El Mont Blanc se desmorona

Un grupo de montañeros asciende por el corredor Goûter, de la vía normal del Mont Blanc, el pasado mes de agosto./ reuters
Un grupo de montañeros asciende por el corredor Goûter, de la vía normal del Mont Blanc, el pasado mes de agosto. / reuters

El ascenso de las temperaturas pone en alerta al techo de Europa al agravar el riesgo de avalanchas de piedras. El calor hace retroceder los glaciares y debilita la capa de nieve y hielo que sustenta la rocas

JAVIER MUÑOZ

El 24 de julio de 1760, un joven aristócrata de Ginebra quedó fascinado por el macizo del Mont Blanc. Se llamaba Horace Bénédict de Saussure y se empeñó en medir y escalar aquella majestuosa cumbre de los Alpes situada entre Francia e Italia. Los eruditos están de acuerdo en que de esa obstinación surgió el alpinismo y con él los 'conquistadores de lo inútil', que es como el escalador Lionel Terray describió a sus colegas en el siglo pasado. Realmente, Saussure era un naturalista y geólogo que tan sólo ofreció una recompensa -veinte táleros- a quien llegara arriba. Sin embargo, la proeza no se logró hasta el 8 de agosto de 1786, cuando la cima del Mont Blanc fue hollada al fin por dos vecinos de la población francesa de Chamonix, Jacques Balmat y el doctor Michel Gabriel Paccard. Este último ascendió provisto de un barómetro aneroide para verificar su funcionamiento a aquella altitud, 4.807 metros, el punto más alto de Europa.

Más de dos siglos después, en 2003, el escritor Robert Macfarlane escribió en su ensayo 'Las montañas de la mente': «Todos los veranos, en la temporada de escalada de Chamonix, muere una media de una persona al día. Nadie sabe que esas personas se han ido (...) La única clave es el ronroneo de las hélices de rotor, cuando los helicópteros de rescate cortan el aire por encima de la ciudad».

La fascinación de Saussure hizo que el Mont Blanc dejara de ser una 'montaña maldita', que era el apelativo de esa mole laberíntica de granito en el siglo XVIII. Sin embargo, el turismo la acabó transformando en un espacio de ocio activo masificado, donde de todos modos la muerte nunca dejó de estar presente. Tan presente que en las últimas décadas casi se había 'normalizado' y se había dejado de pensar en ella (más de mil personas habían perdido la vida en ese macizo alpino hasta finales del siglo pasado). Pero con el cambio de centuria un nuevo factor entró en escena e incrementó los riesgos. Se trata del calentamiento global, que está provocando un retroceso de los glaciares y despojando al suelo del manto de nieve y hielo que lo sustenta. Y en ese proceso el corredor Goûter, un lugar de la vía normal del Mont Blanc por donde pasan miles de aficionados todos los años, y donde han fallecido 102 personas entre 1990 y 2017, se ha convertido en un lugar más expuesto a las avalanchas de rocas de lo que ya lo estaba.

En septiembre se midieron 5 grados en la cima y 11,5 en L'Aiguille du Midi

El fenómeno ha merecido la atención del diario 'Le Monde', que ha recogido varios testimonios de cómo 'llueven' las piedras debido a un fenómeno acrecentado por las olas de calor de los últimos veranos. Una de las más notables se produjo en julio de 2015 y entonces hubo que suspender, una vez más, las ascensiones al Mont Blanc por la ruta normal, después de que un montañero falleciera al ser golpeado por unas rocas.

Primera cima

Jacques Balmard y Michel Gabriel Paccard en 1786
Fueron los primeros en conquista el Mont Blanc. Paccard llevó un barómetro aneroide y permaneció con su compañero en la cumbre durante media hora para comprobar cómo funcionaba ese instrumento.
102
personas han fallecido y otras 230 han resultado gravemente heridas en el corredor Goûter durante el periodo comprendido entre 1990 y 2017. Esa zona, que forma parte de la ruta normal del Mont Blanc, une los refugios de Tête Rousse (3.167 metros) y de Goûter (3.835).
1820
es el año en que se produjo el primer accidente mortal en el Mont Blanc. Se trataba de la ascensión número diez y se desarrolló con mal tiempo. Una avalancha de nieve mató a tres de los trece guías, cuyos restos se encontraron cuatro décadas después en un glaciar.
El techo de la Unión Europea
Con una altitud oficial de 4.810 metros, el Mont Blanc es el punto más elevado de la Unión Europea y uno de los más altos de Europa, superado solo por varias montañas de Rusia y Georgia. Forma parte del macizo homónimo que se extiende entre el valle de Aosta, en Italia, y el de Alta Saboya, en Francia.

