Andrés Pedreño: «Fui testigo de la tragedia de lasTorres Gemelas»

El sociólogo y diputado Andrés Pedreño, en Águilas. / Jaime Insa / AGM
El sociólogo y diputado Andrés Pedreño, en Águilas. / Jaime Insa / AGM

Sociólogo, diputado de Podemos en la Asamblea Regional, encuentra la felicidad en el corazón del bosque; caminando por senderos en los que se respire paz

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

En 'El amante', Marguerite Duras incluye una de sus frases magníficas: «Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde». Andrés Pedreño, admirador de la escritora en lengua francesa, vive un momento en el que tiende a degustar cada detalle que le sirve en bandeja la cotidianidad. Sociólogo, diputado de Podemos en la Asamblea Regional, encuentra la felicidad en el corazón del bosque. Caminando por senderos en los que se respire paz. Pacíficamente, sin ese desasosiego alucinante que habita en 'El bosque de la noche' de Djuna Barnes.

1. ¿Un sitio para tomar una cerveza?
En el Rockola Summer Club, en La Azohía.
2. ¿Una canción?
'La dansa de la primavera', del álbum 'El cor del temps' (1997), de María del Mar Bonet.
3. Libro para el verano.
'La Odisea', de Homero.
4. ¿Qué consejo daría?
Nunca hagas algo de lo que te puedas arrepentir.
5. ¿Cuál es su copa preferida?
'Gin tonic'.
6. ¿Le gustaría ser invisible?
No.
7. ¿Un héroe o heroína de ficción?
Jenny la de los piratas (creación de Bertolt Brecht).
8. Un epitafio.
[Ninguno]
9. ¿Qué le gustaría ser de mayor?
Jubilado en La Azohía.
10. ¿Tiene enemigos?
Creo que no.
11. ¿Qué detesta más?
La explotación.
12. ¿Un baño ideal?
Calblanque.

-¿Dónde nació usted?

-En Cartagena, Región de Murcia, en 1967.

-¿En qué momento se encuentra?

-Cumplidos los 50 años, tengo muy claro que en una segunda fase de la vida, digamos que entrando en la madurez [sonríe].

-¿Y eso qué conlleva?

-Que se acabó esa idea de un tiempo infinito a nuestra disposición y, por tanto, hay que tomarse las cosas de otro modo. Por ejemplo, ya no son tan importantes los proyectos a largo plazo. Yo, ahora, lo que procuro es vivir con más intensidad y prestándole más atención al día a día. Mi ideal de vida en esta nueva fase es: aprovechar lo bueno que te ofrezca cada momento, disfrutar del lugar en el que estés y de la compañía que tengas, y recrearme todo lo posible en lo poético que tiene la cotidianidad. Estoy más que nunca atento a los detalles, un poco en plan Marcel Proust en busca del tiempo perdido. Estoy aquí, ahora, y eso es lo que tengo. Y eso incluye ese rayo de sol maravilloso que se está proyectando sobre la mesa en estos momentos.

-¿Ha hecho mucho el primo en la vida?

-[Risas] En mi vida he hecho de todo. Cuando era más joven, y llevaba una vida mucho más ajetreada, seguramente hice bastantes tontadas, sí.

-¿Recuerda alguna en especial?

-¡Claro! Estuve a punto de matricularme en Enfermería, para la que no solo no tengo la más mínima vocación, sino para la que no sirvo en absoluto. Fue una de las grandes tontadas del siglo que podrían haberse producido. Mi amigos se ríen cuando hablamos de ello, porque todos somos conscientes de que yo hubiese sido, sin la menor duda, el peor enfermero del mundo.

-¿Tiene conocimientos de primeros auxilios?

-¡Nada, nada, ni idea!

-¿Qué niño fue usted?

-Ni el más tonto, ni el más listo. Pertenecía a esa gran clase media que había en todas las clases de los colegios.

-¿Qué recuerda de su infancia?

-Para mí, la infancia son los veranos en el Campo de Cartagena: los algarrobos, las pandillas, los caminos, las bicicletas, las hogueras de San Juan...; todo un mundo de sensaciones que se ha perdido. Me estoy mudando de casa, y he tenido que pasar unos días en la de mis padres. Ha sido, un poco, como regresar en el tiempo y comprobar el cambio tan impresionante que se ha producido en el paisaje que yo conocí: toda aquella vegetación, aquellos árboles. Me entró cierta melancolía.

