Jesús de la Peña: «Antes llevaba fatal las críticas»

Jesús de la Peña, en la piscina de unos amigos, en Murcia. / Martínez bueso
Jesús de la Peña, en la piscina de unos amigos, en Murcia. / Martínez bueso

«Siempre he sido muy enamoradizo, desde niño. Ahora estoy enamorado de mi mujer», cuenta el director del Centro Cultural Puertas de Castilla de Murcia

Rosa Martínez
ROSA MARTÍNEZ

Venecia es un buen lugar para merendar. Al menos para Jesús de la Peña (Murcia, 1976), quien ha visto caer el sol desde la Basílica de Santa Maria della Salute 87 veces. Conoce bien el trayecto que separa las ciudades italianas porque lo realizó «muchas veces» durante una estancia universitaria en el país mediterráneo. Lleva 15 años recorriendo los pasillos y habitáculos del Centro Cultural Puertas de Castilla de Murcia y seis a su frente. Es padre de cuatro hijos, a veces se maquilla, y tiene en agenda «cuidar a los amigos».

-¿Se siente afortunado?

-Sí, a todos los niveles. Mi familia es una maravilla y trabajar en lo que te gusta siempre es una fortuna.

-¿Cuál es su gran pasión?

-Ahora mismo, disfrutar de cada uno de los momentos del día. Pero si te refieres a nivel cultural, el cine, soy un cinéfilo absoluto. Todo lo relacionado con el cine me flipa.

-¿Un sitio para tomar una cerveza?
-Efeme, en Murcia.
-¿Una canción?
-'La Cura', de Franco Battiato.
-Libro para el verano.
-'Codex Seraphinianus'. Anónimo.
-¿Qué consejo daría?
-No doy consejos.
-¿Cuál es su copa preferida?
-Güisqui solo sin hielo.
-¿Le gustaría ser invisible?
-Sí, ser invisible sería la leche.
-¿Un héroe o heroína de ficción?
-Batman.
-Un epitafio.
-Memento Mori.
-¿Qué le gustaría ser de mayor?
-No lo sé, pero sí envejecer con dignidad.
-¿Tiene enemigos?
-Seguro que sí.
-¿Lo que más detesta?
-La falsedad.
-¿Un baño ideal?
-En Caños de Meca.

-¿Qué le atrae?

-El sonido. Parece una tontería, pero me emociona poder escuchar cómo se enciende una cerilla o cómo cae una gota de agua. Y si, además, hay una banda sonora espectacular, mejor.

-¿Qué película le impresionó?

-'El baile de los vampiros', de Roman Polanski. Puedo haberla visto 40 o 50 veces. Esa película marcó muchas líneas en mi vida: me ayudó a superar miedos, y a darme cuenta de que te podían contar una historia muy chula en poco tiempo. Para mí es una cinta redonda.

-¿A qué tenía miedo?

-Como cualquier niño, a todas las historias raras. Siempre he sido muy curioso y me ha llamado la atención lo extraño. Me daba miedo, pero a la vez, me fascinaba, y seguía adelante. Nunca he dejado a medio una película, aunque no me gustara nada. Decía: 'Si empiezo, acabo'. Y eso me ha pasado con todo, con los estudios, con mis relaciones de pareja, con todo. Era muy cabezón.

-¿A qué misterios le gustaría dar respuesta?

-¿Dar? A ninguno, aunque me llama mucho la atención el universo, si es o no infinito, porque he leído mucho en torno a ello y no lo tengo claro.

-¿No seguir un patrón establecido, a qué le ayuda?

-A tener más creatividad. Por ejemplo, montar una exposición para mí es muy sencillo porque, además, hay unos cánones, pero yo intento salirme fuera. Hay veces en las que cojo el andamio y miro desde arriba; es una visión imposible para el espectador pero te puede dar una visión diferente a la establecida.

-¿Cómo ha sido su trayectoria?

