El dogma del buen churro

Mari Luz y Pedro en su quiosco de churros, en la explanada de Lo Pagán. / a. salas
Mari Luz y Pedro en su quiosco de churros, en la explanada de Lo Pagán. / a. salas

En la churrería Mari Luz, 65 años en Lo Pagán, todos mojan en chocolate sin culpa alguna. La churrera lo ha visto todo: «A un cliente le desapareció la dentadura»

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

¿Se sabrá algo para siempre?», se pregunta Ida Vitale. La combinación de harina de trigo duro amasada con agua clara, y sumergida en aceite de oliva virgen a temperatura infierno, va camino de convertirse en la respuesta. Hace ya 65 años que la churrería de la explanada de Lo Pagán produce en cantidades inimaginables esta fritura, que refuerza el poder calórico del desayuno y te prepara para afrontar la jornada con el ánimo de que nadie llegue a agriarte lo que empezó de la mejor manera, dejándote un bigote de chocolate sobre los labios relamidos. Así comienza el día en esta esquina de la explanada de Lo Pagán. Las madres les repasan la boca a los niños con una servilleta, y las jubiladas le remueven el descafeinado al marido anciano. Es el sacramento familiar del verano, ese instante en que uno asume que el amor es para toda la vida o que no sobrevivirá a agosto.

Mientras el más pequeño mete la mano en el vaso del mayor y se embarra la cara como un beduino, el mediano derrama su chocolate y la familia entera acaba en cisma matutino de lágrimas y sudor. «Por Dios, por Dios», va murmurando la camarera, ágil y paciente sobrina de Mari Luz, la matriarca de la churrería. Lleva más de 40 años de pie en la esquina interior de la barra, que conecta por un ventanuco con la fábrica de churros, ese obrador con tres sartenes gigantes donde se podría rehogar a un veraneante sin trocear.

Lugar recomendado
Churrería Mari Luz, en la explanada de Lo Pagán.
Qué hacer
Olvidar la dieta, pedir chocolate con churros y observar el paisanaje veraniego que confluye en este quiosco costero.
El guía perfecto
La churrera Mari Luz.

Cada uno de los seis trabajadores -tres de ellos familiares- son piezas del perfecto engranaje de la churrería para que los cientos de clientes satisfagan la 'gusa' matinal. En la barra, tres mujeres con mandiles blancos dan salida a los cafés y chocolates sin dejar de pulir la superficie. «Hacemos el chocolate como siempre, siete ollas de siete litros cada una», explica la jefa. Hay quien prefiere llevárselo en un pequeño bidón de plástico, aunque la tragicomedia de la vida está allí, a pie de barra y bajo la sombra que lleva más de medio siglo cobijando la primera función del día. Antes había pocos turistas y muchos pescadores, ya que la lonja estaba en el recodo más próximo de la playa.

«Hacemos el chocolate como siempre, siete ollas de siete litros cada una»

La suegra de Mari Luz lo abrió para servir «café de olla con anís, los revuelticos y los carajillos» a los marineros. «Ella se ponía con una sartén a freír los churros bajo dos tarays. No faltaba leña para el fuego, ya que al lado había un obrador de barcos», cuenta. Conoció a Pedro, el hijo de la churrera, un pescador flaco e inquieto, en el baile de los Albaladejos, donde se juntaban los jóvenes cerca del Casino de San Pedro del Pinatar. Con el anillo de bodas, Mari Luz se consagró a la churrería para siempre, mientras Pedro echaba las redes en La Chanca, el caladero junto a la encañizada de La Torre.

Así han pasado más de 40 años, y por el ventanuco de Mari Luz no paran de salir sartenadas de churros. «Conozco a todos los clientes. Ya he visto tres generaciones y ha pasado de todo. A un hombre le desapareció la dentadura», cuenta sin asombro la patrona. Los domingos sube la bulla en el quiosco. Y la cola. Un día, un hombre que esperaba su turno, de pronto dijo: «Oiga que yo soy maestro escuela», gritó desesperado para reclamar paso preferente. «Y nosotros churreros», le contestaron desde la barra. No hay prisa. Aún queda la función de tarde. Hasta la medianoche se puede mojar el churro en un goloso pecado de chocolate caliente hasta el lametón final. No olvide la lluvia de azúcar sobre el crujiente manjar. Por si el amor no es eterno. Por si no hay cielo.