-¿Qué ha sido usted siempre?

-Un contador de historias. Soy el mayor de tres hermanos, y recuerdo que siempre les estaba contando historias; les contaba películas que se suponía que había visto, pero que me las inventaba; e historias que supuestamente había leído en los libros, pero que también me las inventaba. Mi imaginación no tenía fin [risas].

«El murciano es una persona que tiene una vivencia de su territorio extremadamente negativa»

«Estuve a punto de matricularme en Enfermería. Hubiese sido, sin la menor duda, el peor enfermero del mundo»

-¿Primer amor, primer dolor?

-Pues... en mi caso, sí. Fue una primera relación seria muy convulsa, que reconozco que me dejó una huella negativa. Éramos muy jóvenes, yo estaba recién llegado a la facultad. Teníamos demasiados pájaros en la cabeza y nos hicimos daño. Cuando nos separamos, me dije: 'Nunca más me dolerá una relacion amorosa'. Pensé que tenía ya una especie de costra que me iba a hacer inmune a todo, y qué va.

-¿Qué le gusta?

-Me gusta estar solo, pero nunca he sido un solitario; creo en la pareja y me gusta la vida en comunidad.

-¿Qué no es?

-No soy narcisista, aunque he aprendido a apreciarme.

-¿Qué no le gusta de usted?

-A veces me percibo como demasiado autosuficiente. Y cuando eso sucede, no me gusta nada. Es que no es verdad que lo sea.

-¿Es de fiar?

-Soy de fiar. También soy disciplinado y una persona que se toma en serio sus responsabilidades y que no cambia continuamente de criterio. Si me embarco en algo, me embarco hasta el final.

-¿Qué le altera?

-Que me lleven la contraria, incluso que me la lleve mi hija [risas], me genera irritación, ira... Sé que tengo que contenerme y, por suerte, he aprendido a hacerlo. Para ello me ha servido también la política parlamentaria, que es un ejercicio muy interesante para aprender a contenerse.

-¿De qué no se olvida?

-En 2001 pasé unos meses en Nueva York. Fui testigo de la tragedia de las Torres Gemelas el 11-S, las vi derrumbarse desde la terraza de un edificio en Brooklyn, en el que vivía de alquiler en unos metros del 'loft' de un artista vasco. Nos avisaron por teléfono de que se había estrellado un avión y todos subimos a la terraza. Nunca lo podré olvidar, vi ardiendo la primera y le dije a mi amigo Iñaki: '¡Se va a desplomar!'. Aquellas imágenes se me quedaron grabadas. La noche anterior, en la que diluviaba, yo había estado en el lugar del atentado...; ¿cómo imaginarte que podría pasar algo así? De los días posteriores, el olor en las calles tampoco se me olvidará: no era solo a plástico quemado, también lo era a carne humana... Y los sonidos de las sirenas... También me impactó muchísimo la solidaridad entre la gente, el dolor y la tristeza colectivos por las víctimas, la gratitud que recibían los bomberos, el personal sanitario, los policías... Es curioso, el 11-S hizo que me enamorase más todavía de Nueva York.

-¿Qué reconoce?

-Tengo predisposición a tener cierta percepción trágica de la vida; la he heredado de mi padre, que nació bajo los bombardeos de Franco. Vivía en los Molinos Marfagones, en Cartagena, y siempre cuenta que estando en la cuna le cayeron tejas del techo durante uno de los ataques. Eso no quiere decir que yo sea una persona ni triste, ni pesimista; al contrario, soy de los que piensan que podemos reponernos de todo.

-¿Qué es lo mejor?

-La gratitud.

-¿Y lo peor?

-El resentemiento es lo peor que nos puede pasar, como individuos y como sociedad. Yo lo he conocido, y me parece que es muy poco productivo. Y aplicado a la política, desastroso.

-¿Qué le hace feliz?

-Soy feliz caminando por la montaña, muy feliz.

-¿Lo mejor que le ha pasado?

