La penúltima

Belén Unzurrunzaga
BELÉN UNZURRUNZAGA

Déjenme que les susurre al oído como Bill Murray a Scarlett Johansson (en 'Lost in translation') lo que han sido estos diez años en Murcia para mí, ahora que me marcho.

Se ha especulado sobre qué se dicen Bill y Scarlett en ese instante de despedida tras haber vivido una de las historias de amor platónicas más bonitas que el cine ha dado; igual que yo he tenido con Murcia. Un amor platónico que ambos sabíamos que nunca sería, muchas citas, pero nada serio. Un amor gobernado por la mediocridad, puritanismo y la acidez, culpa de los prejuicios, que han hecho que cada vez sienta hastío en vez de amor. Una experiencia dura vivida, la crueldad de una enfermedad que ha arrasado con todo, pero queda la paz y el profundo amor sincero que da la madurez y el soltar.

Pero como en toda relación, lo mejor que me llevo es la gente con la que he trabajado, reído, me he emborrachado, llorado, he amado y hasta caído (con puntos incluidos).

Los aperitivos en La Bien Pagá, las visitas a David en Alborada, mi casa. O escaparme a mi rincón secreto, La Cábala. La ruta imprescindible, mis queridos Pedro y Luis, ese templo de la amistad, los quintos fríos, el vermut granizado y las cebollas con anchoa, Casa Luis de La Rosario y mi sombrero. Los piropazos, Bin Laden y muestras sin valor de los hermanos de la Taberna Salzillo. Sin que falten un parlamentario y unos mejillones. Ser feliz en el Warm Up, bailando con los mejores, los de siempre... O las noches junto a mi colectivo opresor favorito en Pepe el de los Jamones o cualquier excursión en la que acabábamos haciéndonos fotos de portada de disco de grupo indie. Mis escapadas a Yecla. O las cenas a tope de curry. Y me van a permitir que dé las gracias (a los medios de comunicación). Me habéis dado la oportunidad de expresarme sin tapujos.

De cada historia de amor, lo mejor es recordar los buenos momentos y desechar los malos. Sin rencor, ni despedidas. Solo tomemos la penúltima, porque nunca se sabe dónde tomaremos la última. Este, sin duda, sería mi cierre perfecto a esa despedida en Tokyo. Tú y yo, un beso y un susurro que dice: «Nos volveremos a encontrar».