El mar canta soul

Luis Rojo con una caracola 'Cassis cornuta' en su tienda Mar de Coral, en el centro de Águilas. / A. SALAS
Luis Rojo con una caracola 'Cassis cornuta' en su tienda Mar de Coral, en el centro de Águilas. / A. SALAS

Mar de Coral reúne desde hace 35 años en Águilas cientos de caracolas de todo el mundo y artesanía propia con conchas. «Todos se las llevan a la oreja para oír las olas», cuenta Luis Rojo

ALEXIA SALAS

Dicen que las caracolas no encierran el sonido del mar. Que creernos que nos hablan las olas en sonido alta fidelidad es una trola más grande que la congelación de Walt Disney. Se empeñan en desmentirnos que la casa de un molusco del Pacífico no suena como cuando buceas por el fondo del mar con ingravidez absoluta, como si fueras una foca monje curiosa. Que son las ondas sonoras al entrar en la cavidad de la concha las que provocan ese murmullo amplificado, nos dicen. Los científicos recalcan que no hay magia ni romanticismo alguno en la reverberación de un eco, pero Luis Rojo no se atreve a contárselo a los cientos de niños y adultos que pasan por su tienda Mar de Coral y ponen cara de hechizados al llevarse una caracola a la oreja. Es como si compraran un móvil para escuchar el mar. Y eso que nos cuesta oír sus lamentos. Ni con una Melo Diadema de Filipinas nos percatamos de los llantos ruidosos de un mar que sufre con nuestra basura. Ni siquiera con un teléfono gigante, como la 'Cassis cornuta' del Pacífico, con sus 30 centímetros de talla, afinamos la conciencia. Si cambias de caracola puedes oír todos los registros operísticos del mar, desde el tenor a la mezzosoprano. «Depende del número de espirales», enseña Luis. Unas resuenan en do mayor. Otras en re sostenido.

«Todos se las ponen en un oído porque creen que son las olas», cuenta el gerente de esta tienda que es un baúl de tesoros marinos: «Hay conchas y caracolas de todo el mundo, sobre todo del Caribe, el Pacífico, Sudáfrica y las islas Salomón, en Australia, menos del Mediterráneo».

Visita recomendada
Mar de Coral, en la calle Rey Carlos III de Águilas.
Qué hacer
Conocer una de las mayores colecciones de tesoros marinos naturales, artesanía oriental, cerámica española y abalorios a la venta.
El guía ideal
Luis Rojo Bermúdez, gerente de Mar de Coral.

Anémonas, peces globo y caparazones de nácar llenan los anaqueles como un museo marino. Este comercio en el centro urbano de Águilas, que abrió el hermano de Luis hace 35 años, cuenta con ejemplares difíciles de conseguir, como la Arantium de Indonesia, unos caracoles de mar especialmente codiciados por la limpieza de su cobertura acaramelada. «El coral es lo más exclusivo que tenemos, todo con su certificado», cuenta el comerciante, aunque su mayor tesoro es un tiburón de puntas negras, frecuente en los arrecifes del Índico, que cuelga en el techo de la entrada a la tienda. «Me lo han querido comprar muchas veces, pero no lo vendo. Es un ejemplar raro, relleno de serrín, pero todo el exterior es auténtico y está ahí desde que se abrió la tienda», explica Luis, quien no puede evitar un gesto de enojo cuando le piden caballitos de mar disecados. «Están prohibidos, pero a muchos les da igual», comenta.

«El coral es lo más exclusivo que tenemos, todo con su certificado» «Los caballitos de mar están prohibidos, pero a muchos les da igual»

Combinaciones

Hijo de emigrantes granadinos que pusieron rumbo hacia Argentina en 1955, Luis y su hermano nacieron en el departamento de San Martín, en la región de Mendoza. «Muy diferente a Águilas. Aquello era interior», recuerda su origen. Su hermano se adelantó y abrió la tienda de productos de mar mientras Luis terminaba sus estudios de enfermería. Solo vistió una bata blanca durante un año. «Ya con la edad que me agarra no pienso en volver a la sanidad», comparte sus pensamientos mientras trenza un nudo corredizo para un collar. Las clientas asiduas prueban combinaciones de caracolas y piedras naturales en pulseras y pendientes. Luis las hace a medida. Su excedente de paciencia parece también de mineral marino. En verano no cierra ni un día para atender a los turistas que llenan la tienda para llevarse a casa un trozo de mar. Pero siempre llega el invierno, y Luis se dedica a construir recuerdos con conchas marinas y barcos de sal que viajarán en miles de maletas por el mundo.