Carlos Pardo lleva el color a la partitura

Carlos Pardo, ayer, en Chys, es «heredero de esa biografía sumada y sucesiva, que arranca de las cuevas cántabras y que él apura en su extremo», según Santiago Delgado./ alfonso durán / AGM
Carlos Pardo, ayer, en Chys, es «heredero de esa biografía sumada y sucesiva, que arranca de las cuevas cántabras y que él apura en su extremo», según Santiago Delgado. / alfonso durán / AGM

El artista plástico ofrece en Chys y en el Centro Párraga el resultado de un proyecto de investigación sobre pintura y música

Manuel Madrid
MANUEL MADRID

Carlos Pardo es energía, espontaneidad y capacidad de trabajo. Tanto es así que ha traducido en pintura cada nota musical. En el Centro Párraga de Murcia y en la galería Chys puede verse su última producción artística, un proyecto relacionado con la pintura y la música que hace cinco años, cuando aprendió a tocar el piano, empezó a bosquejar. Pardo es melómano practicante: siempre ha tocado la guitarra -fue alumno de Antonio Piñana-, y también se atreve con el clarinete. En la exposición de Chys, 'Acordes', muestra una colección de pinturas al óleo construidas con acordes de color. En el Párraga, dentro de una colectiva, tiene una serie de audiovisuales donde experimenta con la pintura, la fotografía y la música. Cada nota musical tiene su correspondencia con un color y, gracias a la clavecista Silvia Márquez, fundadora del grupo de música antigua La Tempestad, ha sido capaz de interpretar con pintura partituras de maestros como Bach. Un trabajo minucioso, «pues si te equivocas en una nota se descuelga toda la partitura».

«Yo siempre estoy pintando y escuchando música, y llega un momento en que acabas pintando al ritmo de la música, y con una influencia directa de lo que escuchas sobre el resultado de tu trabajo», cuenta Pardo. En Chys hay un ordenador donde se ve el trabajo que muestra en el Párraga, fruto de un año de investigación gracias a una beca del Instituto de las Industrias Culturales y de las Artes (ICA) para profesionales de las artes plásticas. En esos audiovisuales suena la música y la pantalla se va llenando de notas de color, organizadas en el espacio a su gusto a modo de paisaje, «yendo desde lo abstracto a lo figurativo». En la fantasía de Händel en Re menor, la que pictóricamente más le gusta de todas las piezas que ha construido de forma armónica, está la esencia de este pintor, «la amalgama de todo mi trabajo». «Quien conoce mis paisajes y mi trayectoria abstracta -afirma- sabe por dónde me muevo yo». Piedras, zonas desérticas, los colores de la naturaleza según su estado.

'Acordes'

Dónde
Galería Chys, dirigida por María del Mar Fernández-Delgado. C/Trapería, 11 (frente al Casino).
Cuándo:
Hasta primeros de abril.
Horario:
De lunes a sábados, 10 a 13.30 y de 17 a 20.30 horas.
Más información
sobre Carlos Pardo, que participa en estos momentos en otra muestra colectiva en el Centro Párraga, en https://www.carlospardo.es/

Adornos melódicos

Habla de la construcción del espacio y cita a Cézanne, «de parar el cuadro en el momento que quieras, y que la matemática del cuadro funcione». Todo eso lo dice mientras suenan de fondo adornos melódicos, acordes de triada, arpegios, mordentes barrocos... «Este proyecto ha sido un pasote», dice, echándose las manos a la cabeza, porque también ha sido capaz de ejecutar el juego contrario: música creada a través de pintar libremente, que artísticamente encuentra más completo. «Aquí he creado música de cero, que no existía, y que ha salido de la construcción temporal del cuadro exportando toda la información cromática que voy pintando, de una forma tan simple, a la partitura». Música dictada por la pintura.

Quiere darle continuidad a esta línea de trabajo, porque ha puesto música a diez partituras ya -seis son las que se muestran en el Párraga-. «Tengo cosas muy complejas y muy 'bonicas', de Scarlatti y de Javier Artaza, y otras que he construido sobre la pintura, me he tirado todo un año, y hay mucho por explorar aún». Un trabajo «cerebral», según califica, que no le ha hecho perder su rítmica de producción, y el resultado es esta individual, 'Acordes', la número veintidós en su carrera («de las colectivas ya he perdido la cuenta»). Un proceso creativo que está interesado en que conozcan los niños, que disfrutarían sus pentagramas coloreados. «Todo esto fue porque de pequeño me regalaron un xilófono de colorines. Ya me llamaban la atención a mí los colores, y con los años estoy aprendiendo a leer música. Empecé tocando piezas de Doménico Scarlatti con la guitarra, y me di cuenta de que esas obras de guitarra eran de tecla, y como me gusta la música, al final le saco punta a todo, y quería probarme con el piano. Me compré un piano viejo, lo arreglé y empecé a tocar piezas barrocas de guitarra. Y ahí me lié con el tema. La tecla, la construcción, el golpe percutivo del piano, y tal, y mi forma de pintar, que es a toques, si te fijas, que son como notas. Pensé que había que investigar en esa escala de tonos, y hay tantas coincidencias...». Y lo que hizo, prosigue, «fue temperar una escala de color, construyéndola, porque en el mercado no te ofrecen los colores en medio tono juntos, y tenía que ser una gama completa de medios tonos para que dieran variaciones». Con ese equipo de óleos ha compuesto, de forma casi mágica, un proyecto invaluable -tanto como su calidad humana- que explica a 'La Verdad' con una entrega y una pasión inusual.

No es algo que se haya inventado, aclara con total formalidad, «porque un tío que se llama Castel, con un clave y una tela de seda de colores y velas ya se había montado una historia, y luego vino Newton y se han hecho muchísimas cosas. Esto demuestra que nos llevamos comiendo el coco con esto desde antes del siglo XVII. Lo que pasa es que yo quería darle una consistencia técnica, porque esto es dejarse inspirar por la música, que está muy bien, y yo mismo me he metido en un corsé que aprieta bastante. Mira que me he metido en trabajos complejos, pero esto, la pintura, la partitura, las fotografías de las notas, el montaje, la interpretación... son muchos factores y algo ha quedado bastante claro, que se abre una puerta de trabajo en la que me puedo tirar la vida».

Entre dos silencios

Hay que tener en cuenta, apunta el pintor, que esto le genera una tensión artística añadida, «porque en este momento, porque le toca, tener que meter un rojo, o un amarillo, porque le toca, eso es ya un corsé fortísimo. Una cosa es interpretar una partitura, y otra es la construcción del tempo, lo que hay entre dos silencios, porque la música parte de un silencio y va hacia un silencio, y ahí está metida. Y esto es igual». El ingenio tiene un nombre: Carlos Pardo.

Un artesano de la herramienta

Hijo del escultor Pedro Pardo, Carlos Pardo presume de ser «artesano, porque yo no he estudiado Bellas Artes. Yo vengo de la herramienta, del taller, de amasar los colores para sacar el tono, del aceite de linaza curado al sol, de las telas de arpillera con cola de conejo de Gómez Cano... He pasado por todos los talleres de los viejos, y vengo de la escayola, de los yesos, de los moldes».

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