El valor de los pequeños gestos

ALBERTO MARTÍNEZ CARRASCOTESORERO DEL COLEGIO OFICIAL DE BIÓLOGOS DE LA REGIÓN DE MURCIA (COBRM)

'No es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia'. El saber popular y sus refranes presentan el riesgo de las frases vacías. De aquellas que por repetidas pierden el sentido pedagógico y la valiosa experiencia acumulada. Desde hace unas décadas, por fortuna, nuestra compleja especie ha demostrado la capacidad de dar pinceladas de raciocinio global y actuar sobre algunas inercias de consumo que se establecieron, y con toda razón en su momento, como avances en la tecnología del bienestar. El paradigma fue el Protocolo de Montreal en el que se alcanzó un acuerdo inédito por el número de países que aceptaron limitar hasta prohibir la fabricación de clorofluorocarbonos (CFC). De hecho fue el primer acuerdo medioambiental de la historia de la ONU que logró el objetivo inicial propuesto y la aceptación de casi 200 países. Transcurrió poco más de medio siglo desde el descubrimiento de estos gases sintéticos en los años 30 del siglo pasado como propelentes de aerosoles y agentes refrigerantes hasta la evidencia de su papel destructor del ozono de la estratosfera y su desaparición sobre la Antártida. Después de ese ingente esfuerzo humano, científico, técnico, diplomático y económico que supuso el Tratado, puede parecer desalentador que los niveles de CFC atmosféricos no comenzarán a descender hasta 2020, según estimaciones recientes. Pero invertir tendencias de ese tipo es toda una victoria.

Adquirir una conciencia global consiste, entre otras cosas, en tener presente que tanta influencia pueden tener en el efecto final unas decenas de millones de toneladas de un residuo producidas localmente, como unos pocos gramos generados globalmente. Esas briznas de cualquier tipo de residuo que cada uno de nosotros como individuo genera en un determinado momento de nuestro día a día. De nombre no necesariamente impronunciable. Lo cotidiano. Una excursión por el monte. Un frugal almuerzo en un mirador natural con bonitas vistas. Y, al concluir, ese desdén al abandonar en nuestro merendero improvisado las colillas, envases plásticos e incluso cáscaras del plátano, mandarina o nueces. Aunque como residuos sean casi inocuos sobre el ecosistema, a efectos de concienciación y, durante los días, semanas o meses que permanezcan en el medio, esos desechos formarán parte de la experiencia en la naturaleza de otros excursionistas, niños incluidos. Este inocente ejemplo nos ayuda a interiorizar que si bien cualquier gesto tiene impacto, cuanto más insignificante sea este, más fácil es encontrar un gesto alternativo que lo minimice. Y este es un primer paso clave para identificar y asumir todos los niveles de impacto que provoca nuestra actividad personal y diaria. En este caso, transportar todos nuestros residuos con nosotros hasta el lugar destinado para ello, evocando un paisaje impoluto, o usar un aerosol en lugar de tres, participando en el Tratado de Montreal, presenta, al menos, dos valores enriquecedores. Uno de ellos es entender y dar verdadero sentido etnográfico, de convivencia y de respeto mutuo a aquellos refranes. El otro valor es hacernos responsables y conscientes de que la alteración que provoca una actividad cotidiana puede ser mínima, casi insignificante, pero a la vez está al alcance de cada uno de nosotros hacerla todavía más pequeña.

 

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