-Nunca he sido un buen estudiante. Hace un tiempo me llamaron de la Universidad de Murcia para dar una charla a alumnos de Historia del Arte. Llamaron también a [el escritor] Miguel Ángel Hernández, que fue compañero mío, y a otro chico de una promoción posterior que había hecho un doble doctorado en la Universidad de Boston, y, claro, yo pensaba: '¿A quién se le habrá ocurrido llamarme a mí?', porque, para empezar, allí estaban todos mis profesores, pero ninguno de los cantineros de la Universidad, y yo he pasado más tiempo en la cantina que en las clases.

-¿Qué tenía claro?

-Que no quería ser arquitecto, ni médico ni biólogo. Mi padre me dijo una cosa súper chula que ahora se la traslado yo a los chavales que no saben qué hacer, y es: 'Estudia lo que quieras y trabaja donde puedas'. De hecho, yo terminé Historia del Arte y el primer trabajo que me salió fue en una empresa de telecomunicaciones para hacer proyectos de infraestructuras técnicas, que era algo que sabía hacer porque había estudiado ciencias puras en el Bachillerato. Después me metí en un equipo para restaurar la catedral y la basílica de Santiago de Orihuela, y estando en el andamio me enteré que había salido aquí, en el Puertas, una plaza de azafata, y me vine a hacer la entrevista.

-¿De azafata?

-Sí, el Puertas estaba recién abierto y necesitaban gente. Cuando llegué, me encontré con Marta [López-Briones, anterior directora del centro]; justo se había ido su adjunto a la dirección, y me cogió a mí. Ella me enseñó todo lo que hay que conocer dentro del mundo de la gestión cultural, desde tocar los cielos hasta los infiernos. Luego me saqué la oposición, me quedé primero, y cuando Marta se incorporó a la Comunidad, seguí yo.

-¿Cuáles son los infiernos?

-El día a día de los proyectos que no tienen nada que ver contigo, proyectos que no se adecúan al espacio en el que tú estás, y sin embargo llegan, porque la gente no sabe exactamente dónde estás tú y dónde están ellos. Gestionar ese tipo de emociones es complicado.

-¿Cómo se lleva con el ego?

-El propio lo domino bastante, porque trabajo en ello, y con el de los demás..., bueno, la vida te enseña a ver en diferentes cuerpos las mismas cabezas, y cuando alguien entra sabes perfectamente en qué nivel está. De lo que me he dado cuenta es de que cuando más grande es una persona menos ego tiene. Lo he visto en muchos artistas internacionales de los que piensas: 'Van a ser intocables', y te sorprenden.

-¿Qué le ha enseñado este centro?

-Creo que es mi vida. Al principio me atrapó. Entraba a las ocho de la mañana y me iba a las doce [de la noche], cuando terminaba todo. Decía: 'No puedo montar un espectáculo y no quedarme a verlo'. La parte de gestión me emociona, pero también ver el resultado. ¿Cuál es el problema? Que al final ves los fallos. Me cuesta disfrutar de los espectáculos que programo.

-¿Quién le ha impresionado?

-Bill Viola, por su sencillez, su trato amable, su espiritualidad y su forma de entender la vida. [Abbas] Kiarostami también me emocionó, pero no por eso, sino porque veía cosas donde tú no las veías; y luego, gente que no es conocida, como Jorge Albuerne, un circense 'okupa' que vino una vez al Puertas, o Francisco López [creador de la Fonoteca], que es un tío con el que me apasiona hablar; Moisés Yagües, Diego Lizán, no sé, la lista sería interminable.

-¿Cómo lleva las críticas?

-Pues al principio las encajaba muy mal y me sorprendían, porque cuando pones toda la carne en el asador y pones tu corazón, y a tu alrededor aparecen un montón de puñales... lo llevaba fatal. Ahora entiendo que todos podemos tener un punto de vista. Lo que siempre he intentado con la persona que me critica es sentarme con ella; acepto una crítica, pero de forma abierta, no por detrás. Es parte de la exposición pública, y lo aceptas, aunque no vaya en el sueldo, porque no va.

-¿Qué ocurre con el IBAFF?

