El Papa destaca que la política debe ser «un antónimo de la corrupción»

El Papa Francisco al ser recibido por el presidente de Panamá, Juan Carlos Varela, y la primera dama, Lorena Castillo./EFE
El Papa Francisco al ser recibido por el presidente de Panamá, Juan Carlos Varela, y la primera dama, Lorena Castillo. / EFE

En su segundo día en Panamá, Francisco pide «transparencia» a los gobernantes y lamenta la «plaga» de feminicidios

DARIO MENOREnviado especial. Ciudad de Panamá

La clasificación de las ciudades más peligrosas del mundo ubicadas en países donde no se libra una guerra abierta está copada por urbes de Centroamérica y el Caribe. En su segundo día en Panamá, donde participa en la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), el papa Francisco afrontó dos de los problemas más graves de la región, como la violencia y la corrupción, y lanzó un mensaje dedicado a las élites políticas y económicas del pequeño país centroamericano que alberga este encuentro multitudinario de jóvenes católicos. Les invitó a comportarse con una mayor «cultura de la transparencia».

Jorge Mario Bergoglio optó por esa elegante manera para criticar la opacidad y el secretismo que durante décadas hicieron de Panamá un paraíso fiscal. También respondió así a quienes le pedían un gesto con el expresidente panameño Ricardo Martinelli, arrestado en 2017 y posteriormente extraditado a Panamá, donde se encuentra en prisión preventiva por organizar una estructura financiada con dinero público para espiar a miembros de la oposición. Los hijos de Martinelli se vieron además implicados en la trama de corrupción montada por el gigante empresarial brasileño Odebrecht en América Latina.

En su discurso a las autoridades panameñas en el Palacio Bolívar, el Papa dijo que quien ejerce un liderazgo en la vida pública está llamado a comportarse con «autoridad y transparencia» y a llevar una vida que sea un sinónimo de «honestidad y justicia» y «antónimo de cualquier forma de corrupción». Sus palabras fueron aplaudidas por las alrededor de 700 personas presentes, entre los que estaba el presidente panameño, Juan Carlos Varela. El líder del pequeño país latinoamericano agradeció al Papa sus anteriores llamamientos para que los políticos sean «capaces y honestos» y ejerzan su «altísima vocación» como una forma de «caridad» y de búsqueda del «bien común». Pese a estas palabras, Varela no está libre de pecado. Su Gobierno se ha visto salpicado por casos de corrupción y él mismo intentó volver a presentarse a las elecciones presidenciales, que se celebran en mayo, aunque no puede hacerlo porque en Panamá la reelección inmediata está prohibida.

Los conflictos

El Papa también habló de los problemas de Centroamérica en su discurso a los obispos de esta región en la iglesia de San Francisco de Asís, situada en el casco viejo de la capital panameña. Este barrio está en plena remodelación y ha pasado en los últimos años de ser una zona marginal a convertirse en una meta predilecta para los turistas extranjeros. Al hablar sobre los conflictos «de no rápida solución» que afligen a la región incluyó la violencia doméstica y los feminicidios, que consideró una «plaga en nuestro continente».

También habló de las bandas armadas, un problema especialmente grave en países vecinos como El Salvador o Guatemala, donde imperan pandillas criminales conocidas como 'maras'. Francisco relacionó estos grupos, el narcotráfico y la explotación sexual con el «desmadre» de las sociedades locales, donde impera una cultura «sin madre» que dejó «huérfanos a los jóvenes».

A los obispos centroamericanos Bergoglio les pidió que sostuvieran y apoyaran a su juventud para «robársela a la calle antes de que sea la cultura de muerte la que, vendiéndoles humo y mágicas soluciones, se apodere de ellos». También invitó el Papa a las Iglesias locales a que ofrezcan «hospitalidad fraterna y acogedora» a los inmigrantes que cruzan la región en busca de un futuro mejor en Estados Unidos. Puso una vez más como ejemplo a seguir en la dedicación a los oprimidos a Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador asesinado en 1980 por un francotirador mientras celebraba misa y al que canonizó el pasado octubre.