Mucho más que un bar

Mamen Maciá con un ancla realizada con corchos de botellas de vino. / VICENTE VICÉNS / AGM
Mamen Maciá con un ancla realizada con corchos de botellas de vino. / VICENTE VICÉNS / AGM

El Ancla es en Isla Plana punto de encuentro, tertulia bilingüe y sala de conciertos. Mamen Maciá manda en este local hecho a la medida de los fieles: «Uno toca la bandurria, otro el acordeón y el resto cantamos»

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

Cuando cierran El Ancla por vacaciones, allá a finales de septiembre, le entra la 'bajona' a Isla Plana. Es la puntilla a la melancolía de la playa casi vacía y las tardes mudas. «Me llaman para decirme que abra, que cuándo abrimos, que qué pasa», cuenta Mamen, cartagenera de juventud madrileña y retorno al pueblo de la infancia. No puede evitar ese puntito de tierno orgullo de quien ha 'cosido' con puntadas de calor toda una comunidad en torno al local que abrió en diciembre de 2015. Los vecinos habituales toman el café o el aperitivo junto a los residentes británicos, que son el 40% de la población habitual, «aunque en invierno esto se parece más a un bar 'British'», cuenta Mamen, que ha creado un bar hecho a la medida de sus fieles. Objetos regalados por la clientela, desde un remo a unas gafas antiguas, llenan el local de historias que contar. Predominan los elementos marineros, aunque llaman la atención los sellos antiguos, unos prismáticos de otro siglo y un piano familiar. En torno a él se organizan los viernes las veladas musicales. «Viene gente a tocar desde otros pueblos, y se mezclan ingleses con músicos locales que tocan la bandurria, el acordeón, el violín, el resto cantamos y todos tan contentos», describe Mamen su mejor obra. Ella misma cantaba temas de Dolly Parton y The Beatles o algún blues de los setenta, pero «me hice daño en la garganta», cuenta de las noches de euforia. Nunca falta quien regale desinteresadamente parte de su repertorio: «La otra noche vino un tenor y cantó 'La traviata', y otros días se forma un dúo entre un guitarrista inglés y un cantante mexicano. Alternan country y rancheras», cuenta Mamen.

Por este punto de encuentro, que sirve hasta de oficina de Correos para los vecinos de la montaña, han pasado personajes de todo tipo y pelaje. La hostelera recuerda que «llegó hace tiempo un peregrino de 18 años que venía desde Suecia con destino al Vaticano. La gente decía que era un ángel y cada día comía en una casa del pueblo. Al marcharse nos bendijo».

Visita recomendada
El Ancla, en Isla Plana (Cartagena).
Qué hacer
Compartir café o cerveza con los asiduos, ya sean autóctonos o británicos. Especialidad, el asiático. Los viernes hay miscelánea musical con los espontáneos. Tienen una variada barra de tapas, prensa y libros.
El guía ideal
Mamen Maciá, diseñadora de telas, tejedora de esparto y hostelera.

Mamen también tuvo su momento de éxodo, cuando estudió en Madrid diseño de telas y tejeduría. «Me gusta la artesanía, pero llegó un momento que mi trabajo era casi por entero de ordenador», cuenta de su faceta anterior. Un día tomó la decisión: volvió al pueblo de sus abuelos, que la observan desde infinidad de fotos en blanco y negro en la pared de El Ancla. Un mundo de sillas de tijera, barcos de madera con el nombre de su bisabuelo Clifford, lavanderas a la antigua usanza y tejedores del esparto que crecía en los montes que encierran esta localidad en la boca del Mediterráneo.

«Me gusta la artesanía, pero llegó un momento en que mi trabajo era casi por entero de ordenador»

«Me gusta la tranquilidad que hay en invierno. Tengo dos perros y la playa para nosotros solos», añora el sosiego que deja el fin del verano, cuando se quedan los de siempre. «Siento que me he ganado el cariño de la gente y me siento útil en el pueblo», comenta la anfitriona. Sabe que en El Ancla nunca estará sola. Alrededor de un asiático, cada día regresan las tertulias, el acordeón de Pepe y los planes para las siguientes fiestas mientras suena aquel tema de Pink Floid con el que todos tienen un recuerdo especial de juventud.