EL SABIO RUBÉN

Julio López
JULIO LÓPEZ

Hace poquico, nuestro admirado Rubén García Bastida rememoraba en estas páginas la placidez de los veranos, cuando en la infancia luchábamos por llegar a «la raya azul», esa frontera imposible que nos otorgaba la pátina de ser iguales entre nuestros semejantes.

En el mismo relato hubiéramos podido encontrar 'el camión del tapicero', 'el afilaor', los 'ajos gordos de san Juan' o los 'auténticos melones de Pacheco', junto a las frases «no sé si me quedo quince días o ya todo el mes», «mi cuñada no sé cuándo aparecerá» y «otros años no hacía tanto calor, ¿verdad Carmen?».

Todos estos ingredientes forman parte de una coral que, en la vida de las familias humildes, grababa a fuego el sentimiento de pertenencia a la orilla interior del Mar Menor, donde habitualmente veraneamos los pobres.

Los mismos pobres que en los últimos años han denunciado la especulación urbanística, la suciedad de las playas, los vertidos contaminantes, la agricultura ilegal o la desaparición del caballito de mar y la raya azul.

Los mismos pobres que se han encarado con un gobierno que lleva un cuarto de siglo tocándose los huevos porque el interés por el futuro de la laguna se la trae al pairo. Los mismos que, con pocos y precarios medios, paralizamos la recalificación de las lindes de Calblanque, hundimos Puerto Mayor y preservamos el carácter público del faro de Cabo de Palos.

Nada le debe esta tierra a los que estos días repiten gobierno. Y nada esperamos de sus promesas y discursos. Porque la experiencia nos ha enseñado a equipararlos, a ellos y a sus supuestas «leyes integrales», a la misma veracidad que tenían los ajos gordos de san Juan o los auténticos melones de Pacheco. Con megáfono pasaban a diario por nuestras calles, aunque todos los vecinos supieran que eran robados.