Enrique de Andrés: «La profesión va camino de reconciliarse con el medio»

El arquitecto Enrique de Andrés posa en La Isla, un paraje de la huerta ubicado entre las acequias Aljufía y Caravija. / VICENTE VICÉNS / AGM
El arquitecto Enrique de Andrés posa en La Isla, un paraje de la huerta ubicado entre las acequias Aljufía y Caravija. / VICENTE VICÉNS / AGM

«Somos una pequeña parte de la naturaleza; hay que cuidarla como nuestro propio cuerpo», afirma el arquitecto y profesor de la UPCT

Pepa García
PEPA GARCÍA

El arquitecto Enrique de Andrés (Cartagena, 1954) defiende la Huerta de Murcia como buen murciano y pelea por la salud del rincón litoral privilegiado del Mediterráneo que es Cabo de Palos como buen cartagenero. Como arquitecto, sus primeros pasos en el mundo de la arquitectura fueron en el interiorismo. Después, atraído por la restauración arquitectónica, contribuyó, junto a Juan Carlos Molina, a montar un máster de Restauración del Patrimonio multidisciplinar en 2004. Profundizar en las transformaciones urbanas (s. XIX-XX) le permitió descubrir el papel de la Huerta de Murcia en la historia de la ciudad; y la creación de la Comisión de Patrimonio en el Coamu ayudó a dar «la primera voz de alarma sobre la importancia de los restos de San Esteban». Profesor en la Escuela de Arquitectura de la UPCT desde 2011, compagina su labor docente con la actividad profesional en Arquitectura de Barrio, que comparte con Coral Marín, el activismo social y medioambiental en Huerta Viva (Murcia) y Procabo (Cabo de Palos) y, sobre todo, la vida familiar. «Una vida intensa donde todo repercute en todo».

-¿Qué papel juega la naturaleza en su vida?

-Habría que empezar por acotar el término «naturaleza». En nuestro caso, naturaleza como tal ya no existe, todo ha sido antropizado. Yo la veo más como los valores ecosistémicos que nos aporta: agua, luz, calor, alimentos, cultura,...; y, visto así, su papel es todo: posibilita la vida y todo gira en torno a ella. Me gustaría más responder a qué papel podemos jugar en la naturaleza. Entiendo nuestra existencia como una consecuencia de que exista un medio como el natural que la haga posible. El papel que jugamos sería, en primer lugar, entender cuáles son y el valor de los mecanismos que hacen que esto sea posible y, luego, cuidar, proteger, facilitar por todos los medios la conservación de estos mecanismos, como cuidamos nuestro propio organismo, porque nosotros somos una prolongación de la naturaleza, una muy pequeña parte de ella.

«En realidad, solo hacemos como que cuidamos lo que estamos obligados por ley»

-¿Cómo cree que cuidamos el entorno natural en la Región?

-Si tuviera que responder bien o mal, sin duda diría mal. Pero todo tiene matices. Hay muchos sectores sociales conscientes de los problemas de nuestra relación con el medio natural. Es evidente que el grado de degradación del medio va en relación con la intensidad más reciente de la actividad humana. Los últimos crecimientos han ocasionado un gran perjuicio al medio natural: el crecimiento de las ciudades, la agricultura, las grandes infraestructuras, el turismo,... siempre han tenido un gran perdedor, el medio físico donde se ha implantado. Y, en esa cuestión, no suele haber respeto efectivo para su implantación. Las medidas correctoras, cuando se aplican, son insuficientes. En realidad, solo hacemos como que cuidamos, y bajo mínimos, lo que estamos obligados por ley, como los espacios naturales protegidos. Actuamos cuando las situaciones son límite. O sea que mal.

«El principal problema es que no hay reconocimiento planetario de la gravedad de la situación»

-¿Qué es y debe ser la sostenibilidad?

-Es un convenio que se pactó para tratar de regular un crecimiento económico basado en el respeto al medio y a la sociedad que lo habita. Esto ha mantenido la idea de un crecimiento continuo e infinito basado en este concepto de la sostenibilidad, pero que, de forma imprescindible, debe ser rentable económicamente. Lo primero, sería plantear límites al desarrollo y al crecimiento, y si es necesario que tengan que depender de la rentabilidad económica.

-¿Es posible este tipo de desarrollo?

-Tengo la sensación de que es más deseable por sectores que tienen que ver con ese crecimiento continuo, que posible medioambientalmente.

-La arquitectura ha estado detrás de la destrucción del urbanismo desaforado en paisajes de gran valor natural, ¿qué responsabilidad tiene?

