El museo y la gente

Debemos aspirar a que en Murcia haya algo similar al modelo de excelencia del Pompidou de Málaga, que se convierta en la mejor tarjeta de presentación

Nacho Ruiz
NACHO RUIZ

Los españoles pensamos por oposición: contra el otro. Tal vez por eso no hemos dado al mundo uno solo de los grandes filósofos universales, pero sí algunos de los mejores defensas centrales. A esta tensión debemos añadir que todo es ruido alrededor. Un ruido improductivo que hace crecer la agresividad entre personas a las que se les va inoculando un miedo tras otro, miedos que pretenden implantar verdades únicas. Ante estas ideas, el infierno cotidiano de la política nacional parecía el tema perfecto para mi columna hoy: un elegante texto sobre la imposibilidad de esa verdad única.

Una vez escrito entré en el Pompidou de Málaga para ver la exposición 'Utopías Modernas' y me encontré con un rótulo en el que se leía: «¿Para qué sirve la cultura? Para poder elegir, para aprender a vivir. Es una escuela de libertad más importante y valiosa que nunca, porque vivimos tiempos de una extraña violencia. La cultura es la vida misma. El arte nos recuerda, de repente, lo que es la vida. Y la finalidad del arte es defender la vida» Este pensamiento de Martial Raysse me cegó, caí del caballo, abrí mentalmente el lejano ordenador y arrastré en mi cabeza el icono de aquella columna ya escrita hasta la papelera. En ese momento empecé a redactar el que tiene en las manos el lector. Aquel rótulo daba acceso a una exposición bellísima. Carolina y yo habíamos llegado al abrir el Centro y estábamos solos entre Delaunay, Miró, Tatlin, Le Corbusier... Eran tantas las puertas que se abrían en cada discurso, en cada sala, que recordé quién soy, algo que había olvidado bajo toneladas de actualidad de rápido y amargo consumo. En los espacios silenciosos de esa enorme belleza que es el Centro Pompidou de Málaga todo era armonía que me alejaba de esas verdades únicas impostadas enfrentándome a mi verdadero yo. Al poco las salas cobraron vida con decenas de estudiantes que seguían a sus monitoras, una visión que nos hizo recobrar la fe.

Entendemos tradicionalmente la cultura como cultivo del espíritu humano y de las facultades intelectuales, pero frecuentemente es disidencia. Otras veces la cultura consiste en buscar mínimos comunes denominadores, dejando saludables márgenes de discrepancia, incluso en algunas ocasiones es la guerra. No hay baremos para medir la cultura, pero estos días ha aparecido el 'ranking' cultural que publica cada año la Fundación Contemporánea. Esta lista es elaborada por decenas de agentes que puntúan las instituciones, eventos y acciones dentro de una idea de cultura que va de un concierto de música pop al Museo del Prado, sin distinguir muchas veces entretenimiento de verdadera cultura, la alta, la baja. Lo cierto es que en esa lista tan heterogénea la Comunidad de Murcia ha subido 6 puestos, algo que no logra ninguna otra comunidad. Me gusta ver a La Mar de Músicas en el número uno, por ser parte, porque es el mejor festival de la Región y uno de los mejores de España. Me gusta ver 'Místicos' en los primeros puestos, y me encanta el reconocimiento al Teatro Romano, un acorazado en la flota cultural de la región. No están todos ni estaremos de acuerdo en el orden, pero me agrada la comparación entre la lista de 2017 y la de 2018. Hay que leer este buen resultado críticamente; celebrar los logros un ratito y dedicar tiempo y esfuerzo para ver cómo la Región puede lograr estar en la situación que merecemos.

Hace ya tiempo escribí aquí sobre la eclosión cultural de Málaga, uno de los fenómenos más interesantes de este tipo en Europa, infinitamente más que el 'Efecto Guggenheim' en Bilbao. Lo que ha ocurrido allí es impresionante y ha generado un crecimiento exponencial en todos los ámbitos de la vida. Tiene contraindicaciones, por supuesto, y hay un debate abierto que dentro de poco será urgente en Cartagena debido al flujo de cruceros. Es un debate más importante de lo que podemos pensar y trata en su origen del modelo de desarrollo económico que deseamos. El éxito mayúsculo de Málaga la ha convertido en una visita obligada para todo el que ama o le interesa el arte en España y cada vez más, en Europa. Las comparaciones son ociosas, de hecho escribía hace poco Juan Francisco Rueda -un malagueño- sobre la vitalidad cultural de Murcia y es real, sobre todo gracias al paisaje alternativo que, contra viento y marea, se mantiene, a los agentes que luchamos por proyectar lo que aquí ocurre en el exterior y en traer lo mejor de fuera a nuestra tierra. Rueda tiene razón, esa es la realidad pero debemos aspirar a más y, como todo en la vida, eso se logra estudiando.

Debemos estudiar lo que se ha hecho Málaga. Debemos aspirar a que en nuestra ciudad haya algo similar al modelo de excelencia del Pompidou, que acarree todo lo arriba descrito, pero además se convierta en un escudo de la ciudad, en su mejor tarjeta de presentación. Murcia es una ciudad que se acerca en su área metropolitana al medio millón de habitantes, pero no tiene un museo de arte contemporáneo, algo que no existe tampoco en las cuatro provincias limítrofes. No es la primera vez que lo reclamo, pero cada vez que lo hago resulta más urgente, hasta el punto de que tal vez lo conveniente sea pedirlo a ritmo de reguetón: ¿el museo 'pa' cuando?

 

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