SILENCIO, POR FAVOR

MARÍA ÁNGELES BONMATÍ CARRIÓN

Vivimos una época en la que estamos continuamente sometidos a ruido que, además, se entromete en nuestros hogares o incluso en nuestro lugar de trabajo. Seguro que algunos lectores tienen problemas para descansar o disfrutar del silencio en sus propias casas debido a la intrusión de ruido procedente del exterior. La falta de descanso nocturno debido a la ausencia de silencio durante la noche puede ocasionar trastornos del sueño y otros problemas derivados. El ruido también puede producir el agravamiento o el retraso en la recuperación de patologías preexistentes, sumándose a todo ello aquellas reacciones fisiológicas inmediatas que se producen cuando el ruido excede un determinado volumen. No en vano, el ruido en el ambiente de trabajo se considera un factor de riesgo laboral, generando situaciones de estrés que pueden derivar en problemas de ansiedad o depresión.

De hecho, existe una Ordenanza Municipal en Murcia (Ordenanza de protección del medio ambiente contra la emisión de ruidos y vibraciones de 27 de noviembre de 2014), por la que se regulan los niveles admisibles de ruido, teniendo en cuenta los distintos sectores del territorio y su uso mayoritario. Así, por ejemplo, en un ambiente académico, como puede ser una sala de lectura o despacho de un campus universitario, el valor límite de ruido transmitido al interior no debe exceder los 30 decibelios (dB, la unidad de medida del sonido). Estos niveles varían según el sector del territorio sea sanitario, residencial, de comercio, etc., pero en ningún caso deben exceder los 50 dB. Para hacernos una idea, de 30 a 50 dB sería la intensidad propia de una conversación normal, el sonido de las cañerías de una casa o del funcionamiento de una nevera en buen estado. Por tanto, el lector podrá darse cuenta de que en muchos casos se está incumpliendo esta ordenanza municipal, estando sometidos en nuestros lugares de trabajo o residencias a niveles de ruido proveniente del exterior superiores a los permitidos.

Un problema relacionado con lo anterior es el uso del hilo musical a un volumen excesivo en áreas comerciales o de ocio. Cada día es más complicado encontrar una cafetería en la que poder disfrutar de una conversación sin tener que estar forzando la voz o haciendo esfuerzos para escuchar a la otra persona. Por no mencionar el volumen en las tiendas de ropa de una conocida multinacional de origen español. El cine es otro lugar en el que, en ocasiones, se supera el nivel de volumen adecuado, llegando incluso algunas salas a advertir que los usuarios pueden sufrir daños auditivos. Son diversos los ambientes de ocio o eventos, a los que además asisten niños, que son más vulnerables, donde los niveles seguros de volumen se rebasan o se encuentran al límite, por lo que la salud auditiva de los ciudadanos puede estar viéndose comprometida.

También la contaminación acústica está presente en el medio ambiente. Disfrutar de los sonidos propios de la naturaleza en cualquier enclave más o menos urbanizado es cada día más difícil. Así, la sensación auditiva que asociamos a una playa se asemeja cada vez más a la canción del verano sonando por unos amplificadores que al sonido de las olas rompiendo contra la orilla. Por supuesto, esto también tiene efectos adversos sobre la biodiversidad.

¿Qué ha ocurrido con el silencio? ¿En qué momento comenzó a considerarse que era algo de lo que privar a la población? El silencio nos ayuda a pensar con claridad y a percibir la realidad sin el ruido que, a veces, la enmascara. En una sociedad cada día más ruidosa, yo pediría desde aquí «silencio, por favor».

 

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