¿QUIÉN NOS HA ROBADO LA NOCHE?

MARÍA ÁNGELES BONMATÍ CARRIÓNVOCAL DEL COLEGIO OFICIAL DE BIÓLOGOS DE LA REGIÓN DE MURCIA

Cuando en alguna conferencia muestro una foto de la Vía Láctea vista desde la Tierra, la mayoría de los jóvenes creen que se trata de una imagen retocada o adquirida mediante instrumentos ópticos de precisión. Cuando les explico que lo que se ve en esa foto se podía ver hace unos años y a simple vista desde su ciudad, quedan sorprendidos, mientras los más veteranos del público asienten recordando infancias cubiertas de estrellas. Y es que nuestro cielo nocturno, y la oscuridad que nos permite verlo, es cada día más difícil de encontrar. Este cielo ha sido patrimonio del ser humano desde sus orígenes; sin embargo, se nos está robando noche tras noche. La contaminación lumínica es un hecho en el mundo desarrollado desde que la iluminación eléctrica comenzó a utilizarse en exceso hace ya algunos años y, más aún, desde que comenzó a considerarse la exuberante iluminación de una ciudad como un reflejo de su nivel de desarrollo económico.

Pero la contaminación lumínica no solo dificulta el disfrute del cielo nocturno o supone un derroche energético, sino que además tiene efectos sobre el medio ambiente y sobre la salud. Para explicarlo tenemos que hablar de Cronobiología, rama de la Fisiología que estudia los ritmos biológicos: cómo se modifican rítmicamente las variables de nuestro organismo. Esta disciplina mereció el Premio Nobel de Fisiología en 2017 y a ella dedico mi labor investigadora en la UMU. Los seres vivos tenemos relojes internos que nos permiten 'llegar a tiempo' a las citas cíclicas con el ambiente. Un elemento esencial para que estos relojes funcionen correctamente es precisamente el ciclo de luz (día) y oscuridad (noche). Eliminar o atenuar este ciclo, lo que ocurre con la contaminación lumínica, puede tener consecuencias negativas, alterando el momento en el que se producen los distintos procesos fisiológicos. Y es que en biología el orden de los factores sí altera el producto. Así, este desajuste se ha relacionado con una mayor incidencia de problemas como el insomnio, la obesidad, problemas cardiovasculares, deterioro cognitivo y algunos tipos de cáncer. Además, la luz por la noche, especialmente la más blanca (con alto contenido azul), inhibe la secreción de melatonina: una hormona con múltiples funciones, además de inductora del sueño.

La contaminación lumínica también tiene efectos negativos sobre la biodiversidad. Se ha descrito, por ejemplo, un adelanto en el inicio de la polinización y, por tanto, de la época de alergias. En el reino animal sus efectos pueden ser dramáticos, especialmente sobre especies nocturnas. Esto puede sonarnos ajeno, pero podrían ser factores clave para la aparición de plagas u otros efectos indirectos sobre nuestro bienestar.

Los científicos somos conscientes de que la noche ha de iluminarse en ciertos entornos. Pero sabemos que la luz más blanca es la que más 'molesta' a nuestro reloj interno, más perjudica la secreción de melatonina y, por tanto, menos nos deja dormir. Además, es también esta luz la que más se dispersa en la atmósfera, por lo que biólogos y astrónomos coincidimos: es mejor evitar la luz blanca en la noche. Por ello, pedimos a nuestras administraciones que iluminen la noche teniendo en cuenta que las luces amarillentas perjudican menos que las blancas, que iluminar hacia arriba solo sirve para 'apagar' las estrellas y que poner una farola al lado de una ventana supone robarle a alguien la noche o el amanecer. Una ciudad ha de brillar gracias a las buenas ideas de sus gobernantes, no por sus bombillas. Por cierto, se acerca la Navidad. Tengan todo esto en cuenta, por favor.

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