MARTINA Y CLAUDIA EN VENECIA

Tomamos conciencia del mundo y procuramos acabar con el dolor, pero no podemos llegar más allá

Nacho Ruiz
NACHO RUIZ

Hay días en que uno espera que el telediario anuncie el fin del mundo para mañana. Tal vez el lector esté de acuerdo en que tenemos miedo. El futuro iba a ser mejor que el presente, pero todo se vuelve nostalgia del pasado en un tiempo en el que hay demasiado interés en que sintamos miedo. Hay motivos para tenerlo, la realidad es asfixiante. Tomamos conciencia del mundo y procuramos acabar con el dolor, pero no podemos llegar más allá. La impotencia ciega y el miedo paraliza. Hay que tomar cierta distancia.

A mi hijo Hugo le picó ayer una medusa. En mi infancia no recuerdo más de tres o cuatro picaduras, él va a esa cantidad por verano. El calentamiento global no era una mentira comunista. Son infancias distintas la suya y la mía; yo veía a los caballitos de mar enredar la cola en las algas de La Mata, él los ve en los acuarios porque nosotros -de mi generación hacia atrás- los matamos, exterminamos a la casi totalidad de la población en el espacio de nuestras vidas como hemos permitido que maten el Mar Menor. Hugo y su hermana Martina recibirán un mundo peor que el que recibimos nosotros y su futuro no está asegurado, las trompetas del Apocalipsis se han anunciado hacia el 2050. Solo pensar que sea posible debería hacernos cambiar, pero los poderes que rigen el mundo están en manos de personas que no vivirán en 2050 y a las que lo que venga después se la pela. El miedo es difícil de ocultar hoy incluso en los más escépticos. Ya no hablamos de un hipotético armagedón nuclear, ahora el peligro es más real.

En medio de semejante tumulto, Carolina y yo decidimos escapar con los críos y los titos, Asun y Julio. Escapar en todos los sentidos: del trabajo, de la ciudad, del país, de la realidad, de los periódicos. El sitio en el que todo queda lejos, hasta del sentido común, sigue siendo Venecia, la ciudad imposible, saturada de turistas, calurosa, castigada por la contaminación... tan bella, tan cargada de significados, tan rica, tan amada. Sucede en Venecia, como en Estambul, que por mucho que la hayas soñado, no la esperas.

Alquilamos un apartamento en Bolonia y de allí tomábamos trenes. Nos preocupaba cómo resistirían dos niños pequeños ese viaje tan duro y el primer día anduvieron 27 kilómetros por Florencia. Nos dieron una lección inolvidable. Entraron en todas las iglesias, visitaron los museos, le tocaron la nariz al jabalí y aprendieron la terrible historia del tiránico Alejandro de Medici, asesinado por Lorenzaccio y el malvado Scorocóncoro que, con tan sonoro nombre, pasó a ser parte del imaginario del viaje. Habíamos recuperado para los trayectos en tren un parchís magnético y el 'Hundir la flota', así que nos alejamos de consolas y 'tablets' para mirarnos a los ojos mientras en la ventana ocurría la Toscana en sus colores verde y Siena. Andábamos, bebíamos agua y tomábamos helado y el mundo se podía hundir alrededor que nos daba igual. Luego vino Bolonia y la historia de la matanza de los Bentivoglio, que en tiempo récord asesinaron a toda la familia Marescotti, más de 240 miembros. Ríete de la boda roja. Es en Italia donde mejor se ha contado el pasado, pero es que el pasado en Italia ha sido, como en España, tan poderosamente intenso, que ha ridiculizado a la ficción. En Verona nos burlamos de los turistas chinos a los que llevan en un autobús, se fotografían debajo del balcón de Julieta y se los vuelven a llevar sin ver la exquisita ciudad de Cangrande de la Scala. Nos reíamos un poco aristocráticamente, con ese desdén del que se cree viajero mirando a los pobres turistas, aunque en el fondo sabíamos que éramos turistas también.

En Venecia, Martina se había citado con su amiga Claudia. Su papá es véneto y su mamá murciana y ella pasaba unos días con su abuela. Habíamos quedado en San Marcos y allí se encontraron. Fue tan bonito el abrazo nervioso. Dos niñas de seis años, la belleza materializada, se encontraban en ese escenario indefinible que es La Plaza. Martina le había comprado un pingüino de Murano a Claudia y esta trajo sus Barbies. Se sentaron a la sombra del campanile y jugaron mientras nosotros nos refugiábamos del sol en la grada y hablábamos. Caía la tarde y les trajimos pizza para merendar. El mundo ocurría a su alrededor como si todo estuviese lejos. Miles de turistas danzaban y a ellas les daba igual y nosotros tuvimos en aquel encuentro la paz que tanto tiempo habíamos buscado. No nos importaba que el mundo se acabase, aquel momento justificaba todo y el miedo desapareció.

A veces perdemos la perspectiva de qué somos y dónde estamos. Sucumbimos al miedo de lo que nos llega de fuera sin mirar dentro, sin ser conscientes de la increíble suerte que tenemos, yo por lo menos. El azar me ha puesto donde estoy, yo he ayudado en lo posible, pero el destino me ha dado tantas cosas que nunca voy a poder devolver tanto bien. El dolor ha sido soportable, el sufrimiento asumible. No puedo más que dar gracias por todo y tratar de hacer la vida de los demás un poco mejor. Y tal vez no juzgar, porque no todo el mundo tiene suerte.

Y no volver a tener miedo.