DON JAVIER

Fotografía: Pepe H. Tipografía: Nacho Rodríguez /
Fotografía: Pepe H. Tipografía: Nacho Rodríguez

Un documental promovido por la UCAM recuerda la figura y la obra de monseñor Azagra, que dejó un recuerdo imborrable en la Región

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Menudo regalazo impagable caído del cielo recibió esta Región: el pamplonés Javier Azagra, que falleció hace cuatro años en Murcia, fue durante 27 años obispo de esta tierra. Ahora, la UCAM, que él impulsó de la mano de José Luis Mendoza, con la misma humildad que infatigable ímpetu, le rinde homenaje con el documental 'Azagra, el secreto de la vida', que cuenta con la aportación del archivo fotográfico de 'La Verdad'.

Recuerdo que, entre el silencio y los montones de libros eclesiásticos que delataban en su despacho su condición de obispo, Javier Azagra, muy buena gente, guardaba una pequeña y modesta revista cuya pertenencia y lectura le resultaban muy gratificantes. No contenía poemas de San Juan de la Cruz, ni textos de Tomás de Aquino o encíclicas papales. Era una revista sobre el Club Atlético Osasuna, al que parecía haber profesado votos de fidelidad eterna. No había que tocarle al obispo a su Osasuna, pero, por lo demás, no se corría el peligro de verlo caer en las redes de la intolerancia, la cerrazón mental o la vanagloria. No había tampoco peligro de que rechazase a sus semejantes por cuestiones de fe o de ideología, ni de que permaneciese con el báculo y la mitra mirando al cielo y con los pies levantados de la tierra. Conocía bien las debilidades humanas, el sabor amargo de la pobreza, la palidez dolorosa de la enfermedad y los desastres provocados por las injusticias. Javier Azagra era obispo, sí, pero sobre todo era una de esas personas que iluminan con su sola presencia los lugares donde habitan, y los hacen más cálidos y familiares.

Vivía pendiente de Dios, a su servicio, y no contemplaba otra manera de estar en el mundo que la de tener fe en Jesucristo y trabajar por implantar su reino en este mundo; lo explicaba con una pasión que te dejaba a ti sin palabras. Él sí que estaba convencido de que la fe mueve montañas, y resultaba difícil que se desesperase este obispo sencillo y entrañable al que una felicidad indescriptible le atravesó el alma cuando su padre recuperó la fe perdida.

Tenía al mundo el apego imprescindible, y menos todavía a las cosas materiales. Gozaba de la libertad de quienes miran el mundo con ojos en los que no aparece enfermizamente la silueta envenenada del dinero, y en el caso de que hubiese tenido que salir corriendo hacia nuevos destinos, tenía muy claro lo único que llevaría consigo: la Biblia y las fotografías de sus seres queridos. Azagra era un sentimental del Norte, de Navarra, que para dormir a gusto no se olvidó jamás, mientras ella vivió, de llamar a su madre por teléfono para desearle buenas noches.

De sus tiempos de seminarista, le quedaban la costumbre de la copa de vino en las comidas y esa facilidad suya para ser feliz. Desde muy pronto descubrió el placer de la comunicación con sus semejantes y, bien pronto también, conoció los placeres de consolar y de ayudar, a los que más tarde se unió el de bendecir. Qué grande: agradecía que los demás le dijeran lo que pensaban y que no temiesen llevarle la contraria. Dialogante y buen conservador, con el paso del tiempo fue aceptando que podría ser que su visión de las cosas no fuese la mejor.

Aseguraba no poder vivir sin rezar, «sin escuchar a Dios», y mucho menos sin creer en él. Hablaba con todo tipo de gente, sin prejuicios, con verdadero deseo de escuchar, de entender, de colaborar. Y lo cierto es que solía caer bien, incluso a los que claramente se manifestaban contrarios a la religión. Se atrevía una y otra vez, tan feliz, a intercambiar opiniones en televisión con ateos reconocidos y consumados como Adolfo Marsillach y Cristina Almeida, y temía caer en las garras de la soberbia, un pecado por el que sentía una especial antipatía.

Tenía Javier Azagra un sueño dorado: estar con Dios para siempre desde el momento mismo de la muerte. Con ella llegaría el esperado momento de la Vida Eterna, la visión del Padre y el reencuentro con los que se marcharon antes. Y alguna que otra vez se fundió con el mar en un baño metafórico: la abundancia de Dios en la eternidad.

No había forma humana, incluso ni divina, de bajarle del burro cuando se trataba de defender y de poner en práctica el mandamiento en el que más creía, por muy adversas que fuesen las circunstancias: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y eso hizo, porque aunque nunca lo conoció Fito Páez, podría pensarse que lo tomó a él como ejemplo cuando escribió la más hermosa de sus canciones: «¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón».

 

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