Lejos de remitir, la canícula también ha sido especialmente intensa en 2017 y durante este año, con unas consecuencias que están siendo profusamente descritas por los científicos. Sus explicaciones se remontan a los pasados años ochenta, cuando al corredor Goûter (hay un refugio de ese nombre situado a algo más de 3.800 metros) lo resguardaba una cobertura de nieve y hielo. Sin embargo, el ascenso de los termómetros la ha debilitado en los últimos tiempos. La nieve sigue regresando en invierno, pero al no tener hielo se funde más rápido y desaparece más o menos a comienzos de julio. Esa variación incide en el permafrost, que es la parte de suelo que se descongela todos los años, pero ahora se degrada más, volviéndose más profunda. El resto lo hace el gneis, una roca metamórfica que se desestabiliza. Transformada por la presión y el calor, carece de resistencia y se fractura.

Mejor tiempo, más gente

Lo que resulta de todo ello es un terreno que parece extraterrestre. Las pendientes se ven alteradas y los derrumbes modifican los pasos o los cierran. Paradójicamente, el buen tiempo está estimulando la presencia de más y más montañeros mientras las autoridades llaman a veces a los gendarmes para que les corten el paso por motivos de seguridad.

Sólo entre junio y octubre pasados se contabilizaron 32.223 personas en el corredo Goûter frente a 24.125 en el mismo periodo de 2017. La tendencia no tiene trazas de frenarse, porque la meteorología está siendo benigna, como se deduce de que en septiembre pasado se registraron 5 grados en la cima del Mont Blanc. Y en L'Aiguille du Midi (la Aguja del Mediodía, a 3.842 metros), el termómetro marcó 11,5 grados, lo que representa un récord desde que se efectúan mediciones.

De junio a octubre pasados hubo 32.223 personas en la ruta normal

A la vista de esta evolución del clima, entre las empresas que organizan excursiones en los Alpes se ha planteado si no es conveniente acortar la temporada de verano y adelantar las actividades para aprovechar las primeras semanas del estío. El Sindicato Francés de Guías de Montaña, que la semana pasada organizó en Niza una jornada sobre seguridad, ha tomado nota de que la campaña veraniega de este año se ha cerrado en su país con dos monitores y quince montañeros fallecidos.

Nuevos tiempos, problemas distintos, viene a ser la conclusión de muchos veteranos alpinistas tras constatar el ascenso de las temperaturas. Uno de los foros donde el impacto de ese calentamiento global -que no es el mismo en todas partes- puede debatirse es la Unión Internacional de Asociaciones de Guías de Montaña (UIAGM). A través de esa organización, los profesionales se trasladan las incidencias locales, un flujo de datos imprescindible si se considera la movilidad de los alpinistas. Por ejemplo, entre el millar de miembros de la Asociación Española de Guías de Montaña, aproximadamente medio centenar pasan todos los años en los Alpes todo el verano o una parte.

No sería la primera vez que la UIAGM lanza una alerta importante. Lo hizo el año pasado al detectarse un riesgo excepcional de avalanchas de nieve en Noruega y el norte de Suecia. De inmediato se comunicó con sus asociados y, a continuación, cada uno difundió la información en su país. Ahora el punto de mira se orienta a los Alpes. Y todo porque un aristócrata suizo ofreció una recompensa por conquistar el Mont Blanc.

«Los puntos delicados en España son mínimos»

La Asociación Española de Guías de Montaña, con un millar de miembros, asegura que las circunstancias del Mont Blanc no son trasladables a España, donde la afluencia de aficionados no alcanza la masificación de los Alpes. Según Raúl Lora, vocal de la asociación y director técnico de la escuela alpina de Gredos, «la razón de que el problema no se dé aquí es que los glaciares pirenaicos son pocos, y si dentro de ellos nos fijamos en qué rutas de montañismo o alpinismo pasan cerca, nos damos cuenta de que son menos todavía. Los puntos delicados son mínimos».

Por el contrario, prosigue Lora, en el macizo del Mont Blanc «hay muchísimas actividades y rutas que pasan por las zonas que pueden llegar a ser muy peligrosas». En la AEGM indican que ni tan siquiera el Aneto, una de las montañas a las que más gente sube en los Pirineos, puede compararse «con las ascensiones que se hacen anualmente al Mont Blanc; eso hace que se incremente el riesgo en Francia, pero aquí no ocurre lo mismo». Según Lora, «otro glaciar donde se aprecia el retroceso es la cara norte del monte Perdido. Pasa una ruta clásica, dos, pero se repiten en contadas ocasiones a lo largo del invierno. Una decena, veinte repeticiones, cuarenta personas».

 

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