NO TE HE OLVIDADO, 'JOSU TERNERA'

Pedro Vicente Martínez, jefe de la Policía Local de Yecla, podría haber muerto en el atentado de la casa-cuartel de Zaragoza

Fotografía: Pepe H. Tipografía: Nacho Rodríguez /
Fotografía: Pepe H. Tipografía: Nacho Rodríguez
Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Podría ser su vecino, de escalera o de urbanización o de su mismo barrio. Por todos esos espacios es normal que corran los niños, que se les escuche reír, que se les vea deseosos de jugar. Es un sonido, cargado de futuro, que se cuela alegre por las ventanas y las escaleras y que se convierte en la música más familiar en los pequeños parques que frecuentan con sus mayores y en los que ellos son los reyes. El que podría ser su vecino es hoy un hombre maduro, muy bien educado; un hombre, digamos, tranquilo y pacífico al modo de Sean Thornton, ese personaje que se quedó a vivir ya para siempre con nosotros desde que lo conocimos interpretado por John Wayne. Pero, que no le quepa a usted la menor duda, este hombre que podría ser su vecino tuvo también un día 19 años. ¿Se acuerdan? Ese tiempo en el que tienes la sensación de que te queda por delante toda la vida, tan abundante como ese infinito cuajado de estrellas que a veces te entretienes en contemplar.

Imagínese ahora que ese vecino suyo, que está claro que arrastrará, como todos, alguna herida abierta en el alma, es el jefe de la Policía Municipal de su pueblo. Y, si usted es de Yecla, no tiene que imaginarse nada porque ya sabe que estoy hablando de Pedro Vicente Martínez, que actualmente es, en efecto, el jefe de la Policía Local, y quien un día cumplió 19 años e, inmediatamente, le cambió la vida para siempre, de un modo atroz y también de un modo por el que, pese a todo, todavía hoy da gracias por seguir aquí y ahora. Porque Pedro Vicente Martínez era un joven agente de la Guardia Civil, empezando a vivir su vocación tras salir de la Academia cargado de ilusiones, cuando el 11 de diciembre de 1984 su inocencia saltó por los aires; y, huida la inocencia, un poso de tristeza se le adhirió a la piel y ahí sigue. Vivía en la casa-cuartel de Zaragoza -el que más a mano tiene la Patrona de este cuerpo, la Virgen del Pilar-, cuando ETA hizo estallar un coche bomba que se llevó por delante once vidas valiosísimas, un tesoro irrepetible cada una de ellas, y dejó tras de sí un escenario de humo y dolor infernales, una asfixia y un llanto colectivos, un baño de sangre.

Pedro Vicente Martínez, por un momento de esos en los que la realidad es tan cruel que nos parece mentira, pensó que se trataba de una pesadilla, pero ha tenido el resto de su existencia para comprobar que lo que ocurrió allí, delante de él, fue un festín de barbarie. Esta semana, ha vuelto a revivirlo todo, con una intensidad que te deja los ánimos muy maltrechos y el corazón como ahogado, tras enterarse de la detención en Francia del etarra 'Josu Ternera' -¡17 años llevaba fugado de la Justicia!-, tan vinculado a estos y a otros asesinatos tan estúpidos. No ha dejado la Guardia Civil ni un solo día de hacer muy bien su trabajo.

Hace muy poco, en este periódico, Pedro Vicente Martínez se asomó de nuevo a sus recuerdos para nombrar una a una a las víctimas de ETA de las que él estuvo muy cerca de formar parte. Escúchenlo, si no lo hicieron ya: «Recuerdo, y me da mucha pena, a José Pino, a su mujer y a su hija, que mataron allí. A Emilio Capilla y a su hija, que los mataron allí. A José Ballarín, a su mujer y a su hija, que también los mataron allí. Y luego las gemelas, Esther y Miriam, que su madre las perdió allí con tres años. Una mujer que también vio morir a su hermano con 17 años. Esas son las 11 víctimas».

Han sido demasiados años, más de cuarenta largos, soportando a los verdugos. Lo piensas y cuesta trabajo creértelo. ETA: los verdugos; todos nosotros: carne de cañón en sus manos. No, no debemos olvidarnos de todos y cada uno de tantos muertos sin ninguna voluntad de serlo, muertos a traición, por la espalda, por nada, sin aviso, sin causa. Donde quieran que estén los asesinados por ETA, en un glaciar eterno o en la llanura más hermosa del universo, nos acordamos de ellos. Y también de quienes se quedaron con el recuerdo de la sangre caída: su gente, sus compañeros, sus padres, sus hijos...

No, no es posible, ni justo ni necesario olvidarnos de los rostros desencajados de los hijos de los muertos, ni de sus padres. No debemos olvidarnos de todo ese dolor que superaba a la rabia, de tanto llanto ajeno, de las bocas cerradas, incluso de esos rostros que expresaban un extraño sentimiento de júbilo, los rostros de quienes no condenaban los crímenes. Ese extraño sentimiento, todavía vivo, que no conoce la culpa, que no se plantea la duda. La duda es humana, la duda atormentada del príncipe Hamlet. Pero a los asesinos parece que no les afecta ser causa de tanto horror. Ya saben que Grande-Marlaska ha felicitado como se merecen a los responsables del Servicio de Información de la Guardia Civil y, de paso, ha dejado claro que no se cejará en el empeño de esclarecer los atentados pendientes y en la persecución de sus ejecutores; los muertos esperan pacientes que así sea.