Verano eterno

Belén Unzurrunzaga
BELÉN UNZURRUNZAGA

Hubo un tiempo en que las vacaciones duraban tres meses. Llegábamos a Garrucha (Almería), cargados de maletas como si nunca fuéramos a volver. En la puerta de casa de la abuela descargábamos las maletas, en pleno centro del pueblo, y tu llegada se sabía a los cinco minutos, poco quedaba para que tus amigas aparecieran para secuestrarte durante tres meses.

Comenzaba un verano lleno de planes: barbacoas en la playa, cuya banda sonora era 'More than words', de Extreme, y acababan en tu primer beso, o tardes interminables jugando al mus, noches de cine de verano, los madrugones para ir a la escuela de vela o los eternos castigos en la terraza de casa por hacer alguna inocente fechoría.

Hubo un tiempo en que éramos invencibles a los diecisiete, creyéndonos los más adultos y maduros del mundo. Fumando por primera vez o saliendo con algún amigo de tu hermano mayor, cotilleo que, no sabes por qué, llegaba a tus padres en la playa al día siguiente más rápido que un mensaje a través del 5G.

Hubo un tiempo en que no había móviles, ni wifi, en que me encantaba el verano, y todo eran llantos a finales de septiembre al volver a Murcia. Era entonces cuando llegaban las cartas de más de seis folios al chico que te gustaba o a tu amiga del alma, donde les hacías saber que solo ellos te entendían, y el mundo estaba confabulando contra ti.

En veranos como hoy en los que todo quedó atrás, hay escasas dos semanas de vacaciones y no queda nada de aquellos maravillosos años, pienso en la maldita madurez y el paso del tiempo. Pienso en ser pequeña y volver a esos años en los que nada importaba. Pienso en la inocencia de no saber por qué no tocaba, pienso en volver a tener diecisiete y vivir un amor de verano. Pienso en Garrucha, en la casa de la abuela, y las mecedoras en la puerta. Pienso en ese verano eterno.