-Es absolutamente responsable, al igual que la agricultura desaforada, las infraestructuras desaforadas, el turismo desaforado, la industria desaforada... La implantación desmedida y con un único interés mercantil de cualquier actividad trae la degradación del medio. El problema no son estas disciplinas sino quién y cómo se promueven, autorizan, gestionan o administran. La arquitectura y la ordenación de ciudades y territorios, que eso es el urbanismo, son necesarias para dar forma a nuestro ecosistema, el problema viene de que casi siempre prima la rentabilidad económica, sin considerar lo medioambiental y lo social.

-¿Cómo puede la arquitectura subsanar o evitar que se repitan modelos tan destructivos?

-La arquitectura ha sido y seguirá siendo la encargada de construir el refugio y cobijo de la humanidad. Además, ahora es fácil encontrarse arquitectos y arquitectas trabajando en barrios por la calidad de vida de sus vecinos, de voluntariado en labores humanitarias, con colectivos sociales, trabajando por la protección del territorio, tratando de dar forma a las ideas que surgen desde los diversos sectores sociales. Creo que la profesión lleva camino de reconciliarse con el medio y volver a formar parte del ecosistema, creando espacios útiles y bellos para que se desarrolle la vida.

«Cuando seas consciente de cómo te comportas y cómo afecta, vive como quieras, pero no te ampares en que no sabías lo que hacías»

-¿Es optimista o cree que las peores previsiones se harán realidad?

-De momento pesimista, con la idea de poder vislumbrar una situación de optimismo. Me parece que la percepción social, en general, es de que todavía hay cierto margen de empeoramiento y, en ese sentido, llevaremos las cosas más al límite. Pero también veo claro que llegará un momento en que nos asustemos de verdad; ese será el momento del cambio hacia el optimismo. Personalmente, no tengo claro si cuando llegue ese momento tendremos aún capacidad de reaccionar.

-¿Cuál cree que es el principal problema ambiental del planeta?

-Quizás tenga que ver con que no hay un reconocimiento planetario de la gravedad de la situación, a pesar de las advertencias. Y las cumbres mundiales cada vez más desacreditadas. Bueno, parece que habrá que seguir esperando...

-¿Cómo ve el Mar Menor?

-Mal también. La cuestión arranca por la inexistencia de una política territorial de la cuenca del Mar Menor. Cada actividad se ha gestionado de forma independiente; cada ayuntamiento ha gestionado y desarrollado su suelo como le ha parecido. Además, las figuras de protección del Mar Menor y humedales se han implantado sin mayor repercusión que un color en el plano. Sobre la agricultura, las informaciones que nos llegan no son halagüeñas. En fin, un panorama desolador. Visto así, parece que demasiado ha soportado. Y, sobre el futuro, sigue sin existir una política territorial que trate de conjugar todos los problemas y la dimisión de los científicos del panel de expertos es bastante desalentadora. La única esperanza viene de la Plataforma, que ha presionado y liderado el proceso social y nos mantiene informados.

-Ahora están muy de moda decálogos y retos para reducir nuestro impacto, ¿se atreve a proponer alguno o dar algún consejo para mejorar la relación con el entorno?

-Lo primero que plantearía sería el reconocimiento del medio donde habitamos. A partir de ahí, se empezaría a entender, amar y, sobre todo, respetar. Hablo de tomar conciencia de cómo nos estamos comportando y cómo afecta nuestra conducta en el ecosistema que nos ha tocado vivir, sin olvidar la cultura como parte de este. Una vez que seas consciente, vive como quieras, pero no te ampares en que no sabías lo que hacías.

«La Isla es arqueología huertana y huerta viva»

«Podía haber elegido otros sitios de la Región especialmente significativos para mí. Que sea La Isla es una cuestión reivindicativa sobre una forma de vivir la huerta, más allá de esa idea del chalet con piscina y pequeño jardín con cocoteros. La Isla es casi arqueología huertana, uno de los pocos rincones donde ves autenticidad y además sigue viva, aunque en peligro de desaparición», lamenta. Y añade: «Lo bonito de este lugar es que aún se reconoce la relación del paisaje con una forma de vida. Lo que más me atrae de cualquier lugar es verlo como paisaje donde se entienden las formas de vida que lo han conformado. Creo que la conservación de los paisajes en una zona tan antropizada depende de posibilitar formas de vida compatibles con su conservación y esta idea tiene que ver con la conservación de la huerta: mientras no hagamos posible formas de vida asociadas a la huerta y a la agricultura, su conservación será imposible. Formas de vida que hagan del agua, el suelo fértil, el clima, la biodiversidad,... una necesidad y su primera condición de subsistencia. Esto es lo que hace importante este lugar, el poder ver cómo era la huerta cuando era una forma de vida».