-El festival es un proyecto que nació de una manera muy especial, de una reunión con Gonzalo Ballester. Programamos un ciclo de cine iraní e invitamoa a Mahmoud Reza Sani. Cuando vino nos preguntó si esta era la tierra de Ibn Arabi. Le contestamos que sí, y entonces nos dijo que [el director de cine] Majid Majidi era un enamorado de Ibn Arabi y que si le diéramos un premio vendría. Pensamos: '¿Cómo va a venir aquí si le acaban de nominar a un Oscar?'. Y así nació el festival. La primera vez que vino Kiarostami, el certamen tenía un presupuesto irrisorio. Después comenzó a tener nombre e interés, no por el cine que se proyectaba, sino por la gente que venía. Cuando estuvo aquí Bill Viola, tuvimos un mega presupuesto, y hablo de 230.000 euros, pero llegó la crisis. El festival pertenece a la administración pública, se rige por los contratos de la administración, y depende de ella. La administración siempre paga, pero se dilata en el tiempo, y entiendo que una persona que no cobra se queje, porque uno tiene que pagar facturas y comer.

-¿Cómo desconecta?

-Me cuesta bastante. Lo consigo en las noches que yo llamo eternas. Ese momento en el que los críos y las crías se van a la cama, mi mujer se va a la cama, y yo me quedo despierto con un café, un té, un vaso de agua o lo que toque, sin tele ni ordenador, hasta que se hace de día. Ver amanecer es espectacular.

-¿Cuánto tiempo ha llegado a estar sin dormir?

-Quizá, cerca de 50 horas, y sin drogarme, ¡ehh! [Risas]. A mí las drogas nunca me han llamado la atención. Me gusta beber, fumar, pero las drogas no. Respeto a quien quiera fumarse un porro, pero no lo veo en mi cuerpo. Cuando me he tirado tantas horas sin dormir es porque lo necesitaba. Yo hay veces que necesito no dormir, y la gente que me conoce lo sabe. Luego, soy capaz de dormirme en una raya de un lápiz, y me juego con quien quiera a que yo descanso más durmiendo tres horas que otros durmiendo ocho.

Felicidad

-¿Qué significan sus tatuajes?

-Tengo varios. Este [señala su brazo izquierdo] son mis dos hijas, Martina y Elisa, y el que llevo en la espalda es mi mujer.

-¿Cuántas veces ha estado enamorado?

-¡Un montón! Siempre he sido muy enamoradizo, desde niño. Si no estaba enamorado de la chica de mi clase, era de la de la clase de al lado; el amor entendido desde el nivel de niño, claro. Ahora estoy enamorado de mi mujer, y lo sé porque es la felicidad continua. Me levanto feliz todos los días, y me acuesto feliz todos los días.

-¿Cómo es como padre?

-Creo que lo doy todo, y todo es todo. Soy el típico padre que se levanta a hacer los desayunos, lee las agendas, prepara mochilas, prepara ropa, juego, leo cuentos, y lo hago porque me flipa. Antes no sabía hacerlo, pero ahora cuando llego a casa dejo el móvil a un lado y le dedico todo el tiempo a mis hijos.

-¿Cuántos tiene?

-Tengo dos niñas y dos niños gemelos, de 9, 8 y 7 años. Tuve primero a las chicas, me divorcié, y luego conocí a mi mujer y llegaron los pequeños. Convivimos los seis y somos muy democráticos. En casa hay normas y ellos lo saben, y también que hay tiempo para todo. Nosotros no tenemos internet, ni tablet, creo que no es el momento, pero sí un montón de juegos. Yo me lo paso bomba jugando con mis hijos, me los llevo a patinar, a la playa...

-¿A quién le debe mucho?

-A mi familia, cada uno en su medida, y a mis amigos. Tengo la suerte de tener muchos amigos que pondrían el cuello por mí, y lo curisoso es que entre ellos no se llevan porque son muy diferentes.

-¿El maquillaje es solo para las mujeres?

-No. Yo me maquillo y me pinto las uñas, no como lo haría una mujer, pero me las pinto. Y los críos y las crías me imitan. ¿Por qué no? Me gusta el cambio, cómo te cambia el ojo con una raya. Es como las faldas, las considero una prenda de vestir muy cómoda; es más, hace poco le decía a mi mujer: '¡Tengo más faldas que pantalones!'.

-¿Y las comparte?

-Sí, claro.