-Mi segunda relación de pareja formal, sí, sí. Enamorarte con cuarenta y tantos años, cuando ya piensas que tienes demasiadas costras en el cuerpo, es algo realmente maravilloso. Enamorarte como un crío total, ¡menudo regalo de la vida! [Sonríe]

-¿Qué es verdad?

-Hombres y mujeres somos igual de vulnerables.

-¿Hay un Más Allá?

-No lo creo.

Desigualdad

-¿Hay Dios?

-Dios somos nosotros. Dios ha sido una forma de representar la capacidad colectiva que tenemos de hacer cosas; por ejemplo, de hacer el bien.

-¿Orgulloso de nuestra especie?

-No. Hay un momento de la Humanidad, que no sabría precisar exactamante, en el que nuestra especie adquirió la capacidad de transformar el clima; y eso nos está conduciendo a una catástrofe. Además, en estos momentos, como seres humanos, hemos generado una sociedad en la que las fracturas son enormes, con unos niveles de desigualdad alarmantes. Estamos inmersos en una dinámica muy destructiva. Para bien y para mal, el planeta y el resto de especies dependen de lo que nosotros hagamos. Ojalá pudiéramos invertir esa dinámica destructiva a la que me refiero.

-¿Somos insignificantes?

-Vivimos en un planeta insignificante en mitad del cosmos, y tampoco estaría mal que de verdad asumiésemos esa insignificancia.

-¿Qué es una belleza?

-Ver a las águilas volar.

-¿Qué libro es para usted muy especial?

-El que más he releído es 'La vida tranquila', de Marguerite Duras.

-¿Qué no existe?

-Los padres perfectos.

-¿Usted qué tal padre es?

-[Sonríe] Mejorable. Los hijos exigen una paciencia infinita, y yo estoy seguro de que no la tengo.

-¿Cómo lo está haciendo Pablo Casado?

-Si de lo que se trata es de agitar la adrenalina de su electorado, bien. En ese sentido, a través de un discurso un poco incendiario, con respecto a temas como la inmigración y Cataluña, está haciendo un llamamiento acertado al rearme emocional e ideológico a los suyos.

-¿Qué no debería hacer la izquierda?

-La izquierda apuesta por el cambio, por la transformación, y a veces se nos escapa que hay valores antropológicos que tienen que conservarse. La izquierda no debería dejar que determinadas concepciones humanas, como la familia y la patria, por ejemplo, se queden exclusivamente en lecturas de derechas. Yo defiendo claramente la familia, la importancia del núcleo familiar, aunque entiendo que hay una diversidad amplísima de familias; por ejemplo, yo tengo eso que llaman los franceses una familia reconstituida. Mi pareja tiene una hija, y yo tengo otra.

-¿Toros?

-Nunca he ido, pero no me opongo a ellos

-¿Fútbol?

-Soy del Cartagena y del Barça.

-¿Le queda mucho a Podemos de inmadurez?

-Podemos ha madurado muy rápidamente, y lo que creo es que ahora tenemos que afrontar las malas digestiones que hemos tenido en ese proceso de maduración.

-¿Cómo es el murciano tipo?

-El murciano es una persona que tiene una vivencia de su territorio extremadamente negativa. Fíjese: los Picos de Europa están vinculados a la figura de Don Pelayo, la Generación del 98 hace de Castilla toda una poética, y así...; sin embargo, la Región de Murcia se representa a sí misma como un territorio seco, árido, que necesita del agua que llegue de fuera. Tiene una percepción muy negativa de su territorio y de su patrimonio. Me sorprende mucho, por ejemplo, el verbo arramblar, que es muy murciano; en vez de entender la rambla como un espacio público, de todos, la entendemos como ese lugar en la que dejas la chatarra, como un espacio de nadie del que nos podemos aprovechar, que podemos desviar o llenar de basura. Y la verdad es que la Región de Murcia tiene un gran patrimonio, tanto natural como cultural.

-¿Dónde se va?

-A China.

-No será huyendo del calor, porque lo lleva claro. ¡Prepárese!

-¡No me diga eso, no me lo diga! No soporto el calor.

-Ok. No le he dicho nada. -[Risas] Se lo agradezco.