El Paraje desolado

La gota fría de estos días ha arrasado este vergel de mi pueblo, Alguazas

El Paraje desolado
jesús ferrero
Manuel Segura Verdú
MANUEL SEGURA VERDÚ

Mi padre solía contarme de pequeño que el sabor de los melocotones que se cultivaban en el Soto de los Pardos era inigualable. Lo era y lo es porque se trata de una zona concreta de la pedanía de El Paraje, en Alguazas, donde el microclima propicia este auténtico regalo de la naturaleza. Hasta el prestigiado restaurante Rincón de Pepe, cuando Raimundo González Frutos era su comandante en jefe, lo llegó a incluir en su carta de postres.

En El Paraje confluyen los ríos Segura y Mula. Ello provocó numerosas riadas en el pasado, avenidas que obligaron hace mucho tiempo a los originarios moradores de la villa de Alguazas a trasladarse a las partes más altas de la misma. Sin embargo, hubo quienes siempre resistieron allí como ejemplares numantinos. Ahora, esta pedanía cuenta con menos de 400 habitantes, gente que se siente orgullosa de contar con la que pudiera ser la edificación defensiva más antigua de la Región: la Torre Vieja. Y de tener allí La Corte, por donde el río discurre habitualmente con celeridad y nobleza, donde los alguaceños de generaciones pretéritas disfrutaron durante muchos años de su particular playa de baño y casi de veraneo.

La gota fría de estos días ha arrasado este vergel de mi pueblo, cebándose con especial virulencia. Muchos de los habitantes tuvieron que ser desalojados de sus viviendas con la urgencia de que podía llegarles la tragedia irremediable. Un vídeo publicado en las redes sociales y grabado desde un vehículo en marcha, con sus caminos convertidos en ríos, nos sumió a los alguaceños de la diáspora en la tristeza más absoluta. La portada del diario 'La Verdad' del viernes, con una impresionante foto aérea de la zona, nos resultó mucho más que desoladora. Recordé a tanta gente buena que habita en El Paraje, pensé en la angustia ante lo incierto y deseo que pronto vuelva la normalidad a sus vidas. También me acordé del periodista Joaquín Rodríguez, alguien que siempre vivió allí, que tanto amó ese pedazo de huerta y que murió en marzo pasado; y de la entrada de su casa, que era la de todos, esa que siempre olía a galán de noche cuando el día se acercaba a su final y llegaba el largo y cálido verano.