Donde se duermen los relojes

El gerente de La Encarnación, Alfonso Jiménez, junto a la campana de la felicidad en el patio del hotel. / A. SALAS
El gerente de La Encarnación, Alfonso Jiménez, junto a la campana de la felicidad en el patio del hotel. / A. SALAS

El patio del hotel balneario La Encarnación, con 118 años de historia, permanece igual que cuando Alfonso XIII lo inauguró. «Tenemos facturas de 1898», muestra el gerente, Alfonso Jiménez

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

El tiempo se ha olvidado de este edificio de 1901 en la orilla marítima de Los Alcázares. Ha arado las cercanías, sustituyendo numerosas construcciones históricas por insultantes aluminios y chillones 'kebabs', pero no se atreve a enturbiar el sueño del hotel balneario La Encarnación, como si hubiera hecho un pacto secreto por la eternidad. Tal vez haya un cuadro en algún sótano con el aspecto que tendría este alojamiento señorial si se hubiera dejado corromper, como un Dorian Gray de ladrillo. Al socarrón Wilde le hubiera encantado dejarse ver con una botella de champán en este hotel, pero murió un año antes de que Alfonso Carrión lo construyese en la playa Manzanares.

Visto desde la orilla del Mar Menor, con sus persianas de madera celeste y sus balcones de hierro, es fácil imaginarlo en su primera década de vida, si borras de tu vista todo artilugio moderno, como cuando el cineasta inglés John Irvin se trajo a Mena Suvari para grabar la adaptación de la novela de Hemingway 'El jardín del edén' en este enclave que apenas tenía que fingir para situarse antes de la Gran Depresión. Un camión de tierra enterró el paseo marítimo para colocar encima un viejo Ford de los años veinte. En una de sus alcobas con vistas al Mar Menor se desataba el triángulo amoroso entre visillos y camas con torneados cabeceros. Paquita Paredes, quien regentó el establecimiento durante décadas, hubiera pasado sin guardarropía por un personaje más. Jamás perdió su porte aristocrático desde que jugaba de niña entre las damas con traje largo y criada, que se hospedaban para tomar el novenario -los nueve baños termales-, hasta la democratización del turismo. Algunas noches tocaba el piano para la clientela, aunque el hotel casi siempre tuvo actuaciones de variedades en directo, lo que traía de cabeza a los censores, que por las tardes pedían revisar las letras de las caciones y el vestuario de las vicetiples. «Recuerdo a Pepita Cañas. Esa era de las ligeras», contaba hace años la jardinera del patio, Rosario Cánovas, quien entró a trabajar a los 14 años en el hotel y permaneció allí hasta el día de su muerte. Aquella mujer menuda y memoriosa inventó el tapiz vegetal del patio y el sistema de riego: un palo soldado a una lata que le mandó hacer al fontanero del hotel. Si pasea la vista por esta cúpula del tiempo, piense que el espíritu de ambas, jefa y criada, habitan aún este jardín interior.

Visita recomendada
Hotel Balneario La Encarnación, frente a la playa de Los Alcázares.
Qué hacer
Visitar los baños termales, con sus tinas de mármol, y sus lámparas y puertas 'art decó'. Después sentarse en el patio vegetal para contemplar las enredaderas y el corredor superior, la fuente y la escalera de hierro forjado. Es ideal para tomar algo o cenar, aunque conviene visitar o pedir mesa en el comedor, donde se sentó Alfonso XIII. En la terraza frente al mar se puede comer o cenar y escuchar música en directo.
El guía ideal
Alfonso Jiménez, gerente.

Las últimas obras solo han incorporado baños a las 37 habitaciones, pero el resto permanece inalterable. «Conservamos facturas de 1898, como la de Antolín Vila, por 'tejidos del país'», cuenta.

En una de sus alcobas se desata el triángulo amoroso entre visillos en la adaptación de 'El jardín del edén'

Puede acercarse a una de las esquinas del patio para tocar la campana de la felicidad, que dejó un militar ruso, de los que en los años treinta llegaron a montar los primeros Polikarpov en la base de hidroaviones cercana. «Se convirtió pronto en el centro de la vida social», comenta el actual gerente, Alfonso Jiménez. La asociación EcoCultural ha instalado otra placa en memoria del vuelo Los Alcázares-Nueva York en 1929. Pilotos temerarios como Ramón Franco, aristócratas como el Infante de Orleans, políticos republicanos como Hidalgo de Cisneros y su esposa, Constancia de la Mora, íntima de Eleanor Roosevelt, pasaron por este hotel inaugurado por Alfonso XIII. Reservar mesa en el comedor interior es sumergirse en el pasado, un tipo de turismo solo posible en contados lugares del planeta.