos del Madrid, otros del Barça. Esto es de locos», asume Pepe su burladero cotidiano.

Por allí han pasado Jesús Hermida, José Bódalo, Beatriz Carvajal y Roberto Cairo, el añorado Desi de 'Cuéntame'

«Aquí venía el maestro Gregorio, que se sentaba a conversar junto a la ventana y decía que esta era la mesa de los tontos. Un día vino un inglés que charlaba con él, aunque el maestro no sabía su idioma, y cuando le dije que había muerto, salió llorando», recuerda el hostelero, que ha servido en su negocio a «algún empresario conocido que ha venido con chófer» y a Jesús Hermida, José Bódalo, Beatriz Carvajal y Roberto Cairo, el añorado Desi de 'Cuéntame'.

Repuesto

Somos como las sardinas de la bahía de Mazarrón, todos tenemos repuesto. Vivancos no gasta menos de 10 cajas de estos pescaditos plateados, blasón de la clase media española. El 'prime time' de la sardinada veraniega es el domingo a las 10 de la mañana, cuando el ciudadano de bien empuja la puerta ribeteada de añil de Vivancos y se entrega a la delicada tarea de separar el lomo de la raspa. «A los franceses les gustan más los calamares y la tortilla de guisantes. Preguntan si tiene 'petit pois'», comenta María, la maga de este festival diario de sabores de casa.

El tiempo se ha quedado haciendo poso en el interior del local, en su mapamundi, su zócalo de madera, sus cuadros de un viejo Mazarrón, su imaginería de bar de toda la vida. Para sacudirse los humos de freiduría y el parloteo de barra, José y María se marchan cada mes de enero a respirar el aire virginal de uno de los picos suizos. Hasta que las sardinas de la bahía les hacen señas para que vuelvan.